Para Dora López y su marido Roberto Díaz ya pasaron casi 70 años desde que el circo los recibió con los brazos abiertos, que los vio nacer y crecer hasta conformar su propia familia y, como no podía ser de otra manera, la misma se forjó adentro de la carpa, entre malabaristas y equilibristas, entre función y función.
Creadores del Circo Montreal y, al cabo de 5 generaciones, cuentan su historia y cómo es la vida siendo cirquero, un estilo al que reconocen como atípico, pero al mismo tiempo lo describen como hermoso. Es que vivir de manera errante no es para todos. Sin embargo, para ellos no hay nada mejor y más libre que ello.
"Ser cirquero es vivir en el circo, ser artista de circo y trabajar para el circo, es darlo todo por el circo y extrañarlo cuando no está", confesó Dora, la matriarca de 66 años que junto a su pareja Roberto tuvo 4 hijos y hoy disfruta de sus 7 nietos.
Quien fuera partener de malabarista en sus años mozos de juventud cuenta que debió dejar de lado su costado artístico para dedicarse a ser madre el cien por ciento. No obstante, eso no la alejó del circo; al contrario, la acercó todavía más porque su compañero continuó con la actividad y a sus hijos les enseñó el arte circense.
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Imagen de Facebook del Circo Montreal
Así nació el circo sanjuanino que hace unas semanas atrás estuvo funcionando en Ullum (se despidió con una función gratis) y que ahora busca nuevo destino. El mismo es un circo familiar y por tanto está conformado por los miembros del clan, que en total son casi 20 personas, entre abuelos, hijos y nietos.
Con una organización bien aceitada, todos los integrantes cumplen un rol importante para que la puesta en escena se lleve adelante sin problemas. Si bien los abuelos están jubilados, su experiencia sirve para que los más jóvenes conduzcan la nave. "El circo funciona porque ellos quieren que así sea y yo, feliz de la vida", dice.
Los hijos del matrimonio comandan la historia y están encargados de entrenar y adiestrar a los chicos de la familia. El mayor es el que diagrama los espectáculos, mientras que el segundo es quien oficia como representante y consigue los contratos para instalarse y actuar en determinado espacio. El tercero es el presentador de los shows y la cuarta es artista.
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Imagen de Facebook del Circo Montreal
Las esposas, por ejemplo, son las responsables de la técnica y que las luces y la música sean siempre las correctas. Por su parte, los niños están dedicados a aprender el arte y por ello en la familia hay de todo: equilibristas, saltarines de cama elástica, contorsionista y acróbatas en altura.
Todos viven juntos. Cuando el circo se instala en un lugar, las casillas rodantes en las que viven se disponen en los alrededores de la carpa. Durante esa temporada, los niños de la familia asisten a las escuelas más cercanas de la localidad en la que paran, ya que son alumnos golondrinas y las instituciones están obligadas a recibirlos.
Cuando el circo debe mudarse, se mudan todos a la vez. Los camiones con las estructuras del circo y las casas rodantes viajan a un nuevo destino, de modo que un año nunca es igual que el anterior para la familia de artistas. En ese sentido, Dora reconoce que una de las cosas más satisfactorias de ser cirquero es viajar todo el tiempo y conocer nuevos lugares.
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Imagen de Facebook del Circo Montreal
"Con el circo estuvimos por todo el país y también en países extranjeros como Chile, Paraguay y Brasil. A uno que vive así, le gusta. Si nos hubiéramos dedicado a otra cosa, a lo mejor no habríamos visitado tantos sitios, ni habríamos conocido otras culturas. No habríamos sido lo privilegiados que somos", recalca la protagonista.
A pesar de que siempre Dora y los suyos estuvieron vinculados a la actividad circense, asegura que nunca trabajaron con animales. Más allá de que ahora está prohibido, hubo una época en que la mayor atracción de estos espectáculos tenía a elefantes y demás criaturas en el centro de la escena. "Nunca me gustó eso, nunca dependimos de tener a un animal para llamar la atención. Nuestro fuerte siempre ha sido el arte de las personas", argumenta.
Basta con dialogar algunos minutos con Dora y su nuera Valeria Díaz para percibir la unión y el compromiso que existe entre todos, ya que mientras ellas cuentan los secretos de la familia circense, a unos pocos metros, se puede observar a los niños entrenando con un ánimo y una pasión que contagian. Se nota que les gusta y, al mismo tiempo, que lo hacen con disciplina.
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"Todos estamos unidos y tiramos para el mismo lado, espero que siga así. Que aunque los más viejos ya no estemos, que la tradición continúe y que se mantenga la unión familia, que tanto cuesta en estos tiempos", admite la abuela del circo, al mismo tiempo que destaca que no es sencillo trabajar con los suyos por los roses naturales. "Lo bueno es que siempre se llega a un punto de acuerdo. Gracias a Dios seguimos juntos", añade.
Luego de haber sufrido el parate que obligó la pandemia, volver a actuar les dio vida y advierten que regresaron con más fuerza que nunca. Aunque a veces renieguen por las inclemencias climáticas, el viento, la lluvia, reconocen que al otro día que sale el sol se olvidan de los inconvenientes y saben que su objetivo es generar felicidad en el público.