En un taller escondido de Chimbas, a pocas cuadras de la cancha de Peñarol, pasa ocho horas por día entre máquinas, polvo y moldes. Lleva más de 55 años dedicado a un oficio artesanal que aprendió de chico y que hoy, con sus manos gastadas, sigue defendiendo frente al avance del cerámico.