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Testimonio

Micaela Morales y el recuerdo de una noche donde las calles se partían frente a sus ojos

La madre pocitana y sus cuatros hijos tuvieron que alejarse varios metros de su vivienda por las grietas provocadas por el terremoto. El recuerdo a casi un año del hecho.

Por Redacción Tiempo de San Juan 17 de enero de 2022 - 11:04

Sobre callejón Basáñez, antes de llegar a la Escuela Pedro de Valdivia, en Pocito, vive Micaela Morales con sus 4 hijos. La siesta y el calor invitan a los más pequeños a jugar en la acequia que pasa por el frente de la casita de adobe en la que viven. Al lado de la construcción de adobe, un módulo habitacional de madera. Micaela fue una de las tantas damnificadas por el terremoto de enero del 2021.

“Pasó una semana hasta que vinieron a ver cómo estaba”, dijo. Sucede que es la única vivienda que se ve en más de 300 metros ingresando por el callejón, por eso, días posteriores al terremoto, la ayuda iba hacia Carpintería, cuando ella se encuentra al otro lado de la Ruta 40, en Pocito.

Rodeada de sus hijos, que juegan con los gatos, Micaela recuerda la noche del terremoto como si fuera hoy. “Fue horrible, comenzamos a salir a afuera por el ruido y el movimiento, pero afuera estaba peor. El árbol de la entrada se quebraba, y se partía la calle. Se levantó el agua de la acequia y nos fuimos a la calle. Cuando llegamos a la calle se comenzó a abrir una grieta y no podíamos ver nada. Como pudimos, descalzos, fuimos al otro lado del alambrado, y se abrió otra vez. Jamás había visto algo así. No es algo que se pueda predecir”, recuerda.

Luego del terremoto, Micaela junto a sus hijos fue hasta la casa de su madre, donde estuvo solo un par de días para volver nuevamente a su casa. Su casa ya no era la misma, una parte se había derrumbado, rompiendo camas y muebles. “Sacábamos los colchones y dormíamos afuera”, comenta.

Mientras va mirando fotos de lo que fueron los días posteriores al terremoto, Micaela agradece poder contar con un módulo. Afirma que es caluroso, tiene filtraciones cuando llueve, pero le brinda la seguridad que no se va a caer si vuelve a temblar, ya que ella no se quiere ir de ahí. Le gusta porque es tranquilo, porque sus hijos pueden jugar en la calle mientras ríen corriendo con gatos entre sus brazos, porque en esas tierras vivieron sus bisabuelos, sus abuelos y su madre, a quien perdió hace algunos meses atrás. “Al principio luego del terremoto me dieron ganas de irme, pero el único recuerdo que tengo de mi mamá es acá, y no me quiero ir”.

Afirma que son muchas las cosas de materiales que necesita, y agradece cada donación que recibió de parte de extraños y conocidos. Aun teme por un nuevo terremoto, destaca que sus hijos ante un pequeño movimiento ya se encuentran afuera de su casa. Micaela es consciente que ha sido una desgracia por suerte, que solo se perdieron bienes materiales y que afortunadamente tanto ella como sus cuatro hijos, de 12 a 3 años, no sufrieron lesiones, pero también sabe que el fantasma del terremoto los acompañará toda la vida. Son esos momentos que se viven a flor de piel y trascienden años.

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