Historias de pueblo

Achango, el ícono iglesiano que tiene la capilla con más secretos de San Juan

Está en Iglesia, vive una sola persona: don Abel Montesinos. Además de albergar a una de las iglesias más viejas de provincia, el pueblo tiene una cámara secreta y llaves que los visitantes depositan en la abundante arboleda.
lunes, 12 de abril de 2021 · 16:07

El camino de tierra por el que hay que desviarse de la Ruta 149 no anticipa la joya arquitectónica que aloja uno de los pueblos más emblemáticos de San Juan. Es Achango, ubicado en Iglesia. El paraje tiene muchas particularidades: la capilla más antigua de la provincia, un solo poblador que cuida la parroquia y la virgen Del Carmen que trajo su familia desde Chile, una cámara secreta y llaves en sus extensas arboledas.

La capilla y la cámara secreta

La parroquia fue construida por los jesuitas. Resistió todos los terremotos sin daños. 

Fue construida por los jesuitas en 1655 y reconstruida en 1787. La parroquia es humilde, guarda una mística especial. Allí dentro descansan los restos de los tatarabuelos de Abel Montesino, el único poblador del pueblo. Fueron los antepasados de Abel quienes trajeron desde Chile la imagen de la virgen del Carmen. La imagen es original de Perú, tiene pelo natural y una corona de plata. 

La capilla de Achango fue declarada Monumento Histórico Nacional cuando José Luis Gioja era senador. 

Dos puertas de madera resguardan el interior de la capilla de Achango. La habitación misteriosa está abajo del campanil. Es una cámara secreta.

"No sé qué pensar. No sé que habrá. Pienso que como los jesuitas eran muy sabios resguardaron libros ahí dentro, pero no sé si se conserven".

 

La Virgen del Carmen de Achango fue testigo del paso de las tropas del Comandante Cabot en 1817. Casualmente la virgencita es la patrona del Ejército y también de los agentes penitenciarios. El piso es de tierra, pero se encuentra tapado por alfombras tejidas y teñidas a mano. Para que la tierra no sea volátil, los jesuitas la compactaban con sangre de ganado. Otras de las claves de su diseño era revocar las paredes con estiércol.

Todo fue hecho artesanalmente dentro de la parroquia.

Cuando uno cree haberlo visto todo, en uno de los costados de la capilla hay una escalera de adobe. Luego de subir los peldaños, el regalo es maravilloso: una vista impactante de Achango y dos campanas que resuenan en la tranquilidad del pueblo que guarda un misterio que aún nadie se atrevió a develar. 

Llaves para el corazón

La brisa mueve las llaves que cuelgan de las ramas de la abundante arboleda de Achango. Es música. Cada llave fue colgada por alguno de los miles de visitantes que llegaron al místico pueblo. Con cada llave, se le abre la puerta a un deseo, a un pedido, a un agradecimiento. 

Una mujer arrancó con la costumbre y ahora son muchos los visitantes que cuelgan llaves con deseos. 

Fue una empresaria, que todos los años cumple promesas en la parroquia, quien llevó por primera vez una llave con tres deseos. Poco a poco, inspirados en esta bonita acción los feligreses y la gente que llega a conocer el pintoresco lugar se plegó a la iniciativa. 

"Amor", "salud", "menos pena", dicen algunos de los papelitos colgados junto a las llaves. Hubo varios que llamaron la atención de esta cronista. Pero dos en especial. Uno de estos papeles estaba amarillento, se notaba que lo habían dejado hace mucho tiempo. Decía: "No quiero príncipes, no quiero un hombre de novela, quiero un amor real". El otro, mucho más fuerte, signado por la incondicionalidad de padres a hijos: "Veo a mi hija destrozada, sin cabellos por esta maldita enfermedad. Vi a mi hija nacer, vi a mi hija morir. Fui testigo de los dos momentos más importantes en la vida de un ser humano. La amé y la amaré siempre. Necesito renacer por este amor". 

Para Abel, las llaves componen "música". 

Leer todos estos deseos es imposible. Son demasiados. Lo maravilloso quizá de recorrer este lugar tiene que ver con las esperanzas depositadas en un solo sitio. Doscientos metros de sueños, aspiraciones, proyecciones, inspiraciones, amores perdidos y amores que llegan. Doscientos metros de pura vida. 

El ángel del pueblo 

Abel Montesino, el hombre que cuida el legado familiar. 

Abel tiene 80 años y desde hace 25 se quedó solo en Achango, cuando murió la otra pobladora que lo acompañaba. La rutina del hombre de grandes ojos claros es siempre la misma. Mantiene regado todo el pueblito, limpia la capilla todos los días. Aunque no le pagan por esa tarea, a Abel lo une una historia de sangre con la parroquia.  Es que su tatarabuelo fue quien emprendió una travesía sin igual, que persiguió un único fin: cumplir con una promesa religiosa. Desde su Chile  natal, Don Víctor, trajo a pie la imagen de la Virgen del Carmen, custodia de la iglesia.

“Nunca me iría de Achango, sé que voy a morir en estas tierras y eso me da mucha satisfacción porque sé que voy a cumplir con una tradición familiar que comenzó hace ya 300 años”.

 

Su única compañía es la radio y  sus animales. Se considera un ávido lector. Las palabras de la Biblia o de los “textos sagrados”, como suele llamarlos, son sus favoritas. Cotidianamente se sienta al lado de la capilla y lee la palabra de Dios. 

Turistas de Francia, Inglaterra y Estados Unidos han llegado hasta la capilla para conocer esta joyita. “Aunque no entiendo nada de lo que hablan, trato de mostrarles el lugar”, relata mientras riega unos conejitos blancos y rosados que están en un cantero. 

El ladrido de unos perros interrumpe la conversación. Mientras saca un cigarrillo del bolsillo de su camisa, afirma con vehemencia que ama la vida que tiene, que no cambiaría por nada en el mundo su capilla y el contacto con la naturaleza. No en vano, en Iglesia lo conocen como el guardián de Achango.
 

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