“Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás”, dice Eduardo Galeano y la luz de Rosita Collado es intensa, es un fuego que llena el aire de chispas, para seguir con las palabras del gran escritor uruguayo. A lo largo de sus intensos 91 años, desarrolló una gran carrera como educadora, que la llevó a ser directora del colegio Central Universitario, a militar dentro del feminismo y a defender los Derechos Humanos.
“Se me ha quedado corta la vida para todo lo que tenía ganas de hacer”, arrancó diciendo esta mujer pimienta, palabra que ella misma eligió para describirse. Es pequeñita, vivaz, pícara, con una sonrisa contagiosa y una sabiduría gigante. Rosita es hija de maestros rurales. Nació en San Juan, en el seno de una familia de seis hermanos.
Como sus padres eran docentes de campo, vivían dónde daban clases. El primer hogar de la familia Collado estaba en el Arenal de Aparicio, ubicado en Chimbas. Rosita recuerda que las calles eran de arena, no había servicio de ómnibus y las pocas movilidades que circulaban por la zona eran camiones. En 1932 su familia se trasladó a la Capital -en el medio, el terremoto les tiró la casa y vivieron en una escuela rawsina- hasta que construyeron el hogar en la calle Colombia en la que aún vive.

Rosi es profesora de francés. Estudió en Mendoza. En la vecina provincia trabajó varios años hasta que su padre murió y su madre quedó sola. Fue becada por el Gobierno de Francia y vivió casi un año en Europa aprendiendo técnicas pedagógicas innovadoras. Consiguió la beca a los 34 años, casi al límite de la edad permitida, después de escribirle una carta a la Embajada Francesa quejándose por el destrato recibido por quien recepcionaba las peticiones de las becas.
En enero de 1965 los directivos de la Universidad Provincial Domingo Faustino Sarmiento crearon el colegio Central Universitario, no había presupuesto pero sí la utopía de construir una educación de vanguardia. A mediados de ese año y tras la renuncia de la directora y la vice, Rosita fue nombrada directora del colegio junto a Margarita Ferrá de Bartol. Permaneció allí hasta que se jubiló, en 1988. “Mi hijo fue el colegio Central”, dijo sin vueltas.
Política y feminismo
Las mesas familiares de los Collado fueron el caldo de cultivo para que los hijos se interesaran en la política, en la educación y en la necesidad de participar activamente en la vida pública. “Mi padre era muy ápero y exigente, como cualquier varón nacido en 1902, pero después de almorzar nos quedábamos debatiendo horas. Nos lo permitían aunque éramos niños”, recordó Rosita.
Por la casa de los Collado pasaron españoles que se escapaban del franquismo. Su padre los recibía en la casa familiar. Les deba refugio y les permitía quedarse en la casa familiar hasta que consiguieran trabajo y un lugar donde asentarse. Este accionar inspiró a todos los hermanos.

La hermana de Rosa, Lucy Collado, fue una de las pioneras del feminismo en San Juan. Escribió carpetas llenas de reflexiones y fue una impulsora de la organización femenina en San Juan. A ella, el tema no le pasó inadvertido. Se define como “encuentrera” porque hasta que su cuerpo se lo permitió asistió a todos los Encuentros de Mujeres, se siente feminista y es una firme militante de la despenalización de la interrupción voluntaria del embarazo. Para resguardar todo lo escrito por Lucy (fallecida en el 2016), Rosita está informatizando el material.
Se pasa horas mirando aquellos textos escritos por Lucy. Era muy unida a su hermana. La misión de rescatar la increíble capacidad de reflexión de su hermana la tiene muy ocupada. Mientras comenta el trabajo de su hermana mayor, saca un papel amarillento. Allí Lucy escribió sobre la marea femenina que estaba creciendo. El texto es de la década del '80.
Durante la Dictadura, cambiaron los directivos del Central. El nuevo director llegó acompañado por un soldado, que obviamente venía armado. Fue tan fuerte la sensación que experimentó en su cuerpo, que decidió sacar todos los libros de autores de izquierda que había en el colegio. Los sacó en un Citroen y los guardó en un horno de barro. En la dictadura desapareció en Buenos Aires su sobrino Jorge Daniel Collado, tenía 21 años y era el hijo de su hermano mayor.
Fueron estos sucesos los que la impulsaron a involucrarse en causas sobre los Derechos Humanos. Cuando se jubiló, en 1988, se involucró con más fuerza en la militancia.
El amor
Rosita estuvo de novia cinco años con un joven que estudiaba en Córdoba. Tenía un noviazgo a la distancia, formal con presentaciones de familiares de por medio. Ella tenía el ajuar casi listo pero se separaron antes de casarse. “A los cinco años del noviazgo él vino y habló con mi padre porque quería separarse. Le dejé en una caja todas las cartas atadas y me fui para no estar cuando él viniera. Yo aparecí después. No lo volví a ver nunca más”, contó Rosita.
¿Por qué viene al caso esta historia de amor? Porque para Rosita fue clave, ya que después de finalizar la relación, decidió irse a vivir a Mendoza a estudiar e iniciar su floreciente carrera dentro del ámbito educativo. “Se juntaron amigas de mi madre en mi casa para celebrar Santa Rosa. Estaba sirviendo el té y escuché mi nombre entre tres o cuatro amigas que se lamentaban porque no me había casado, era la pobrecita, como una viuda. Yo me dije ahí mismo que no me iba a aguantar eso y decidí irme a Mendoza”, relató.
Nunca más se planteó casarse. Le dedicó su vida a la docencia, al feminismo, a la lectura y a colaborar con causas de los Derechos Humanos. "La sociedad patriarcal nunca me iba a limitar. Fui por lo que soñaba y lo logré", remató.
Historia de una selfie
Quedé en reunirme con Rosita a las 10.30 pero llegué 36 minutos tarde. Me retó, como es debido. Me esperaba con una bandeja blanca con flores pintadas en tonos rosados, dos tazas de té y unas galletas Granix de vainilla. Tiene celular pero no lo atiende nunca. La charla de casi tres horas fue muy amena, me preguntó sobre el periodismo en San Juan y respondí lo que sé y mi experiencia.

Antes de irme y de prometer ir a visitarla para seguir escuchando sus historias llenas de vida, le pregunté si podía sacarme una selfie con ella. Me miró risueña. Respondió: -No me gustan las fotos, pero dale. Antes de tomar la segunda me dijo que iba a hacer trompita, como se usa ahora. No pude más de amor. No escribo en primero persona en general, pero esta historia de la mejor selfie que me haya sacado, merecía estos párrafos.