Que nadie intente acariciar a Facundo. La
mano desconocida sólo obtendrá una dentellada y un rugido de advertencia que
mete miedo. El perro no custodia la entrada, él pasea a sus anchas por los
pasillos del hogar de ancianos Eva Perón y casi siempre elige echarse en la puerta
de la habitación de una señora especial. El animal, con nombre de "sombra
terrible" a decir de Sarmiento, se transforma en un gatito sin madre a los
pies de Ida Santillán, la escritora del hogar de ancianos Eva Perón, con 10
libros editados.
Ella no sólo alimenta y cuida al peludo
negro, también sabe cuando se pone de novio y con quién. En el hogar hay tiempo
para atender todos los detalles. Facundo además, es el protagonista de la tapa
de uno de los libros de Ida, que habla de la soledad en la vejez y donde el
perro acompaña a uno de los abuelos residentes en una escena conmovedora.
En la Residencia de Adultos Eva Perón, a
cargo del Ministerio de Desarrollo Humano de la Provincia, hay 147 abuelos, Ida
es la única escritora con libros editados. Ella encontró la forma de llenar sus
días y su vida escribiendo sus historias y sus cuentos.
Empezó a escribir desde chica, pero hace sólo
9 años editó su primer libro: "El ángel de un niño me nombró
enfermera", donde cuenta la historia de su propio hijo, que después de una
encefalitis cuando tenía 4 años quedó postrado y murió a los 18 años.
Ida es una señora de tapa de revista para
la tercera edad. Su pelo rubio y largo está perfectamente peinado con rulos que
podrían soportar sin inmutarse cualquier viento zonda. Su piel es una porcelana
rosada a fuerza de base en polvo y sus labios de rojo Revlon, al igual que sus
uñas largas, perfectamente limadas.
Su pullover blanco, extremadamente pulcro,
tomaba color de los 6 o 7 collares de los más diversos materiales que ella
cargaba con total coquetería. Ida no sabía que irían a entrevistarla y menos
que le sacarían fotos. Ella está así todos los días. Sabe que el orden exterior
tiene alguna relación con el orden interior.
La misma pulcritud se observaba en su
habitación, y en las dos mesas que había repletas de fotos, distinciones de la
Sociedad Argentina de Escritores, imágenes de Jesús, peluches, libros, flores,
muñecas, un perrito de cerámica, rosarios. Todo en perfecto orden sobre un
mantel blanco bordado a mano.
Sobre la cama hay varios libros, los que
más consulta; entre ellos llama la atención uno muy gordo, tan gordo como 6 o 7
biblias juntas, es un diccionario médico, tesoro que conserva de sus años de
enfermera, "y mi mano derecha", dice.
Siempre le gustó escribir. "A los 10
años escribía composiciones a los maestros y a mis padres. Pero el primer libro
lo escribí y edité en el 2007 (con 73 años). Hoy es lo que más disfruto hacer.
Casi siempre escribo en mi habitación y en cuadernos, a mano", cuenta Ida.
Los temas son los relacionados con su vida,
con su experiencia y sabiduría; y también libros de cuentos, esas historias que
les contaba a los niños que cuidaba en el hospital cuando era enfermera, porque
siempre trabajó con niños. "He visto mucho sufrimiento. Niños muy
enfermos, abandonados, niños que se aferraban a mí porque no tenían otra cosa.
He sufrido mucho con ellos", dice con la voz quebrada.
Ahora mismo está escribiendo su libro
número 11 que también será de cuentos para niños. El primero que escribió lo donó
a algunas escuelas y es uno de los que los chicos más atesoran, "es de los
que más leen los chicos, me contaban las maestras". Eso le ilumina la
mirada y la llena de satisfacción.
Hace algunos años presentó en Biblioteca
Franklin un libro de cuentos, "La ilusión de la niñez”, editado por SADE San
Juan, y destinó lo recaudado por la venta a Casa SAHNI. Ahora quiere volver a
editarlos para crear una biblioteca en ese hogar de tránsito para niños
enfermos.
Confieso
que he vivido
Hija de un ferroviario, Ida nació en
Mendoza, vivió en Córdoba, donde estudió enfermería, y después toda la familia
se radicó en San Juan. "La vida me ordenó que tenía que ser enfermera. Mi
vida era un desfile de gente cercana que necesitaba de mí, yo los iba ayudando
y ellos iban saliendo adelante. Mi padre era diabético, mi madre tenía demencia
senil y una de mis hermanas, tenía dos, nació con una amputación genética y no
tenía manos como nosotros, pero mentalmente estaba perfecta. "A mi hermana
le hice este libro, donde cuento su historia y cómo en un hogar se puede ayudar
a una persona discapacitada sin descuidar la familia", relata Ida con la
voz entrecortada por el llanto.
A los 18 años se casó y a los 20 tuvo a su
hijo Tito, quien a los 4 años tuvo una encefalitis y quedó postrado. "Tito
era un niño excelente, muy perrero como yo, y quedó totalmente invalido, no
hablaba, y no caminó más. Los médicos me dijeron 'sos la única que lo va a
recuperar, pero él no volverá a ser igual'. Cuando Tito tenía 6 años nos
abandonó el padre, no enfrentó la situación, se fue y formó otra familia; pero
a mí lo único que me importaba era mi hijo. Me fui a vivir con mis padres en y
cuando Tito tenía 18 años le dio una neumonía aguda y falleció", cuenta conmovida, como si eso hubiera ocurrido ayer.
Su vida la recorre en un metro, sobre la
mesita de su dormitorio. Las fotos de Tito antes de la encefalitis, una placa
de reconocimiento de Enfermería del Hospital de Niños, otra dorada de la
Sociedad Argentina de Escritores San Juan.
Aprovecha el encuentro para decir que están más que conformes con
Sonia Recabarren, actual directora del hogar, es "un ángel" que llegó
para mejorar todo, pero ella también pone su granito de arena. "Yo al
hogar llegué hace 7 años porque quedé sola, sin padres, mis hermanas fallecieron.
Me gusta estar acá, estoy en lo mío. Hay muchas necesidades, me arrimo a ellos,
los converso, los ayudo, es saberlos entender nada más. Acá no toda la gente es
especializada en geriatría pero yo les doy una mano, los converso y les cambio
el ánimo y eso me ayuda a mi también".