Historia del policía gay asesinado

Oficial Vega – Perla Mora, las dos caras de la misma persona

Tiempo de San Juan te cuenta la increíble historia del policía gay asesinado días atrás. Más allá del hecho policial, una historia muy particular. ¿Quién era Mario Alberto Vega? ¿Quién era Perla Mora? Mirá todas las fotos. - Por Sebastián Saharrea y Miriam Walter
sábado, 17 de diciembre de 2011 · 14:01
Como Moria y Carmen Barbieri, dos divas. Así eran Yiyi Moon y Perla Mora, los dos drag queen más reconocidos de San Juan y de todo el interior del país. Tenían una disputa por el cartel, cierta rivalidad, pero eran amigos. Yiyi fue quien importó para todo el país este movimiento de drag queen y una figura nacional en el medio. Perla Mora, su competidor y amigo, era Mario Alberto Vega, un oficial inspector de la policía de San Juan en plenas funciones y que el martes sufrió una muerte salvaje ocasionada por alguien que le cortó el cuello.

Tal vez si no hubiera ocurrido esa desgracia, el caso no hubiera salido de las intimidades de los ámbitos en los que se movía Mario: Todos sus compañeros en la policía sabían que era gay, y en el ambiente gay todos sabían que era policía. Lo que no sabían en la fuerza era que el oficial se “montaba”, como le llaman al laborioso trabajo de subirse a los tacos y producirse para exhibirse en los boliches gay.

Pero a Mario lo asesinaron sin piedad en la siesta del martes y su historia increíble ganó todos los titulares y dejó perplejo a todo el país. El hombre se las había ingeniado hasta el mismo momento de su muerte para convivir en ambos roles, abiertamente antagónicos: la rectitud y la verticalidad de la policía que aún conserva en sus códigos la prohibición de sus efectivos a “vestirse como mujer” en público; y las plumas y el glamour del ambiente gay, especialmente su expresión artística más vistosa como los drag queen.

Nunca hubo interferencias visibles entre uno y otro mundo, de acuerdo con todas las fuentes consultadas que hablaron de su vida. Sólo en algún momento en que Mario fue enviado a algún operativo nocturno y sus compañeros lo reconocían con el uniforme. “No parecía Mario”, contó uno de sus amigos del boliche gay Rapsodia. Pero enseguida aclaró: “Mario no llevaba a los operativos un casco con perlas, llevaba una pistola”.

El sábado 10 a la noche fue el último día de Mario Vega convertido en Perla Mora en Rapsodia. Estaba invitado especialmente porque se iba a premiar a la comunidad artística, y él justamente era una de sus expresiones cumbre en la comunidad gay de San Juan. Había ido producido con su impecable maquillaje, como siempre, y acompañado por su pareja estable desde hace unos 4 años, un muchacho más joven que él. Llevaba un impecable vestido blanco, muy parecido al que fue encontrado el martes en la escena del crimen.

Perla Mora no iba todos los días al boliche gay, sino que elegía sus presentaciones. Una de las últimas veces fue en la Fiesta del Sol gay de este año, cuando la presentadora estrella fue Amalia Granata y ellos –Perla y Yiyi- no pudieron subir a entregar los atributos a las soberanas electas porque se desató una tormenta. O el año pasado, cuando Perla se presentó bailando y cantando un tema de Killie Minogue impecablemente caracterizado.

La irrupción de Mario Vega en el ambiente gay no tiene fecha conocida, pero todos los consultados coinciden en remontarse a muchos años atrás. Por lo menos 15 años, en los inicios de Rapsodia, cuando ya se empezaba a asomar. Y al poco tiempo adoptó su caracterización como drag queen, un personaje del ambiente gay pero muy distinto a los travestis: los drag queens se “montan” para una ocasión especial y no andan travestidos todo el día, y son una expresión artística y no sexual, pese a pertenecer al ambiente gay todos por igual. Es como una mujer muy exagerada, con maquillaje cargado y vestidos muy llamativos y plataformas muy altas, pero con el escote abierto y el pecho al aire donde se ve que es un varón.

Fueron figuras que hicieron furor en Europa y que un sanjuanino, Yiyi Moon, se encargó de traer a la Argentina. Cuando lo hizo, le costó hacerse entender y conseguir quién lo siga. El primero que lo hizo fue, sí, el oficial Mario Vega. Yiyi lo recuerda así: “Yo sabía de la condición de policía de Mario y se lo planteé como amigo. Y le dije que me gustaría que se pusiera los tacos. No es travesti sino algo totalmente distinto. El me dijo que tenía dudas por su laburo, por la gente, pero se animó”. Se puso Perla Mora por su admiración por las esculturas de Lola Mora –de las que sentía inspiración artística- y por su fascinación por las perlas.

El primer concurso, entre 12 participantes, lo ganó él. Y desde allí no paró. Ganó varias veces el concurso de drag queen que se realiza todos los meses de junio en el boliche gay. También ganó la Venus de oro, un premio que se da por el voto del público a una performance en una noche especial. Este año en la fiesta drag fue jurado.

Recuerda Yiyi que era una movida en la que nadie entendía nada porque era muy nueva y el transformismo estaba despuntando. Pero entre Yiyi y Perla Mora convirtieron a San Juan en la primera provincia drag queen, y fueron requeridos en todo el país. Se presentaron en Tucumán y se consolidaron como pioneros drag queen en todo el pa{is. Hasta que fueron montando la rivalidad que la gente esperaba entre Yiyi y Perla Mora, rivales pero amigos. “Eramos como Batman y Robin –recuerda hoy Yiyi-, pero éramos dos Batman”.

“La última vez que lo vi  montado –agrega- fue en la Fiesta del Sol gay. No era de mi grupo, había una competencia arriba del escenario, pero nada en lo personal. Éramos como Moria y Carmen Barbieri”.

Perla Mora vivía consustanciado con la lucha de género, pero alejado de los grupos. No formaba parte de La Glorieta, la entidad que defiende los derechos de la comunidad gay, pero estaba en las reivindicaciones públicas y participaba de algunas marchas. No todas, claro. Tampoco era parte del elenco artístico estable de Rapsodia que se presenta todos los fines de semana, sino que aparecía en casos puntuales. Igual, absolutamente todos lo conocían.

Fuera de los escenarios, Perla Mora volvía todos los días a su condición de oficial inspector a una vida que se podía considerar rutinaria. Más allá de su estado amoroso, tenía dos hermanas menores, su abuela y su mamá, con quien vivía en Santa Lucía. Todos los días salía temprano a trabajar a la comisaría 24, ubicada en Rawson, una zona movida en materia de delitos.

Nunca tuvo problemas de disciplina ni de faltazos ni de tardanzas. Sí tuvo una denuncia en su contra por presunto abuso de un menor, una causa en la que luego fue sobreseído pero que le significó el alejamiento de la fuerza durante 8 años, según publicó Clarín. Tal vez esa causa le haya impedido haber llegado a comisario, un cargo al que podría haber aspirado tranquilamente a los 52 años que tenía cuando murió, pero que nunca le llegó.

En la comisaría cumplía turnos rotativos y por su rango de oficial –de mayor jerarquía en las filas policiales- tenía personal a cargo. Eran unas 25 personas, que de todos modos no estaban en contacto cotidiano con él. Mario Vega era el encargado de la logística, de hacer los inventarios, de llevar el papeleo, de tener siempre listos los chalecos antibalas, de la limpieza. Pero llegaba el momento que debía salir a la calle y protagonizar operativos de tránsito, o directamente salir de patrulla a las calles.

El subcomisario Manuel Torres, de la 24, recuerda que hace unos 3 años que Vega estaba allí. Y que todos sus compañeros sabían de su condición sexual. Excepto, de su condición de drag queen: “Nosotros no sabíamos que se vestía de mujer”, sostiene. Por el resto, asegura que Vega era “un policía muy recto, muy meticuloso, su condición sexual no influía en su trabajo”.

Torres asegura que era un buen compañero de las puertas para adentro de la comisaría. Que participaba de las reuniones de media tarde de los efectivos en la seccional y que no tenía problemas con nadie. Las fotos que él mismo subió a su cuenta de Facebook lo señalan con un compañerismo desbordante. Y los comentarios que deja de su convivencia cotidiana indican un trato sin ninguna alteración. En esos escritos se puede advertir a un Vega sumamente patriota y consustanciado con el uniforma policial que vestía todos los días.

De acuerdo a los testimonios recogidos de la fuerza policial, aparece la sensación de que a Vega no le asignaban funciones propias de las de su cargo. Por su condición sexual o no, se trataba de un oficial inspector de muy poco contacto con la calle y dedicado especialmente al orden interno. También manejaba las guardias, un asunto que suele ser espinoso y él arreglaba con tacto.

Para Torres, es difícil que alguno de sus compañeros supiera de su condición de drag queen. “Dudo que lo haya sabido un policía. Tenemos un reglamento interno por el que no podemos andar vestidos de mujer. Las sanciones las maneja el jefe de policía”, dijo. Pero agrega: “Yo creo que era un hombre de vocación de policía, ponía muchas ganas”.

Sus compañeros de la seccional aseguran que Mario nunca contaba nada de su vida privada, aunque no era una persona cerrada sino, por el contrario, muy alegre. Y que sus compañeros no se burlaban ni lo discriminaban, sino lo valoraban y respetaban. “Sabíamos que era gay, pero no sabíamos tanto, que era artista y esas cosas”, dijo uno de ellos.

Tenía mayor amistad con dos mujeres de la comisaría, una oficial y una agente. Ellas y el resto de sus compañeros lo vieron llegar el lunes pasado como todos los días, le tocó trabajar a la noche y se retiró a las 22,30. No se lo notaba nervioso, ni nada distinto a lo habitual. Le tocaba volver el martes a la mañana. Pero nunca llegó.

Lo mataron salvajemente arriba de un auto Fiat Uno bordó el mismo martes, no está claro en qué lugar. Apareció en la Costanera de Chimbas. Su sepelio fue muy numeroso. Allí estaban todos sus compañeros de la seccional 24, el flamante jefe y el subjefe de la Policía de San Juan –asumidos en su cargo ese mismo día-, la plana mayor de la Policía. Pero también estaban dolidos sus amigos, muchos de ellos, en realidad, amigos de Perla Mora.

Los unía el dolor. Los separaba la interpretación de los móviles por los que lo mataron. Para sus amigos de la noche, fue por ser policía. Para los compañeros de la fuerza, exactamente al revés.

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