Sor Norma Campusano, la monja de clausura sanjuanina que eligió quedarse donde más duele
María Norma Campusano nació en Santa Lucía, San Juan, y desde muy joven supo que quería consagrarse a Dios. Fue monja de clausura durante casi cinco décadas, pero un “llamado dentro del llamado” la llevó a salir del convento para cumplir una misión inesperada: acompañar a niños enfermos y abandonados en el Hospital Humberto Notti de Mendoza.
Sor Norma Campusano, la sanjuanina que cuida niños en el Notti de Mendoza.
Sor Norma Campusano, la monja de clausura sanjuanina que acompaña a los niños en el Hospital Pediátrico Dr. Humberto Notti de Mendoza.
A las 4 de la mañana, cuando la ciudad todavía duerme, Sor María Norma Campusano, sanjuanina de Santa Lucía y mendocina por adopción, ya está despierta. Reza. El silencio es parte de su vida desde siempre. A las 7.15, en cambio, el silencio queda atrás: entra al Hospital Pediátrico Dr. Humberto Notti de Mendoza, donde los pasillos están llenos de voces, llantos, pasos rápidos y urgencias. Dos mundos que parecen opuestos conviven en ella con una naturalidad que sorprende.
Nació en San Juan. Era apenas una niña cuando supo que quería consagrarse a Dios. No fue un camino sencillo. Además de ser muy joven, era una niña enferma y su padre no era creyente. Cuando ella expresó su vocación, él intentó disuadirla. La llevó a Chile, buscó cambiarle el entorno, rodearla de gente, distraerla. No funcionó. La vocación persistió. “Yo sabía que ese era mi camino”, cuenta.
Se formó primero en el convento de Santa Rosa, en San Juan, luego en Buenos Aires y finalmente se radicó en Mendoza. Ingresó a la congregación de las dominicas y abrazó la vida de clausura papal. Vivió 49 años en el convento, al lado del Colegio de los Olivos. Una vida marcada por el silencio, la oración y la obediencia. “Soy monja de clausura papal”, explica. “Eso significa que no podemos salir”.
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Pero la vida, incluso dentro de una vocación tan definida, puede sorprender. Sor Norma habla de “un llamado dentro del llamado”. Ese punto de quiebre llegó tras el fallecimiento de monseñor Emilio Teodoro Francini, obispo de Mendoza, en 2018. “Sentí que Dios me pedía salir para construir el Santuario de la Divina Misericordia”, recuerda. Con autorización de sus superiores y de la Santa Sede, dejó el convento para levantar el santuario, que hoy sigue en construcción a unas diez cuadras del Hospital Notti. Siguió siendo monja de clausura. Pero con una misión nueva.
Poco después, el obispo le hizo otro pedido: hacerse cargo de la capilla del Hospital Pediátrico Humberto Notti y coordinar la Pastoral de la Salud. “Fue por obediencia”, dice, como si esa palabra explicara todo. “Y también fue muy fuerte”.
Hace siete años que Sor Norma camina los pasillos del hospital pediátrico más importante de Mendoza. Un ámbito duro, atravesado por el dolor, la enfermedad y la vulnerabilidad extrema. “Ver sufrir a los niños no es fácil”, admite. “Pero yo jamás me arrepentí”.
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Coordina la Pastoral de la Salud Jesús Misericordioso, integrada por 15 personas. Acompañan a niños internados y a sus familias desde lo espiritual y lo humano: la escucha, la contención, la palabra, la oración. También gestionan ayuda material cuando hace falta. Pero, sobre todo, están.
Sor Norma vive sola, cerca del hospital. No puede entrar y salir del convento como antes, por eso su vida cotidiana se reorganizó alrededor de esta misión. “Mi vocación sigue siendo la clausura”, aclara. “Pero donde me pongan, yo quiero hacer la voluntad de Dios”.
En el Notti acompaña historias durísimas. Niños con enfermedades crónicas, tratamientos largos, diagnósticos que no dan tregua. Bebés que llegan derivados desde otras maternidades. Familias que resisten y otras que no pueden. Niños que, además de estar enfermos, quedan solos. “Hay chicos que nadie viene a visitar”, dice con dolor. “Y ahí estamos nosotros”.
Durante la pandemia, su tarea se volvió todavía más intensa. Estuvo a cargo del acompañamiento de madres con COVID y casos sospechosos. “Fue muy duro”, recuerda. “Gracias a Dios nunca me contagié”.
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La Pastoral no solo contiene a los pacientes y sus familias. También acompaña al personal del hospital. Médicos, enfermeros, administrativos. “Somos humanos”, dice. “Y hay pérdidas que duelen mucho”.
Habla con gratitud y simplemente cumple lo que siente como un mandato profundo. “Le doy gracias a Dios”, dice. “Estoy contenta de hacer lo que Él quiere”.
Sor Normita se mueve por el hospital con la misma naturalidad con la que antes caminaba el claustro. Cambió el silencio por el ruido, la reja por los pasillos, la soledad del convento por el dolor compartido. Pero no cambió lo esencial. “Yo estoy feliz acá”, asegura.
Y en el Hospital Notti, donde tantas historias duelen, su presencia es una certeza: alguien que se queda, alguien que acompaña, alguien que eligió amar donde más cuesta.