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El drone de Tiempo

Las ruinas de Tucunuco, el "pueblo fantasma" de San Juan, desde lo alto

Hace casi 47 años, el espacio que prometía ser un refugio para el sueño de 16 familias, quedó abandonado. Cómo se ve hoy el lugar.

Por Daiana Kaziura

Será por las historias falsas que se tejieron a su alrededor. A lo mejor, por lo dramático de su fin. Tal vez, por lo agreste del paisaje y el impacto del tiempo que fue moldeando las construcciones abandonadas. O, quizás, por la conjunción de estos sucesos. Lo cierto es que, hoy, muchos identifican al jachallero Tucunuco como “un pueblo fantasma”. Aquel lugar sanjuanino que fue parte de un sueño de futuro para 16 familias, quedó abandonado hace casi 47 años y hoy se muestra en ruinas en medio del paisaje desértico del norte de la provincia. Tiempo de San Juan lo registró con su drone desde la altura, para mostrar su estado actual y recordar su historia.

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Es poco lo que queda en el lugar, que no es alterado por el crecimiento de vegetación como podría suceder en alguna zona más fértil, sino que se caracteriza por estar rodeado por árboles muertos y pequeñas champas, en medio de la arena y la tierra agrietada.

El cartel verde de Vialidad con la inscripción “Tucunuco”, ubicado sobre Ruta 40, a 50 kilómetros de San José de Jáchal, indica la huella que lleva a lo que queda de las construcciones en medio de ese paisaje.

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Ya en el interior, se puede observar las casas sin cerramientos ni pisos, distribuidas en forma de cuña. Hacia el fondo quedan aún en pie las paredes de piedra de lo que fue la iglesia del lugar, con la columna alta en el frente que en algún momento contuvo la campana. Muy cerca, dos líneas de troncos secos marcan la antigua calle de Las Palmeras que llevaba al lugar.

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En otra zona, yace el piletón que originalmente pertenecía al Ferrocarril y que fue limpiado y usado por quienes vivieron en el lugar como reservorio de agua. Alrededor, todo es desierto.

La imagen dista mucho de lo que se esperaba que fuera el lugar después de ser “colonizado” por las familias que, se esperaba, hicieran su vida allí.

Tucunuco: el "pueblo fantasma" de San Juan

La historia de una comunidad que no prosperó

La convocatoria había salido a medidos de 1975. Un comunicado a través del cual el Gobierno de San Juan invitaba a familias a crear y ser parte de una comunidad agrícola, se difundía en medios nacionales para llegar a todo el país.

La idea del entonces gobernador Eloy Camus, según los archivos que figuran sobre lo sucedido, era atraer nuevos pobladores a la provincia para que desarrollaran emprendimientos en zonas que no estaban habitadas. Para eso había elegido aquel terreno, que en el siglo XIX había sido una posta, alrededor de la cual se instaló un molino harinero, los servicios de correo y telégrafo y una escuela. Y que, ya en 1950, había sido adquirido por Federico Cantoni, quien construyó la plaza central y la iglesia, en medio de lo que sería una empresa olivarera. Justamente, Camus había expropiado ese terreno a la familia Cantoni para la creación de la nueva comunidad.

Un total de 16 familias jóvenes, muchas de ellas con niños y de distintas provincias respondieron al llamado y se presentaron en el Instituto de Tierras y Colonización para ser parte del proyecto y mudarse al lugar. En diciembre de ese año llegaron a tierras de Tucunuco los primeros habitantes para iniciar su nueva vida. En un principio vivieron en la escuela de la zona, pero como el establecimiento estaba en funcionamiento porque albergaba a niños de la zona y a sus propios hijos, tuvieron que armar carpas en las cuales dormir hasta construir sus viviendas.

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La propuesta era que las familias trabajaran las tierras y pusieran la mano de obra para la construcción de las viviendas, mientras el Gobierno les enviaba alimentos y materiales. Lo que estaba en discusión hasta ese momento era cómo se iba a ceder las tierras a la familia, cuyos miembros plantearon la creación cooperativa para hacerse cargo del pueblo como una propiedad común, decisión que fue aceptada por Camus y el resto de los funcionarios.

Sin embargo, esos acuerdos duraron poco. El golpe de Estado de marzo del año siguiente, puso en jaque todo lo que se había convenido. Para ese entonces, las familias contaban con 25 hectáreas de alfalfa, seguían limpiando las plantaciones de olivos y continuaban trabajando en el lugar, pero las casas aún no estaban listas. La mercadería, las semillas y los materiales de construcción que les enviaba el Estado, quedaron suspendidos repentinamente. En su lugar, comenzaron a recibir sólo yerba, azúcar y harina.

Pero la situación iría más allá. La idea del trabajo en cooperativas no caía bien a los miliares, que empezaron a tildar de “subversivos” a los miembros de la comunidad. Ya en marzo, comenzaron las visitas de gendarmes al lugar, que controlaban las zonas y revisaban las propiedades de los habitantes, para luego irse.

Sin embargo, el día clave fue el 21 de septiembre de 1976. Durante la siesta, los vecinos vieron cómo la tranquilidad del lugar se veía interrumpida por la llegada de un camión y dos patrulleros. Personal de Infantería irrumpió en el lugar a los gritos, entró a las casas y comenzó a revolverlas, hizo disparos al aire e incluso golpeó a algunos de los habitantes y los amenazó de muerte. En medio de la incertidumbre y el miedo de la gente, detuvieron a seis de los hombres del lugar.

Mientras ellos pasaron tres días presos, siendo llevados a distintas comisarías, quienes quedaron en el pueblo hicieron notas para denunciar el avasallamiento, sin saber, que nadie los escucharía.

Los hombres pudieron regresar, pero las condiciones en el lugar eran insostenibles. La gente tenía miedo, pasaban hambre y ya prácticamente no tenían elementos para trabajar. Fueron las mujeres las primeras en decir que ya no podían vivir en esas condiciones y que lo mejor era irse. En noviembre, la mayoría de los habitantes emigró y sólo quedaron tres hombres en esas tierras, que luego también decidieron irse.

Muchas de las familias decidieron mudarse a otras zonas de la provincia. Mientras otras, se fueron de San Juan. El lugar quedó intacto, para que después, el paso del tiempo, el viento y las condiciones agrestes fueran dando a aquel pueblo, las características que tiene hoy.

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