Entre las cinco puertas de una camioneta Ford, a la orilla de la plaza de Trinidad, una familia sanjuanina lo resiste todo: el calor, el frío y la falta de comodidades básicas, como una cocina o un baño. Afuera del coche, en uno de los banquitos, y con su pequeño de 9 años, se encuentra Julio, un hombre que pasó de ser panadero en la confitería más famosa de San Juan a adoptar, por falta de recursos, un vehículo como hogar.
"Se me vino abajo el trabajo y ahora estoy acá, en una camioneta. Trabajé años en la confitería El Molino, que después cerró. Empecé con el pan casero y la semita, pero se me complicó todo con la pandemia, ya no podía alquilar. Después nos fuimos a una finca, donde éramos caseros, pero nos desalojaron porque la terminaron vendiendo. Y no nos alcanzaba la plata para un alquiler, por eso decidimos venir a vivir a la camioneta", cuenta el protagonista a Tiempo de San Juan.
Julio, junto a su esposa y dos hijos, viven en un vehículo roto desde hace cinco meses pese a los intentos de poder acceder a una vivienda a través del IPV. Los cuatro duermen y comen a diario en el interior del rodado. Incluso, allí se preparaban los niños cuando tenían que asistir a a escuela.
"La gente de la estación de servicios nos prestó el baño para que los niños se arreglen cada vez que tenían que ir a clases. Y nos siguen prestando el baño para usarlo a diario. También hay gente que se acerca para colaborar con mercadería, o para simplemente darnos aliento, para decirnos que no bajemos los brazos", dice el hombre, con la voz entrecortada.
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Para preservar a sus hijos, Julio pidió no ser fotografiado por este medio.
La Navidad la pasaron en la camioneta y dicen que allí también recibirán el 2024, con la esperanza de algún día poder brindarle un techo a los niños: "Ellos se acostumbraron a esto y la verdad es que están bien. Terminaron la escuela, la niña con un promedio de 9. Somos una familia tranquila, que lo único que no tiene es un techo. Pero acá nos portamos bien, no generamos problemas en los vecinos, nada de eso".
La familia subsiste gracias a lo que recauda Julio con la venta de semitas y pan casero. Todas las mañanas se traslada a la casa de su hermana, quien le presta un rinconcito para que pueda amasar y hornear sus productos. Por las tardes sale a vender. "Con eso compro el almuerzo y la cena. Estamos en una situación compleja, pero no nos queda otra lamentablemente. Todo está todo carísimo. Yo me la rebusco con la panificación. Un día estás arriba y otro, abajo; pero sé que vamos a salir de esta".