Inigualable

Match point a los huesos de cristal

Daniel Rodríguez sufre de osteogénesis imperfecta, pero ello no le impidió gritar siete veces campeón panamericano en tenis de mesa. Su vida fue una constante batalla, contra la enfermedad, contra los prejuicios, contra la discriminación y hoy está dispuesto a seguir venciéndolos al frente de Fundación para el Deporte Olímpico.
miércoles, 25 de enero de 2012 · 09:00

Por Luz Ochoa
Tiempo de San Juan

Aunque, de la cintura para abajo, sus huesos sean excesivamente frágiles, su temperamento es de hierro. En la vida se encontró con obstáculos difíciles de sortear, sin embargo, pudo superarlos y prevaleció ante la adversidad. A pocos días de haber nacido, sufrió su primera fractura mientras su madre le cambiaba el pañal y, a partir de ese momento, se supo que la existencia de Daniel Rodríguez no sería nada fácil.

En los últimos Juegos Parapanamericanos de Guadalajara 2011, el sanjuanino de tez morena y de 40 años se consagró campeón con el conjunto argentino y, además, logró el bronce en individuales. Por séptima vez en su carrera, se subió a lo más alto del podio en la competencia deportiva más importante a nivel continental. El tenis de mesa es su especialidad y con él rompe los esquemas y destruye las barreras de la desigualdad. 

Quizá por ignorancia o tal vez por un mero comportamiento de personas sin sentido de humanidad, Daniel Rodríguez fue siempre un marginado de la sociedad. La mirada con exagerada compasión de la gente estuvo presente en cada paso que se propuso dar. “Soporté mucho la discriminación. Todo me costó el doble, pero acá estoy”, confiesa hoy.

La osteogénesis imperfecta, más conocida como huesos de cristal, fue el diagnóstico que recibieron sus padres, justo después de que tuviera sus primeros suspiros. A los ocho años, una caída, que derivó en la quebradura de su cadera, lo dejó sin caminar y lo perpetuó a la silla de ruedas. A pesar de todo, nunca dejó que el mundo le pasara por encima. Es por ello, que dedicó su vida al deporte.       

En la actualidad, además de competir en un alto rendimiento y de ser uno de los mayores exponentes del deporte sanjuanino -aunque poco se sepa de él-, es el presidente de la Fundación para el Deporte Olímpico (Fundepol), un proyecto que apuesta a las disciplinas olvidadas como el atletismo y la lucha olímpica, entre otras. “Queremos que sea para todos, que sea inclusivo, que nadie quede afuera, que todos aquellos que quieran practicar un deporte, lo puedan hacer”, explica el campeón. 

En su adolescencia hizo básquetbol y llegó a formar parte de la Selección, pero los golpes no resultaron lo mejor para su salud. Por ese motivo, se abocó al tenis de mesa. En esa práctica,  reconocida como un juego más que un deporte, encontró una pasión, una forma de expresión. “Gracias al tenis de mesa tengo todo lo que tengo”, admite Rodríguez. En un torneo en Mendoza, el entrenador del equipo argentino lo descubrió e inmediatamente lo convocó. “En 1992, fui elegido entre catorce chicos para viajar a Panamá y a Puerto Rico, me fue bien en los campeonatos que participamos y ahí arranqué y no paré más”, recuerda.

El crack de la paleta tiene a su cargo un centro de tenis de mesa en el que chicos y grandes desafían su destreza. Ubicado en la calle Toranzo, en el club de SI.TRA.VIA.P, el fanático de INXS vuelca sus conocimientos en futuros talentos y su lema, ante todo, es no hacer diferencias: “La idea es justamente integrar a todos y no dejar de lado a nadie. Distinto de otros lugares en los que se ejerce el tenis de mesa”.   

El talento sanjuanino trabajó durante seis años en la Secretaría de Deporte de la provincia cuando Miguel Jofré estaba al mando. Luego, con la llegada de Juan José Chica, su situación se complicó. El problema surgió, según cuenta Rodríguez, cuando viajó a la competencia olímpica de China. “Antes de irme, había creado cinco centros de tenis de mesa en todo San Juan. Pero mientras estaba en oriente, el Secretario puso en mi lugar a Pablo Tabachnik, quien nunca se había interesado por enseñar el deporte en la provincia. Así, el quedó y yo me fui”, relata el deportista paraolímpico.

Tan independiente, Rodríguez se maneja a gusto y piacere con su Mitsubishi Lancer. Con cambio automático, el auto que compró en la época del uno a uno le permite transportarse sin problemas. “Aunque tenga limitaciones, nada es imposible”, afirma el Pelado.

Quien vivió en España y Venezuela por unos años cuenta que el tenis de mesa es un deporte caro y que sólo algunos tienen la posibilidad de hacerlo. Una mesa profesional cuesta alrededor de 3.500 euros, mientras que una paleta ronda los 120. Las sillas que se utilizan son especialmente fabricadas para el juego y tienen un costo aproximado de 2.000 dólares.
 
Por otra parte, el sanjuanino que participó en los Juegos Olímpicos de Beijing 2008 se refiere al escaso reconocimiento por parte de los medios y manifiesta: “Por tener limitaciones, nos premian como ‘deportistas del corazón’ cuando nosotros nos matamos, entrenamos como cualquier otro deportista, hacemos giras, somos atletas de alto rendimiento y estamos a la misma altura, pero no se dan cuenta o no quieren hacerlo”.

Conjuntamente con el trabajo de Fundepol, el múltiple campeón panamericano adelantó que colaborará con el Proyecto Joven de la Municipalidad de Rawson: “Voy a trabajar con Juan Carlos Gioja. Él me convocó para participar en el plan. La idea es abrir centros de tenis de mesa en todo el departamento  para gente común y para discapacitados”.

Auténtico y frontal, así se muestra Rodríguez. La humildad es su bandera y la experiencia, su tesoro. Para muchos es un ejemplo de vida, para otros es un carismático ser a descubrir. Ni la debilidad de sus piernas, ni el murmullo de la gente lo dejó aplacar. Hoy mira hacia el horizonte, tal vez allí esté su próxima meta a lograr.

¿Cómo juega?

Sentado en su silla especial para tenis de mesa, a una altura que le permite la visión total del campo de juego, el talentoso sanjuanino se posiciona en el centro y ejecuta su espectacular saque.

La velocidad y la fuerza con la que pasa la pelotita son increíbles. La redondita casi ni se ve. El derecho juega de revés con la misma facilidad que con el lado clásico.

Sus brazos, fibrosos, se estiran y se desplazan al ritmo que del tic tic tic, dispuesto por la veloz. De la cintura para arriba, su cuerpo acompaña cada movimiento y controla su respiración.

Tanto su saque como su juego se tiran al fondo de la mesa. La pelota cortita y el pase a la red son una delicia de cada jugador y, en su estilo, se suceden cada tanto.

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