En una exigua nota en las páginas interiores de un diario local, se anunciaba los nuevos servicios que ofrecía el Banco de San Juan a sus clientes, sin imaginar siquiera la trascendencia que tendría este innovador instrumento de intercambio bancario. Aquel 24 de enero del ’85 fue la fecha del desembarco del primer cajero automático que tuvo la Provincia de San Juan, que, si bien comenzó funcionando dentro del Banco, luego de un tiempo de experimentación y adaptación, estaba pensado que ofrezca sus servicios en la vía pública.
Por primera vez, los ciudadanos de a pie podía agilizar sus trámites, sin necesidad de esperar ser atendido por un empleado de la entidad financiera. Sin embargo, los sanjuaninos siguieron prefiriendo, durante un buen tiempo después de su inauguración, la clásica atención cara a cara, con el ser humano y no con la máquina.
Aquel día 24 de enero, de mañana, con la asistencia de autoridades del banco, algunos pocos clientes y el público que se encontraba en ese momento esperando ser atendido; quedaba inaugurada la máquina del dinero. En ese acto; sencillo, módico incluso, el único que hizo uso de la palabra fue el entonces Jefe de Planeamiento y Sistemas, Dr. Juan Manuel Lescuras, para explicar las ventajas que iba a ofrecer el nuevo servicio a través de su nueva adquisición. Nada más. Eso fue todo. Como si se tratara de un evento pasajero. Ninguno de los que fueron testigos de ese acto, sospechó siquiera que, con el tiempo, esas máquinas serían una parte esencial de la vida cotidiana de los sanjuaninos.
Las sociedades modernas trajeron consigo una cantidad enorme de inventos. Uno de ellos fueron los cajeros automáticos, que revolucionaron el sistema bancario mundial. Su historia encierra algunas curiosidades, públicamente conocidas que resulta pertinente recordarlas.
Algunos relatos cuentan que la culpa de este invento fue de los chocolates. Estos afirman su inventor, el británico John Shepherd-Barron, quien participó de la inauguración del primer cajero automático, el 27 de junio de 1967 en una sucursal del banco Barclays del distrito londinense de Enfield (al norte de la capital del Reino Unido), explicó que para llegar a la idea de un dispensador de dinero, había partido del concepto de una máquina que entregaba chocolates a cambio de una moneda. Aunque, en esta ocasión, en lugar de los confites, entregaría billetes. Pero, al parecer, tuvo más influencia otra anécdota.
Shepherd-Barron era un escocés que trabajaba para De La Rue, una empresa que por entonces fabricaba máquinas de contar dinero. Su trabajo estaba en Londres pero vivía en el campo. Solía ir los días sábados al banco (que abría de 9 a 12:30) para sacar el dinero de la semana. Fue entonces que se le ocurrió la idea cuando se encontró, un típico sábado húmedo londinense, con el banco cerrado y sin poder tener dinero durante el fin de semana. Entonces, pensó en una máquina a la que se le pudiera introducir un cheque y ésta dispensase dinero.
Para que la máquina pudiese detectar la autenticidad del cheque y éste pudiese ser pagado, se pensó en un complejo proceso que requería que el cliente pasase por la entidad bancaria y se le entregasen tantos cheques por valor de 10 libras esterlinas, y cuya cantidad era descontada de su cuenta personal. Estos cheques estaban impregnados de carbono 14, lo que hacía que al ser introducidos en el cajero, éste reconociese su autenticidad y dispensase el dinero.
Aquel invento se bautizó como DAC (De La Rue Automatic Cash System) y no sólo revolucionó la estructura bancaria de la época, sino que hizo realidad la filosofía del autoservicio 24 horas al día, cambiando la forma de relación con el dinero de millones de personas en todo el mundo, y, por supuesto, también en San Juan. Aun así, esto no implicó el ocaso definitivo de la costumbre de esperar pacientemente a ser atendido por un individuo de carne y hueso. Costumbre de la que los sanjuaninos siguen haciendo uso.
Fuentes:
Diario de Cuyo, enero de 1985
http://www.delarue.com
http://www.bbc.com
http://www.condusef.gob.mx
http://www.wikipedia.org
Una historia más larga
Parece que el británico John Shepherd-Barron no fue ni el único ni el primero en pensar en esta máquina expendedora de dinero. La historia cuenta que en el año 1939, veintiocho años antes de que existiera el cajero automático londinense, Luther George Simjian, un armenio nacido en Turquía que emigró a los Estados Unidos, registró alrededor de veinte patentes de un prototipo de cajero automático.
En aquel año ’39 vivía en Nueva York tuvo la idea de construir el Bankmatic cajero automático, probablemente su más famosa invención, a pesar del escepticismo de los bancos. Él convenció al City Bank de Nueva York, hoy CITIBANK, para ejecutar una prueba de 6 meses. Desafortunadamente para él, su invento no prosperó. Parece que las únicas personas que utilizan las máquinas eran un pequeño número de prostitutas y los jugadores que no quieren tratar con los cajeros de cara a cara. Por lo tanto, Simjian perdió en no sólo el éxito comercial, sino también la fama asociada con su invención. Crédito que se atribuyó con el tiempo al londinense John Shepherd-Barron.