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Columna

Personas pasivo-agresivas: los saboteadores silenciosos del bienestar cotidiano

En las oficinas más modernas, en las cenas familiares de los domingos, en las relaciones de pareja más estables o incluso en los grupos de WhatsApp de amigos, hay una figura que se desliza sigilosa, casi sin ser detectada a simple vista, pero que deja huella emocional: el pasivo-agresivo. No grita, no confronta, pero lastima. No discute, pero sabotea. Su arma no es el golpe, sino la ambigüedad.

Por Carlos Fernández

El comportamiento pasivo-agresivo no es nuevo, pero en tiempos donde se prioriza el “bienestar emocional” y la “comunicación saludable”, esta conducta se ha convertido en un foco de atención para psicólogos, coaches organizacionales y especialistas en vínculos. Y es que no hay nada más desgastante que convivir, laboral o afectivamente, con alguien que dice “está todo bien”, mientras todo en su actitud grita lo contrario.

Un patrón disfrazado de amabilidad

Desde la psicología se define al perfil pasivo-agresivo como aquel que expresa su enojo o desacuerdo de manera indirecta. En lugar de decir “no quiero”, “estoy molesto” o “esto no me gusta”, opta por la procrastinación, el sarcasmo, el silencio prolongado o el cumplimiento a medias. Un modo de sabotaje disfrazado de cordialidad.

El conflicto en el pasivo agresivo, es evitado a toda costa, pero no resuelto. La persona se siente incómoda con la confrontación directa y canaliza su tensión a través de microactos hostiles o comportamientos ambiguos

Este tipo de personalidad no solo resulta complejo en relaciones afectivas. En entornos laborales puede dinamitar equipos completos. En familias, generar climas de tensión crónica. Y en vínculos amorosos, llevar al desgaste emocional más sutil y peligroso: el que no tiene una causa visible, pero se acumula.

Cómo reconocer a un pasivo-agresivo: señales típicas

  • Sarcasmo disfrazado de humor: sus frases siempre tienen doble filo. Aparentemente “bromean”, pero sus palabras hieren con precisión.
  • Silencio como castigo: dejan de hablar o responden de forma monosílaba sin explicar por qué. Usan la indiferencia como arma emocional.
  • Procrastinación calculada: retrasan tareas importantes para mostrar su enojo de forma encubierta.
  • Victimización crónica: nunca asumen responsabilidad. Siempre son malentendidos o injustamente tratados.
  • Aparente obediencia con trasfondo de resistencia: dicen “sí” pero hacen “no”.

Este tipo de agresividad encubierta puede verse en una colega que acepta una tarea pero no la entrega a tiempo, en una pareja que olvida “sin querer” una fecha importante, o en un amigo que responde con ironía cada vez que se le señala algo incómodo.

El terreno donde florecen: relaciones desequilibradas

Los pasivo-agresivos suelen surgir en contextos donde hay reglas tácitas que desaconsejan la confrontación abierta. Por eso, son frecuentes en:

  • Ámbitos laborales jerárquicos: donde no se permite discutir con superiores, pero el malestar circula por canales paralelos.
  • Entornos familiares tradicionales: donde no está bien visto expresar enojo directamente.
  • Relaciones afectivas marcadas por la dependencia emocional: donde uno de los miembros reprime su descontento por miedo al abandono.

Cómo neutralizarlos: claves desde la psicología

Neutralizar este tipo de conductas no implica devolver la agresión, sino cortar el ciclo a través de estrategias que la psicología recomienda con consistencia:

  • Comunicación asertiva: decir con claridad cómo nos afectan sus actos. Ejemplo: “Cuando no cumplís con lo que acordamos, me genera confusión y malestar”.
  • No caer en el juego emocional: evitar reaccionar desde la ira o la culpa. El pasivo-agresivo se alimenta de la confusión del otro.
  • Pedir definiciones claras: obligarlos a pronunciarse. “¿Estás molesto? ¿Quieres hablarlo?”.
  • Establecer límites firmes: no permitir que se mantenga una conducta evasiva sin consecuencias.
  • Validar tus emociones: si algo duele, aunque no sea directo, es válido. No subestimes tu malestar solo porque la agresión vino con sonrisa.

Como explica el terapeuta estadounidense Daniel Goleman, autor de Inteligencia emocional, “la clave no es reprimir la emoción ni estallarla, sino gestionarla con conciencia y expresarla con madurez”.

La importancia de detectar para protegerse

Los pasivo-agresivos no siempre son conscientes de su patrón. Muchos fueron criados en entornos donde expresar el enojo era castigado, por lo que aprendieron a camuflarlo. Pero aunque la intención no sea destructiva, el resultado muchas veces lo es.

Detectar este comportamiento, nombrarlo y desactivarlo con firmeza emocional es clave para preservar relaciones sanas. Porque la pasividad agresiva no es solo una forma de comunicación disfuncional: es un modo de sabotaje emocional que puede desgastarnos día a día.

En tiempos donde la salud mental ocupa, al fin, un lugar central en nuestras conversaciones, aprender a identificar a los saboteadores silenciosos puede marcar la diferencia entre vivir en paz o sobrevivir entre líneas.

Escrito por Carlos Fernández Coach y psicólogo.

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