En las oficinas más modernas, en las cenas familiares de los domingos, en las relaciones de pareja más estables o incluso en los grupos de WhatsApp de amigos, hay una figura que se desliza sigilosa, casi sin ser detectada a simple vista, pero que deja huella emocional: el pasivo-agresivo. No grita, no confronta, pero lastima. No discute, pero sabotea. Su arma no es el golpe, sino la ambigüedad.