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Historias

"Mi vida puede cambiar de un momento a otro": el crudo testimonio de un sanjuanino en Nueva York frente a la cacería del ICE

El reconocido músico sanjuanino Rubén González, radicado hace casi cuatro décadas en Estados Unidos, describió el clima de terror que impuso el ICE y cómo la comunidad de inmigrantes, a la que pertenece, resiste día a día.

Por Miriam Walter

Rubén González salió de San Juan en 1988 con el peso de un exilio que él mismo definió como "cultural". Aquella querida provincia de finales de los ochenta, con apenas un puñado de radios y un canal de televisión, se le volvió asfixiante tras sufrir detenciones arbitrarias y humillaciones policiales en plena democracia. Decidió entonces buscar un horizonte distinto y emprendió un viaje que lo llevó a cruzar la frontera de México de forma ilegal. Recordó que en aquel tiempo la política migratoria fue mucho más laxa y el cruce por la tela metálica entre Ciudad Juárez y El Paso resultó, aunque tenso, una maniobra de apenas unos minutos que lo depositó en una nueva vida. Se instaló en Nueva York, trabajó, formó una familia y, tras el trauma de las Torres Gemelas, decidió nacionalizarse para protegerse de cualquier infracción menor que pudiera terminar en deportación.

Hoy, la tranquilidad de su ciudadanía no lo mantiene ajeno al clima de persecución que impuso el gobierno de Donald Trump a través del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE). Rubén, en diálogo con TIEMPO DE SAN JUAN, relata con angustia cómo se vive desde adentro este complicado escenario para los inmigrantes, cómo estos temidos agentes operan, generando un estado de sitio no declarado que le recuerda a las épocas más sombrías de la historia argentina.

"El otro día salí a la puerta de mi casa, estaba esperando el ascensor y se me ocurrió pensar qué pasaría si ahora aparece uno de estos tipos y me dice que lo acompañe. Yo estoy en la puerta de mi casa con la puerta abierta, pero mi vida cambia de un momento para el otro. Ya está, cambió. Es un miedo legítimo porque lo han legitimado totalmente desde el poder, no es como en la dictadura donde no se sabía, acá está organizado y legitimado por el Estado", reflexionó Rubén sobre la vulnerabilidad que siente en su departamento ubicado en el Norte de Manhattan.

Cruzando límites

La experiencia de Rubén al cruzar la frontera en febrero de 1988 arrancó cuando decidió seguir los consejos de amigos que ya habían emigrado y siguiendo los pasos de su hermano que ya estaba asentado en Estados Unidos hacia un tiempo. Tenía 25 años cuando decidió dejar su Patria y probar suerte en Norteamérica. Siguiendo recomendaciones, realizó el último tramo hacia la frontera en tren y no en colectivo, ya que la policía mexicana solía detener los buses para extorsionar a los extranjeros pidiéndoles dinero. El tren, al no poder ser detenido tan fácilmente en ruta, le permitió llegar a Ciudad Juárez sin incidentes.

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La frontera entre Ciudad Juárez y El Paso (EEUU), separada por un canal con el agua baja. le permitió a Rubén cruzar en un bote inflable empujado por una persona que estaba dentro del agua. En el bote conoció a una joven que cruzaba diariamente para trabajar como empleada doméstica, lo que le hizo comprender que era una práctica sumamente común en la zona.

Durante el cruce, un hombre le preguntó de dónde era. Cuando respondió que era argentino, el hombre se enojó y le ordenó que dijera que era mexicano. La lógica era simple: si la patrulla fronteriza lo atrapaba, lo deportarían simplemente al otro lado de la frontera, a México, y no hasta Argentina, permitiéndole intentar el cruce nuevamente.

Una vez del lado estadounidense, debió atravesar una tela metálica y cruzar una autopista. Rubén comparó esta maniobra con cruzar la Avenida Circunvalación de San Juan, un acto arriesgado donde los autos le tocaban bocina mientras él corría a plena luz del día, alrededor de las 7 de la mañana. Tras saltar una pared baja en un barrio residencial tranquilo donde la gente aún dormía, caminó tres cuadras según las instrucciones recibidas. Allí lo esperaba un taxi cuyo conductor ya sabía exactamente a dónde llevarlo sin necesidad de mediar palabra. El vehículo lo trasladó directamente al hotel donde lo esperaba su hermano, quien había organizado toda la logística del encuentro.

A pesar de la tensión, Rubén recordó que en ese momento estaba tan concentrado en seguir el plan que "no hubo espacio para el miedo", aunque la angustia reapareció más tarde, durante los trámites en el aeropuerto antes de volar hacia Nueva York. Una vez instalado, formó una familia junto a su entonces pareja, quien arribó poco después, y construyó una carrera como maestro de música y artista.

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El fantasma de la deportación

A pesar de llevar décadas en el país, la seguridad legal de Rubén se transformó en una preocupación constante tras los atentados a las Torres Gemelas, evento que lo impulsó a buscar la nacionalización definitiva para blindarse ante el endurecimiento de los controles. No obstante, el sanjuanino explicó que la posesión de un documento no garantiza hoy una inmunidad total frente a la agresividad de las fuerzas federales que actúan bajo la administración de Donald Trump. Sobre este punto, Rubén detalló su situación y la de sus hijos con una reflexión profunda sobre la vulnerabilidad que atraviesa incluso a quienes están "en regla".

"Me hice ciudadano después de las Torres Gemelas. Después de ahí dije, voy a hacerme ciudadano porque empezaron a decir que si te pillaban en una infracción menor te podían deportar. Entonces yo dije, me voy a hacer ciudadano por las dudas. Tengo dos hijos, Natalia de 26 y Tiago de 23, nacidos acá. Ellos son ciudadanos y no hay problema, aunque están jodiendo a los ciudadanos acá también", contó, con una mezcla de indignación y cautela.

El conocido músico, que vuelve a San Juan a veces a presentar sus shows en los escenarios más importantes de San Juan, analiza que esta iniciativa de deportación masiva de la administración Trump, lo reprueba una parte de la sociedad pero otra buena parte lo ve bien. "Es un reflejo, la gente dice '¿quién tiene la culpa? Ellos, los inmigrantes. Y entonces algún huevón que a lo mejor no está bien informado o no fue a la escuela, dice, "Ah, tenés razón. Claro, porque antes de que vinieran ellos yo ganaba 10 y ahora gano 9 o lo que sea".

González cuenta que, a pesar de la atmósfera de vigilancia, él goza por ahora de una suerte de invisibilidad debido a sus rasgos físicos. Explica que, por su etnia y su raza, no encaja en el perfil que los agentes federales salieron a cazar en las calles norteamericanas. "Yo parezco más blanco. Entonces, yo camino tranquilo de que no me van a decir nada porque no parezco hispano. Me van a buscar solo si jodo, pero lo que ellos están rastreando es a la gente que parece de otro lugar", confesó el sanjuanino sobre el privilegio amargo que le otorga su apariencia en un sistema que prioriza el color de piel para el hostigamiento.

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Rubén González junto a su sobrina, festejando un cumpleaños en enero en Nueva York.

Rubén González junto a su sobrina, festejando un cumpleaños en enero en Nueva York.

Policía neoyorkina versus "mercenarios" federales

En la cotidianeidad de los barrios neoyorquinos, Rubén está convencido de que hay una fractura entre las fuerzas de seguridad. Para él, existe un abismo moral y profesional entre la policía de la ciudad de Nueva York y los agentes del ICE, a quienes percibe como individuos sin formación técnica que actúan bajo incentivos económicos. En su relato, destacó que la policía local terminó convirtiéndose en una suerte de aliada para los manifestantes y vecinos, protegiéndolos de los excesos de las fuerzas federales que, según su visión, se comportan como grupos de choque sin ley.

"Esta gente del ICE no son policías, no son gente que ha ido a la escuela ni gente que sabe la ley, son gente sin trabajo que los han contratado y les daban un bono para incentivarlos. Son como mercenarios. En cambio, la policía acá nos cuida. El otro día vi una manifestación y la policía estaba caminando por la vereda cuidando de que no haya quilombo, pero no para reprimir. Resulta que ahora la policía son más amigos nuestros porque nos están protegiendo y son profesionales que tienen su familia, su salario y su jubilación", comparó Rubén sobre el escenario de tensión que se respira en las avenidas Manhattan.

Silbatos amarillos

En su barrio, mayoritariamente dominicano, el miedo se volvió un vecino más. Rubén, quien se desempeña como maestro de música en una escuela primaria, observó con preocupación el silencio de las instituciones y la falta de protocolos para contener a los niños que llegaron a las aulas con el corazón en la boca. Como respuesta a la cacería de inmigrantes, sigue activo en organizaciones de justicia social que siguen temas diversos. Desde una de ellas repartieron silbatos amarillos para alertar sobre la presencia del ICE en las calles. Todavía no tuvo que usarlo pero lo lleva desde hace unas semanas en el bolsillo, por las dudas.

Fiel a su compromiso social, Rubén participa en manifestaciones y usa su arte como herramienta de protesta, cantando junto a su pareja y amigos en las avenidas neoyorquinas. "Las canciones de protesta de acá son como sería la típica 'Marcha de la bronca' de Argentina", apunta.

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Sobre el impacto en la niñez de esta situación, González compartió una inquietud que atravesó su labor docente, porque donde da clases hay varios niños de distintas nacionalidades: "No sé qué decirles a mis estudiantes si uno empieza a llorar en clase porque tiene miedo de que se lleven a sus padres. Nuestro director no es muy politizado, nunca nos ha dicho nada. El sindicato de maestros no nos dio una directiva o un consejo sobre qué decir. Yo prefiero escucharlos, no ignorarlos, pero no agregar nada porque no me siento capacitado para hablar con un niño sobre esos temas tan crudos sin empeorar las cosas".

La economía del desprecio y el futuro incierto

Rubén analiza como residente estadounidense la situación no solo desde lo emocional, sino también desde la lógica económica y social que el gobierno pareció ignorar. Criticó la retórica oficial que criminaliza al inmigrante mientras se beneficia de su trabajo en las tareas que nadie más quiso realizar, como la cosecha en las fincas de Minnesota, donde ocurrieron ataques violentos y asesinatos a sangre fría por parte de las patrullas del ICE. Para él, la actual administración trumpista utiliza la distracción y la provocación constante para ocultar escándalos de corrupción como el tema con Epstein y avanzar sobre los derechos de las minorías bajo una ideología de exclusión.

Al cierre de su testimonio, Rubén planteó una visión esperanzadora pero cautelosa sobre el desenlace de esta crisis. Confió en que el ciclo político encontrará un límite en las urnas y en el sistema legal si el partido gobernante pierde su mayoría en el Congreso. "No creo que esto me llegue a mí directamente de forma inmediata, porque antes tiene que sufrir mucha gente para que el ataque alcance el lugar donde estamos nosotros. Se va a resolver si Trump pierde las elecciones y el control del Congreso, porque ahí vendrá un juicio político. Él sabe que si pierde las elecciones de noviembre, puede terminar en la cárcel por los delitos que ya tiene condenados", sentenció con la firmeza de quien conoce de cerca lo que sucede cuando el poder persigue.

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Rubén González en uno de sus shows en la Gran Manzana.

Rubén González en uno de sus shows en la Gran Manzana.

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