Las cargadas por un River-Boca y la pelea por una gorra que derivó en un asesinato en Villa General Acha
Un grupo de amigos se reunió a tomar el Día de la Madre, en octubre de 2001. Lo que comenzó como bromas de borrachos aquella noche originó una pelea y el asesinato de un disparo.
Todo tuvo que ver con todo. La borrachera que llevaban encima, la poca paciencia con las cargadas, la broma de mal gusto que sirvió de excusa para agitar. Y dos tipos que no arrugaban a la hora de plantarse, pero, además, con uno de ellos calzado con un revólver y al que no le tembló el dedo para gatillar.
Fue un combo, una mezcla peligrosa durante una reunión de supuestos amigos después de los festejos del Día de la Madre de 2001, que estalló en plena madrugada con el pretexto de una discusión por una gorra y acabó en un asesinato en uno de los pasillos de ingreso a la antigua Villa General Acha. En realidad, el crimen de Carlos Ariel Pacheco se consumó casi un mes después, el 20 de noviembre de 2001, cuando dejó de existir en la terapia intensiva del Hospital Guillermo Rawson luego de semanas de agonía. Mauricio Jorge Molina, su asesino, mientras tanto fugó y estuvo prófugo tres años, hasta que lo capturaron a fines de 2004.
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Así se ve hoy lo que era la Villa General Acha, en Concepción.
El caso de Pacheco empezó con una juntada entre amigos en los pasillos de la Villa General Acha, en Concepción, la tarde del domingo 21 de octubre de 2001. Era Día de la Madre y a los muchachos se les dio por compartir unas cervezas y poner música en el interior de ese caserío de adobe situado sobre calle Mendoza y las llamadas “Vías bajas”.
En ese encuentro estaban Jonathan Andrada, Gabriel González, Walter Cardozo, Pacheco, Claudio Narváez, Luis Córdoba y su hijo Francisco. Más tarde cayó Molina, que no vivía en la villa, pero era habitué y tenía muchos amigos. Fue de esas reuniones en las que no faltaron las charlas, las polémicas y también las chanzas en medio de los tragos.
Los que estuvieron ahí dijeron que los chispazos entre Molina y Pacheco comenzaron con los comentarios sobre el partido que habían disputado semanas atrás River y Boca. “El que se enoja pierde”, dice el proverbio, y esa tarde los dos se cruzaron en una agria y caliente discusión sobre cuál de los dos equipos era el mejor. Aquel clásico había terminado en 1 a 1, lo que daba más letra a los rivales. Las cargadas de uno y otro lado continuaron después y más tarde el clima se puso tenso entre ellos. Molina se hacía el cartel de hampón. Pacheco era un albañil y lavacoches que conocía la calle y que se plantaba de manos cuando lo buscaban.
Molina
Mauricio Jorge Molina, el autor del asesinato.
Los relatos indican que a la cerveza le siguió el vino blanco y la juntada se extendió hasta los primeros minutos del lunes 22 de octubre de 2001. Como no quedaban bebidas, Andrada propuso al grupo trasladarse a la casa de su familia, en Villa Unión, para seguir bebiendo. Todos aceptaron la invitación y partieron. El anfitrión se fue con Narváez en un auto Ford Escort. El resto se subió al viejo colectivo de Córdoba y su hijo.
En esa casa de Villa Unión, en Chimbas, estuvieron cerca de tres horas y, para entonces, algunos ya estaban muy ebrios. En ese lapso, las burlas e indirectas entre Molina y Pacheco continuaron, pero los testigos coincidieron en afirmar que en ningún momento se fueron a las manos y tampoco vieron algo que preanunciara una gresca entre ambos.
Pasadas las 3 de la mañana de ese lunes, todo el grupo tomó el camino de regreso a Villa General Acha. Andrada volvió en el auto con Narváez y los otros cinco amigos regresaron en el micro de los Córdoba. Nadie esperaba que ese trayecto los llevara a una tragedia.
Carlos
Carlos Ariel Pacheco, el lavacoches asesinado. Este tenía 28 años cuando murió.
Los muchachos que venían en el colectivo contaron que no observaron nada extraño en el corto viaje. Es más, apenas arribaron, González y Cardozo descendieron del micro en la entrada a la villa, por calle Mendoza, y enfilaron hacia sus casas. Pacheco y Molina también bajaron, pero se quedaron hablando a un costado de la calle en los instantes en que Francisco Córdoba maniobraba el volante del ómnibus para estacionarlo y su padre dormía en uno de los asientos.
En ese ínterin fue que Pacheco y Molina discutieron. La versión fue que este último le quitó la gorra al lavacoches o se la tiró al piso, y eso desató la bronca. Pero ni siquiera llegaron a tomarse a trompadas. Sin dar muchas vueltas, Molina sacó el revólver que llevaba en la cintura y le largó un balazo en el pecho a Pacheco.
Esa escena fue presenciada por Francisco Córdoba, quien declaró que no hubo pelea cuerpo a cuerpo y que Molina disparó a su amigo a cierta distancia. También vio cuando Pacheco cayó al piso por ese proyectil que ingresó a la altura del pecho.
La sospecha en la Policía fue siempre que Pacheco y Molina tenían una mala relación, que ambos se guardaban rencor por algo del pasado y que esa noche se estuvieron provocando hasta que todo estalló cuando regresaron de Chimbas y quedaron prácticamente solos en la entrada de la villa.
MOLINA JORGE MAURICIO
Molina, durante su paso por el penal de Chimbas.
Pacheco fue asistido esa madrugada en el Hospital Guillermo Rawson. El proyectil había ingresado por el pecho, pero al tocar los huesos cambió de trayectoria y terminó dañando el bazo y otros órganos vitales. Desde el primer día quedó internado en terapia y jamás mostró una leve mejoría. Fue intervenido quirúrgicamente en 11 ocasiones durante su internación y falleció el 20 de noviembre de 2001.
Molina ya se había esfumado. Nadie sabía dónde estaba. A los días confirmaron que había salido de la provincia. Se dijo que andaba por Mendoza, Córdoba o Buenos Aires. Pasaron casi tres años hasta que confirmaron que el homicida se encontraba en una ciudad bonaerense. Pero no lo capturaron allá. Lo atraparon en San Juan el 23 de diciembre de 2004. El joven cometió el error de venir a visitar a su familia para las fiestas de fin de año y la Policía lo detuvo.
Molina fue juzgado en la Sala I de la Cámara en lo Penal y Correccional en septiembre de 2006. El joven, de 28 años, reconoció la autoría del asesinato, aunque dijo que hubo una pelea y que se defendió. El juez de Cámara Raúl Iglesias lo condenó a la pena de 11 años de cárcel por el delito de homicidio simple.
FUENTE: Sentencia de la Sala I de la Cámara en lo Penal y Correccional del Poder Judicial de San Juan, artículos periodísticos de Diario de Cuyo y hemeroteca de la Biblioteca Franklin.