“Devolveme la plata. Mirá que si no me la devolvés, te pego un tiro”, le reclamó el joven a su amigo y vecino del barrio Laprida. “No puedo, lo voy a ocupar. Pero disparame, si querés”, respondió este último, con tono provocador y convencido de que era solo una amenaza que jamás cumpliría.
Ese fue el tenso cruce que mantuvieron Juan Carlos Tobal y Francisco Américo Ontiveros en la puerta del bar y pizzería Capri, en Chimbas, la noche del domingo 5 de febrero de 1969. También fue el principio del final de una discusión por una deuda de 1.000 pesos, cuya historia había empezado apenas una semana antes.
Los dos eran íntimos, tanto que Tobal acompañó a Ontiveros en los difíciles momentos que atravesaba por el fallecimiento de su padre, ocurrido una semana antes. La familia del difunto andaba con problemas económicos y entonces el joven le prestó 1.000 pesos a su amigo para que cubriera algunos gastos de la internación y del sepelio. En esa época no era poca cosa: en moneda estadounidense estaríamos hablando de 250 dólares y de algo más de 350 mil pesos de hoy.
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Pasado el duelo, Tobal volvió a reencontrarse con su amigo y el conflicto estalló cuando pidió el dinero que le había prestado. Ontiveros aparentemente estaba sin un peso o pensaba ocuparlo para afrontar otras cuentas; fue así que le dijo que no tenía la plata y que lo esperara. Al muchacho de 25 años no lo conformó la respuesta y se produjo un cortocircuito en la relación.
El domingo 5 de febrero de 1969 se volvieron a ver las caras. Una versión periodística señalaba que Tobal y Ontiveros se reunieron, fueron a visitar a la madre de este último como para hacerle compañía y más tarde cayeron al bar y pizzería Capri, situada en una esquina de la avenida Benavídez y calle Salta. Allí se encontraron con Antonio Lozano y José María Sombras, también amigos y vecinos del barrio Laprida.
Los cuatro se sentaron en una mesa y pidieron pollo picado y un vino. Tobal se encontraba inquieto, malhumorado y casi no hablaba. De hecho, no quiso probar bocado ni beber. Así estuvo un rato con el grupo de amigos y después caminó hacia la vereda, mientras que Ontiveros salió por detrás para hablar con él.
Hace una semana había muerto el padre de Francisco Ontiveros y, en esa ocasión, un amigo le prestó dinero. Esa deuda luego se convirtió en el origen de la pelea entre ambos.
Cuando Tobal tuvo enfrente a su amigo, trajo el tema del dinero prestado y supuestamente este otro insistió en que tenía otras urgencias y que por el momento no podía saldar la deuda. La charla quedó ahí. Ontiveros regresó al salón del local de comidas y el joven permaneció unos minutos en la puerta hasta que se marchó, sin decir una palabra.
Pasados unos quince minutos, Juan Carlos Tobal apareció de nuevo por la pizzería. Se asomó hasta la puerta y llamó a Ontiveros para que saliera. Este asintió con la cabeza y encaró hacia la vereda con cara de fastidio, porque sabía que iban a continuar con la discusión de los 1.000 pesos.
“Devolveme la plata. Mirá que si no me la devolvés, te pego un tiro”, largó Tobal, para meterle presión a su amigo. Ontiveros no lo tomó en serio: “Disparame, si querés”, contestó. No solo fue la respuesta: al parecer también le puso cara sobradora y el otro se enfureció porque entendió que se estaba burlando.
Pero Tobal no bromeaba: en su mano derecha sostenía un revólver y hasta había jalado el martillo percutor hacia atrás. Cuando escuchó la negativa de Ontiveros y lo que sonó a provocación, apretó el gatillo y se escuchó el estruendo. El disparo fue a matar. La bala impactó a la altura del estómago del hombre de 37 años, quien se tomó el abdomen y cayó al piso.
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Lozano, Sombras y el dueño del bar salieron a la vereda y socorrieron a su amigo. En esos instantes también observaron a Tobal caminando en dirección a su casa. En los minutos siguientes, Ontiveros fue trasladado a la guardia del Hospital Guillermo Rawson y fue intervenido por una grave hemorragia interna, pero dejó de existir a las 3.30 de la madrugada del lunes 6 de febrero de 1969.
Tobal, a todo esto, buscó consuelo en su casa, pero más tarde se fue caminando a la Comisaría 17ª de Chimbas y se entregó voluntariamente ante el oficial Oscar Aguilera. Le confesó que acababa de dispararle a su amigo y que lo hizo porque tenía bronca a raíz de que este le debía 1.000 pesos.
El joven, de oficio relojero, fue detenido y quedó preso hasta la sentencia, dictada el 5 de febrero de 1971. La acusación fue por el delito de homicidio simple, aunque su defensa cuestionó la calificación y trató por todos los medios de sostener la teoría de la defensa propia.
Tobal declaró tres veces durante la instrucción. En las dos primeras admitió que discutió con su amigo y le disparó porque estaba enojado por la deuda que tenía con él. En la tercera indagatoria cambió su versión y afirmó que Ontiveros le pegó una trompada y se le abalanzó, que por ese motivo le disparó.
El magistrado que llevó adelante el juicio escrito no le creyó y concluyó que esa última declaración solo procuraba ocultar su acción criminal. Pero, pese a que el fiscal del caso pidió una pena de 12 años de prisión, el juez resolvió condenar a Juan Carlos Tobal a la pena de 10 años de cárcel y lo confinó a los calabozos del Servicio Penitenciario Provincial.
FUENTE: Poder Judicial de San Juan, artículos periodísticos de Diario de Cuyo y hemeroteca de la Biblioteca Franklin.