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Historias del Crimen

El fin de un noviazgo y la obsesión de un joven que acabó en un femicidio seguido de suicidio en Chimbas

Es el caso de una adolescente que cortó la relación con su novio, quien no aceptó la ruptura y no paró hasta que la asesinó en junio de 2005. Después, él se quitó la vida.

Por Walter Vilca

Una relación que empezó cuando ella tenía tan solo 13 años y él contaba con 20. A partir de allí, dos años y siete meses de noviazgo y una ruptura que, a mediados de 2005, llevaba ya dos tortuosos meses con la obsesiva postura del joven albañil de no dejarla en paz. Nada cerraba en esa historia que poco tenía de amor y que ese muchacho decidió poner fin una mañana, cuando esperó a la chica en una calle de Chimbas, la asesinó a balazos y después se marchó a su casa para acabar con su vida con la misma arma.

En aquel entonces, el titular de un diario calificó al hecho de drama pasional. Los especialistas denominan a estos crímenes como “femicidio-suicidio” y al accionar del homicida lo llaman “suicidio extendido” o “suicidio machista”, que no es otra cosa que una escalada más de la violencia machista, explica la doctora en antropología social Florencia Paz Landeira en un informe elaborado en 2022 para el Observatorio Lucía Pérez.

En otras palabras, la investigadora señala que estos femicidios-suicidios no responden a un impulso repentino de un sujeto que jamás fue violento. Por el contrario, esos asesinatos son el estallido final de vínculos atravesados por el control, la violencia y la dependencia emocional del hombre. La psicóloga y terapeuta Susana García —citada por Landeira— destaca que en el agresor conviven sentimientos ambivalentes y disociados. Por un lado, necesita a esa mujer y siente que sin ella su vida pierde sentido; por el otro, la odia cuando ella intenta irse o resistir su dominio. Esa tensión entre amor posesivo y odio es propia de una masculinidad frágil, insegura y violenta. Cuando mata a la mujer que dice “amar”, ese hombre destruye también el eje que sostenía su identidad y, en ese vacío, aparece el suicidio como último acto de poder.

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El asesinato de Yamila se produjo sobre la calle Sarmiento, frente al barrio Chimbas I, en Chimbas. Foto de Diario de Cuyo.

El asesinato de Yamila se produjo sobre la calle Sarmiento, frente al barrio Chimbas I, en Chimbas. Foto de Diario de Cuyo.

El caso de Yamila Aveiro tuvo todas esas características, con una relación dominada por su exnovio hasta el día final. Ella era apenas una niña de 13 años cuando conoció a Nélson Alaniz, de 20 años en ese momento. Se pusieron de novios y el joven visitaba la casa de la adolescente en Villa El Rosario, Chimbas, con el consentimiento de los padres.

Esa relación sentimental duró dos años y siete meses. “Ya no se entendían”, aseguró un familiar de la joven en una declaración a Diario de Cuyo, para explicar la ruptura de la pareja. Y la separación, en abril de 2005, no fue del todo buena. Nélson intentó convencer a la chica para que volvieran a estar juntos, pero con cada negativa por parte de ella, él se puso más hostil y lo suyo se convirtió en una obsesión.

Yamila y su familia sabían que Nélson Alaniz la seguía, pero nunca imaginaron de lo que era capaz de hacer. Los periodistas de la época no pudieron constatar si previamente existieron hechos de violencia física o amenazas del albañil contra la adolescente, pero probablemente algo de eso hubo.

La mañana del 6 de junio de 2005, la adolescente de 16 años se levantó temprano para alistarse e ir a trabajar a una casa del barrio El Carmen, en Capital, donde cumplía tareas de limpieza. Por la tarde cursaba en una escuela secundaria de Chimbas.

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Los policías de Criminalística retirando el cadáver del joven albañil. Foto de Diario de Cuyo.

Los policías de Criminalística retirando el cadáver del joven albañil. Foto de Diario de Cuyo.

La chica tomó su bicicleta y partió por el camino que siempre solía recorrer hacia el trabajo. Nélson conocía de memoria sus movimientos; además, aparentemente, la venía vigilando. Con esa precisión, el albañil esperó a la jovencita alrededor de las 8 de la mañana de ese lunes sobre la calle Sarmiento, en cercanías de 25 de Mayo, en Chimbas. Ella lo vio de lejos, parado al lado de su bicicleta, y respondió al llamado de su exnovio.

Hubo una corta discusión -eso dijeron-, pero Nélson Alaniz iba preparado y decidido. De la cintura sacó una pistola calibre 22 y directamente apuntó contra ella para dispararle de frente. La adolescente trató de cubrirse y recibió el primer disparo en una de sus manos, mientras empezó a correr buscando refugio.

Alaniz no se detuvo y la correteó unos metros hasta que la alcanzó. Ahí le descerrajó otro balazo y después la terminó de ejecutar en el piso con un tercer disparo. Las detonaciones asustaron a los transeúntes y vecinos, que se acercaron a ver qué pasaba. El femicida no dijo una sola palabra. Solo subió a su bicicleta y escapó.

Su familia desconocía lo que Nélson acababa de hacer. Al rato, él llegó a su casa en el barrio Andacollo y entró en silencio, sin siquiera saludar. Su mamá lo vio encerrarse en su habitación, pero no se percató de que algo pasaba. A los minutos escuchó un fuerte estruendo en esa pieza. Al entrar, la mujer encontró a su hijo de 23 años tendido en el piso y con un disparo en el rostro.

El joven no solamente había tenido la cobardía de asesinar a la chica que decía “amar”; también había atentado contra su vida en un acto de impunidad para escapar de su propio cargo de conciencia y de la Justicia. Y es que con la muerte del asesino de la chica el caso quedó cerrado.

Chapa de violencia de género

FUENTE: Artículos periodísticos de Diario de Cuyo, hemeroteca de la Biblioteca Franklin y página oficial del Observatorio Lucía Pérez (https://observatorioluciaperez.org).

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