Saldivar
Luis Ángel Saldivar, el joven albañil.
Luis Ángel Saldivar, un albañil y changarín de Villa Krause, la conoció por casualidad. Fue en los días de julio o agosto de 1974 en que el muchacho de 24 años andaba penando por la reciente separación con su esposa y creía que todo le salía mal. Sin trabajo y despechado por ese amor no correspondido, un día llegó a la casa de doña Sández a pedir trabajo. Ella, como era comedida y conocía la necesidad ajena, le pidió que realizara unas reparaciones de albañilería dentro de su domicilio en la calle Santiago del Estero.
Ahí nació una relación casi amistosa, o al menos de confianza, entre ese joven y la modista. Él le contó que atravesaba una difícil situación amorosa porque su mujer lo había dejado, que eso lo tenía deprimido y deseaba volver con ella, a como dé lugar. Tal era el estado de ánimo en el que se encontraba el muchacho, que doña Sández prometió ayudarlo con un “amarre”, un trabajo esotérico para unir de nuevo a su pareja.
La idea entusiasmó a Saldivar, quien, en su frustración por haber probado de todo, pensó que era la única alternativa salvadora para todos sus males. La mujer le aclaró que eso le costaría dinero y el joven le pagó a ciegas lo que ella le pidió, con tal de recobrar a su mujer.
La víctima
Juana Ema Sández, la modista que practicaba espiritismo.
Se agarró de ese rencor y confió más en su corazón que en la razón, y depositó todas sus esperanzas en esa mágica solución que le ofrecía doña Sández a lo que ya no tenía retorno ni respuestas. El albañil contó los días aguardando ver los resultados, pero eso nunca llegó.
Pero, como cuando la realidad aprieta, la suerte ni los milagros alcanzan, Saldivar no pudo reconquistar a su esposa. Y ese desamor y el alejamiento cada vez más cierto con su expareja lo sumergieron más en la desesperación. Tanto que después cargó todas sus culpas en doña Sández por no cumplir su palabra de devolverle a su amada.
El martes 10 de septiembre de 1974, agarró su bicicleta y salió como un perro rabioso a dar vueltas por la ciudad Capital. Mientras pedaleaba pensaba en su desgracia y que su situación empeoraba, pero a su vez se ensimismaba convenciéndose de que doña Sández se había burlado de él y lo había engañado. No sabía qué hacer y entonces buscó calmar su dolor en el alcohol. Esa tarde dejó su bicicleta atada a un poste y entró a los bares del mercado de calle General Acha, entre Córdoba y Santa Fe.
la calle
El crimen se cometió en un domicilio de calle Santiago del Estero, al sur de 9 de Julio, en San Juan Capital.
Allí tomó dos porrones de cerveza durante un par de horas. A las 21 encaró para la zona de la Terminal de Ómnibus de la ciudad Capital y bebió otra botella frente al Hospital Guillermo Rawson. Estaba tan desorientado que más tarde hizo parada en un banco de la Plaza 25 de Mayo y como a la 1 de la madrugada del 11 de septiembre recaló en la Plaza de la Joroba, en las calles Mendoza y 9 de Julio, en Trinidad.
Algo borracho aún y herido en su amor propio, pensó una y otra vez sobre el fallido trabajo de amarre de doña Sández. En un momento dado no aguantó más y decidió trasladarse a su casa para decirle todo lo que pensaba. Pero no golpeó la puerta. Apoyó su bicicleta contra una pared, trepó las rejas y saltó una medianera para ingresar a los fondos de la propiedad.
Luego abrió una puerta trasera y accedió hasta el dormitorio. Doña Sández ya se había levantado y le cortó el paso en un pasillo. También le reprochó por haberse metido a la casa, pero le contestó que le devolviera la plata por el trabajo mal hecho. La mujer mayor le respondió y comenzaron a discutir. Ella le dijo, también, que no tenía dinero.
Se enojó más y gritó que si no le daba la plata la iba a matar. Doña Sández caminó presurosa hacia la puerta de calle, pero el joven la persiguió y, zamarreándola, la llevó hasta el dormitorio, mientras la insultaba y exigía su dinero. El muchacho tiró sobre la cama a la señora. Ella se resistió y gritó pidiendo ayuda. Él, para contenerla, le lanzó unas trompadas.
Tribuna
El titular del diario Tribuna.
También la tomó del cuello para estrangularla, pero doña Sández gritaba más. Ahí se subió encima de ella, le apoyó una de sus rodillas en el pecho, agarró la almohada y la puso sobre el rostro de la mujer. Hizo presión con las dos manos por algunos minutos hasta que la mujer dejó de patalear y no se movió más.
Cuando se levantó y sacó la almohada de la cabeza de Sández, constató que esta se encontraba muerta. Estaba en problemas; lo sabía. Pensó rápido y se dijo que la mejor idea era ordenar todo para que pensaran que había fallecido mientras dormía. Así fue que extendió el cuerpo sobre la cama, lo acomodó y lo cubrió con las sábanas y la manta para simular que la muerte la sorprendió en plena madrugada. También ordenó todo en la casa y se marchó por el mismo lugar por donde había entrado.
No se percató de que un vecino lo vio cuando se retiraba en la bicicleta por calle Santiago del Estero al sur. Pero claro, nadie sabía qué había sucedido dentro de la casa de doña Sández. Es más, los vecinos no vieron movimientos en la vivienda durante los dos días siguientes.
El 13 de septiembre en la mañana, una amiga de doña Sández fue a buscarla y, como no contestaba, avisó a la familia. Ese día, sus parientes y amigos entraron a la vivienda y hallaron el cadáver de la mujer de 69 años. No había desorden y, por la posición del cuerpo, daba la impresión de que había muerto por causas naturales mientras dormía. El caso, en principio, fue caratulado como actuaciones por fallecimiento; ni cerca sospechaban de una muerte violenta, pero por protocolo enviaron el cuerpo a la morgue judicial para practicarle la autopsia.
Primero creyeron que se trataba de una muerte natural por un ataque al corazón, pero el informe forense señaló que la mujer había sido asfixiada y que tenía dos costillas fracturadas por una agresión física.
El informe fue revelador. El forense constató lesiones producto de golpes, un par de costillas fracturadas como consecuencia de una fuerte presión ejercida sobre el pecho y muerte violenta por asfixia. Le había tapado las vías respiratorias hasta matarla.
Los policías salieron de inmediato a buscar pistas de sospechosos o gente que pudiera tener conflictos con doña Sández. Era claro que el móvil del crimen no había sido el robo. En la casa no faltaba nada. Los testimonios de las amigas de Sández, sin embargo, llevaron la línea investigativa detrás del joven albañil.
Los vecinos contaron que el muchacho estuvo trabajando en la vivienda. Una allegada de doña Sández relató que la difunta le había confiado que el joven andaba mal por la separación y que la espiritista le hizo un trabajo para que se reconciliaran, pero, como no funcionó, el albañil estaba furioso. Además, la descripción del hombre que vieron con la bicicleta en la madrugada del 11 de septiembre coincidía con la de Saldivar.
El albañil confesó el asesinato, pero afirmó que estaba molesto con la mujer porque lo había engañado y que no fue su intención matarla.
Los policías de la Comisaría 3ra y la Brigada de Investigaciones de la Central de Policía de San Juan buscaron al albañil por una semana hasta que supieron dónde vivía y lo detuvieron en su casa en Rawson. Saldivar, como si los estuviera esperando, confesó el asesinato cuando lo esposaron.
El albañil sostuvo la misma versión hasta el juicio, en 1976. Aseguró que la mujer se había aprovechado de él por el drama que vivía por su separación y que la noche del crimen fue a exigirle la plata por el fallido trabajo de esotería. Agregó que no la quería matar, que estaba fuera de sí y que intentó hacerla callar. Por esa razón su defensor pidió que lo condenaran bajo la figura del homicidio en estado de emoción violenta.
La fiscalía mantuvo la acusación por el delito de robo seguido de muerte y pidió una pena de 18 años de prisión. El juez Arturo Velert Frau, del Quinto Juzgado en lo Penal, no dio por acreditado el robo, pero sí la autoría del asesinato. El 8 de noviembre de 1976, el magistrado dictó sentencia y condenó a Saldivar a la pena de 10 años de prisión por homicidio simple.
FUENTE: Sentencia del Quinto Juzgado en lo Penal del Poder Judicial de San Juan, artículos periodísticos de los periódicos Tribuna y Diario de Cuyo, y hemeroteca de la Biblioteca Franklin.