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Capítulo XXXVI de "Relatos que no son cuentos de Historias del crimen" en Spotify: el "Moralillo", el último gran cafisho sanjuanino y el crimen de un rufián

La madrugada del 1 de marzo de 1987, a la salida de un baile en el Club Árbol Verde, un proxeneta mendocino fue ejecutado a tiros dentro de su camioneta. El principal sospechoso fue Nolberto Morales, el temido “Moralillo”, pero nunca pudieron probar su culpabilidad.

Por Redacción Tiempo de San Juan

Hubo un tiempo en que los proxenetas eran conocidos como cafishos o rufianes y la explotación de mujeres formaba parte de un entramado oscuro que muchos preferían ignorar. En ese ambiente se movían nombres pesados, hombres que imponían respeto a fuerza de violencia y controlaban territorios donde la ley era apenas una referencia lejana. En ese escenario ocurrió uno de los crímenes más resonantes de los años 80 en San Juan.

Relatos que no son cuento Capítulo XXXVI

La noche del 1 de marzo de 1987, el Club Árbol Verde, en el barrio Comandante Cabot, fue escenario de un baile de carnaval que reunió a varios personajes del ambiente delictivo. Entre ellos estaban Marcelo Carrizo, Carlos Terzi, “El Pimpo” Romero, “El Rengo” De la Fuente, “El Garrafa” Ferreyra y Nolberto Francisco “Moralillo” Morales, el cafisho más conocido de la época.

El alcohol corrió sin medida y, con él, también afloraron tensiones. Todos se conocían, pero eso no impedía los recelos. Las disputas por el control de mujeres y territorios eran moneda corriente. Carrizo, que venía de Mendoza y había ganado fama en San Juan, parecía incomodar a varios. Decían que se jactaba de manejar un grupo de nueve mujeres, algo que en ese mundo equivalía a poder.

Dentro del club hubo discusiones, miradas desafiantes y algunos gritos que pusieron en alerta a los presentes. Sin embargo, la violencia no estalló ahí. Fue afuera, en la oscuridad de la madrugada, donde todo se descontroló.

No hubo testigos dispuestos a hablar. Nadie declaró formalmente qué pasó en esos minutos. Pero la versión que quedó indica que Carrizo se subió a su camioneta Gladiator con la intención de buscar un arma. No llegó a hacerlo. Desde afuera, alguien le disparó dos veces. El primer balazo impactó en el abdomen. El segundo, directo a la frente, fue letal.

El silencio posterior fue tan brutal como el ataque. Según reconstrucciones periodísticas, entre los presentes surgió la pregunta incómoda: qué hacer con el cuerpo. Nadie quería quedar expuesto. Entonces, en una maniobra desesperada, movieron a Carrizo al asiento del acompañante y uno de ellos condujo la camioneta hasta el Hospital Rawson.

No lo ingresaron. Dejaron el vehículo estacionado sobre calle General Paz, a metros de la guardia, y se fueron. Minutos después, un transeúnte vio al hombre ensangrentado dentro de la camioneta y dio aviso a la Policía. Cuando llegaron, Marcelo Carrizo ya estaba muerto.

La investigación avanzó rápidamente hacia el entorno del baile. Los policías identificaron a la víctima y reconstruyeron sus últimos movimientos. Todas las miradas apuntaron a un nombre: “Moralillo”.

Nolberto Francisco Morales era mucho más que un cafisho. De baja estatura, elegante, respetado y temido, se movía con códigos propios. Su frase lo definía: “Malo con el malo. Bueno con el bueno”. Tenía antecedentes por robos y peleas, pero su fama estaba ligada al control del negocio de la prostitución. No resolvía conflictos a los golpes: lo hacía a tiros.

Las versiones indicaban que Carrizo había discutido con él esa noche. Para la Policía, el crimen tenía la marca de un ajuste de cuentas. Sin embargo, nunca aparecieron pruebas concretas. Aun así, se ordenó su detención.

“Moralillo” no esperó. Desapareció de San Juan y se refugió en Capital Federal junto a su esposa, Hilda Nélida “La Pícara” Jofré. Mientras tanto, el caso comenzaba a enfriarse, atrapado en un pacto de silencio que nadie rompió.

En febrero de 1988, la Policía Federal lo detuvo en Villa Crespo, pero por una causa de drogas. Un mes después fue trasladado a San Juan para ser indagado por el crimen de Carrizo. Estuvo apenas unas semanas. No había pruebas suficientes para imputarlo. Fue liberado y el asesinato quedó impune.

De regreso en Buenos Aires, Morales fue condenado a cuatro años de prisión por narcotráfico y enviado a la cárcel de Villa Devoto. Ese encierro marcó un quiebre en su vida. Al recuperar la libertad, decidió alejarse del delito y empezar de nuevo.

Junto a su esposa, comenzó a vender flores en la calle. Lo que empezó como una necesidad se transformó en un negocio próspero. Con el tiempo abrieron su propia florería en el barrio de Almagro y llegaron a tener varias sucursales. Incluso hicieron sociedad con Eliseo Prado, un histórico futbolista de River Plate.

Años después, la familia regresó a San Juan. Morales ya no era el cafisho temido de los 80, sino un comerciante y abuelo. Había dejado atrás la violencia, aunque su nombre seguía ligado a aquella madrugada de 1987.

La muerte de su esposa en 2005 lo golpeó profundamente. Su salud se deterioró y el 27 de julio de 2006 murió en Buenos Aires, lejos de su tierra. Tenía 62 años.

El crimen de Marcelo Carrizo nunca se resolvió. No hubo condenados ni certezas. Solo versiones, sospechas y el recuerdo de una época donde la violencia era ley y el silencio, la única regla.

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Esta producción es una incursión de Tiempo de San Juan en esta plataforma. Cada semana se emitirá un nuevo capítulo. El contenido está a cargo de Walter Vilca, Agostina Montaño y Lucas Colella.

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