En ese baile también estuvieron Carlos Terzi, “El Pimpo” Romero, “El Rengo” De la Fuente y “El Garrafa” Ferreyra, entre otros personajes del ambiente delictivo, según los relatos periodísticos, aunque muchos son puros comentarios que aún rondan sobre esa fatídica noche. Los vinos y las cervezas abundaron en esa mesa que reunió a maleantes y delincuentes de Concepción y las zonas aledañas.
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El lugar. El violento incidente se produjo en la puerta del Club Árbol Verde, a la salida de un baile de carnaval en 1987.
Todos se conocían. Y así como se respetaban, también existían recelos. Ahí nadie era menos y la disputa por el regenteo de mujeres siempre estaba presente. La sospecha es que existía una rivalidad y tenían en la mira a Marcelo Carrizo, un mendocino cuya fama de “capo” entre los proxenetas de San Juan supuestamente se acrecentaba. Además, se decía que se jactaba porque contaba con nueve mujeres que trabajaban para él.
Esa noche bebieron y bailaron en el Club Árbol Verde, pero entre vaso y vaso afloraron los gestos ásperos y las palabras desafiantes. Tarde o temprano surgió la discusión y algunos gritos en la mesa de Carrizo y los otros cafiolos que atemorizaron algunos asistentes a la fiesta. Por el tipo de calibre de esos hombres, sabían que en cualquier momento se podía armar alboroto y el tiroteo.
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El rufián. Este era Marcelo Carrizo, el cafishio muerto a balazos la madrugada del domingo 1 de marzo de 1987.
Adentro del baile no pasó nada, la trifulca se desató a la salida. Muchos vieron qué sucedió esa madrugada, pero, a decir verdad, no hubo testigos que declararan formalmente en la causa para contar detalles. ¿Quién empezó la gresca? ¿Quiénes o cuántos participaron?, son preguntas que jamás fueron respondidas.
Una ejecución
Dicen, o al menos esa fue la versión oficial, que Carrizo se subió a su camioneta Gladiator para sacar su arma y desde afuera le descerrajaron dos balazos. Los tiros fueron a matar. Uno de los disparos impactó en su abdomen. El segundo fue para ejecutarlo, el proyectil le pegó directo en la frente.
“¿Y ahora qué hacemos?”, preguntó uno de los maleantes. “Bueno, ya que vos te lo comiste, encargate vos”, respondió otro, según una crónica periodística que recogió testimonios anónimos. Ninguno iba a hacerse cargo y dejarlo a Carrizo tirado frente al club resultaba riesgoso para todos. Los policías conocían quién era quién en esa zona.
No había tiempo para pensar demasiado, además supusieron que Carrizo todavía podía salvarse. Algunos de los presentes corrieron el cuerpo del rufián al asiento del acompañante y otro se puso al volante para salir rumbo al Hospital Guillermo Rawson. Un auto los siguió, según las crónicas. Minutos más tarde llegaron al centro. Nadie quería dar la cara ni quedar comprometido, así que estacionaron la Gladiator sobre la calle General Paz, a metros del ingreso al Servicio de Urgencias del Rawson, y abandonaron el vehículo con el rufián moribundo en su interior.
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La camioneta. Una foto de Diario de Cuyo muestra el interior del vehículo donde encontraron asesinado a Carrizo.
Pasado un rato, un transeúnte vio a ese hombre ensangrentado sobre el asiento de la camioneta y dio aviso a los policías de la guardia del hospital. Marcelo Carrizo no respondía, ya se encontraba muerto.
Los policías de la Comisaría 1ra y la Brigada de Investigaciones de la Central de Policía de San Juan pronto confirmaron que se trataba del conocido cafisho mendocino Marcelo Carrizo, que, además de regentear mujeres, poseía causas penales por robo de automotores y otros delitos en la vecina provincia. Las averiguaciones entre gente del ambiente los guiaron hasta el baile que se realizó esa madrugada en el club del barrio Comando Cabot.
El popular “Moralillo”
Los comentarios señalaban que Carrizo había estado acompañado por Carlos Terzi, que compartieron la mesa con Nolberto Francisco Morales, el archiconocido cafisho apodado “Moralillo” o “Ñato”, y otros muchachones del mundo de la prostitución. También surgió la versión de que la víctima mantuvo un altercado justamente con el proxeneta del barrio Cabot y que éste fue quien lo atacó a balazos a la salida del baile. Un ajuste de cuenta del “Moralillo”, aseguraron en la Policía.
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El "Moralillo". Nolberto Francisco Morales, el conocido cafisho posando en una de las tantas fotos.
“Moralillo” no medía más de 1.60 de estatura, pero era tan temido por sus rivales, como amado por la gente de su entorno. El típico cafiolo de la época: a veces de saco, pero siempre de camisa, pantalón de vestir, zapatos relucientes y bien plantado adonde lo vieran. Un delincuente con código al que “no le gustaban las injusticias”, afirmó un familiar. Las había vivido a todas. En los años 70 hasta fue detenido ilegalmente y torturado como otros tantos argentinos durante la dictadura militar, agregó ese pariente.
Morales estuvo preso por causas por robo y numerosas reyertas, pero se lo conocía más por su condición de cafisho. Su pareja de toda la vida fue Hilda Nélida “La Pícara” Jofré, pero el carisma del “Moralilo” y su porte de malevo hacía que se rodeara de trabajadoras sexuales que buscaban su protección.
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Inseparables. El "Moralillo" junto a la compañera de toda su vida, Hilda "La Pícara" Jofré, en un baile.
“No eran sus amantes o sus mujeres. Algunas de esas chicas venían de Mendoza y San Luis escapando de los maltratos o las golpizas. El ‘Moralillo” y su esposa las recibían y les hacían un lugar en su casa y esas mujeres trabajaban en lo único que sabían hacer, la prostitución”, afirmó alguien cercano a Morales, a modo de justificación. En ese negocio también andaba su comadre y amiga, “La Chola” Oropel, una madama de los años 80 que regenteaba la explotación sexual con Morales en una zona de la Capital.
Su frase favorita: “Malo con el malo. Bueno con el bueno”. Es que el “Moralillo” era tremendamente rencoroso con las personas que le jugaban sucio y se entregaba por entero con aquellos con los que se sentía agradecido. No usaba los puños a la hora de arreglar sus cuentas con otros maleantes. Bien a su estilo, solía gesticular con un dedo índice y el pulgar simulando tener un arma en su mano. Y es que saldaba sus pleitos y los de otros –en ocasiones defendía a los suyos- a los tiros. No se andaba con vueltas.
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En misa. Nolberto Francisco Morales era un muy creyente de la religión católica.
Incluso los policías le guardaban respeto, no era cualquier delincuente, y sus vecinos lo defendían. Una anécdota lo pinta de pie a cabeza. Un día, allá por 1986, varios uniformados y efectivos de civil rodearon su domicilio en el barrio Cabot para detenerlo. “Moralillo” salió a la puerta de la casa y muy calmado les dijo: “Tranquilos muchachos, dejen que fume un cigarrito acá y vamos”, describió un pariente suyo. El cafiolo se apoyó en un árbol y prendió el cigarrillo, mientras los policías aguardaban del otro lado del alambrado de púas que cubría el frente de la vivienda.
En esos momentos aparecieron sus vecinos y se interpusieron entre el cerco metálico y los policías para impedir que entraran al domicilio del “Moralillo”. Esa mañana hubo forcejeos y algunas personas salieron con sus manos ensangrentadas por aferrarse a los alambres de púas, pero no se lo llevaron preso.
En la mira por el crimen
Esos relatos, nunca confirmados, sobre su autoría en el ataque a tiros contra Marcelo Carrizo fueron tomados como ciertos. Desde el mismo 1 de marzo de 1987, libraron la orden de detención contra “Moralillo” como principal sospechoso en el asesinato. Otros de los señalados fue Carlos Terzi, de quien se decía que había auxiliado y trasladado a Carrizo en su camioneta hasta el hospital para luego abandonarlo.
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Buscado. Esta es la foto que difundió la Policía de San Juan para poder atrapar al "Moralillo" tras el asesinato de Marcelo Carrizo. Foto de Diario de Cuyo.
Nolberto Francisco Morales desapareció de su casa en el barrio Cabot. Se fugó de San Juan y partió hacia Capital Federal. Por detrás de él se fue su esposa “La Pícara” Jofré o “Nely” –como le decían sus íntimos-, que junto a sus hijos se radicó allá junto con el “Moralillo”. Éste no se iba a entregar así nomás. En esos meses de clandestinidad en la ciudad porteña, “Moralillo” no se apartó de su oficio en el bajo mundo e incursionó en el negocio de la droga.
La detención en Capital Federal
Mientras la Policía de San Juan lo buscaba por el asesinato del rufián Marcelo Carrizo, la Policía Federal se le adelantó y en febrero de 1988 capturó al “Moralillo” o “Ñato” en Villa Crespo en Capital Federal en el marco de una causa federal por droga.
En marzo de ese año Nolberto Morales fue trasladado a San Juan para que respondiera por el crimen de Carrizo. Su estadía en la provincia duró no más de un mes. No había pruebas en su contra para atribuirle el asesinato del cafisho mendocino, entonces las sospechas sobre él se desvanecieron y fue desligado del caso. Según allegados a Morales, Carlos Terzi tampoco fue juzgado y el asesinato del barrio Cabot quedó sin culpables.
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La captura. "Moralillo" fue detenido por la Policía Federal a fines de febrero de 1988 una casa de Villa Crespo en Capital Federal. Después fue traído a San Juan. Foto de Diario de Cuyo.
Norberto Morales fue llevado de regreso a Capital Federal. La Justicia lo condenó a 4 años de prisión por aquella causa por droga y lo confinaron en la cárcel de Villa Devoto. Esos años fueron difíciles para Hilda, que se ocupó de los hijos pequeños de la pareja y pasó penurias esperando a que “Moralillo” recuperara la libertad.
El encierro hizo meditar al hombre recio de Concepción, al mandamás de la prostitución y al de la vida al límite. Cuando volvió a la calle y se reencontró con su familia, “Moralillo” alquiló una casita para empezar de nuevo. Sobrevivir en la gran ciudad se tornaba complicado y en esa encrucijada de volver a delinquir y caer nuevamente preso, en 1995 decidió salir a vender flores junto a su esposa.
Ese rebusque callejero se convertiría meses después en un promisorio emprendimiento para los Morales Jofré. En todo ese tiempo estuvieron acompañados por su entrañable amigo, el sanjuanino César “El Garrafa” Ferreyra, y su familia, que no se separaron de ellos hasta su muerte.
El famoso futbolista de River
La suerte parecía jugar de su lado. Por esos años la vida los cruzó con el famoso Eliseo Prado, aquel ídolo del fútbol que formó parte de la delantera del inolvidable equipo de “La Maquinita” de River Plate en la década del 50. El “Moralillo”, fanático del Millonario, no sólo se dio el gusto de conocer a “El Doctor” –Prado era odontólogo-, también hizo negocios con él. El viejo jugador le alquiló su propiedad en el barrio Almagro y los Morales Jofré abrieron allí su primer local comercial, la Florería Eyelén.
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Su negocio. Nolberto Morales se había dedicado a la venta de flores.
Prado le puso el apodo de “Sopita” a Nolberto Morales y se hicieron buenos amigos en esos tiempos en que la familia sanjuanina trabajaba casi todo el día y dormía en la planta alta de ese primer local de venta de flores. “Moralillo” le encontró la veta a ese negocio.
Comenzaron a traer rosas y otras flores importadas que atrajeron a una mayor clientela y obtuvieron jugosas ganancias que le permitieron abrir dos sucursales de la florería familiar en el mismo barrio de Almagro. Fueron los años de buena vida en lo económico, aunque estaban atados al trabajo. Así también consiguieron comprar una casa en el barrio de Boedo y otra en la zona de La Paternal y se daban el gusto de viajar a distintos lugares del país, confió un allegado a la familia.
Aunque estaba alejado de su pasado delictivo, “Moralillo” veía a sus viejos amigos y conocidos de la calle. Jamás olvidó sus orígenes. En el año 2000, una de sus hijas y su familia regresó a San Juan. Al año siguiente Hilda Nélida Jofré y Nolberto Morales, que extrañaban a sus nietos, se instalaron un tiempo en la provincia y compraron una finca en Albardón.
De regreso a San Juan
Como conocían el rubro, probaron el negocio de la venta de flores en el Gran San Juan, pero como distribuidores. Le traían mercadería del exterior a numerosas florerías locales, hasta que cerraron trato con una tradicional firma comercial para tener exclusividad únicamente con ese negocio. Eso les dio un respiro, pero “Moralillo” y su mujer se repartían para atender el negocio en Buenos Aires y la distribución de flores en San Juan.
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Con su madre. Una de las últimas fotos del "Moralillo" junto a su anciana madre.
En 2002, la familia recibió el peor de los golpes. Uno de los nietos del “Moralillo” murió ahogado en su finca de Albardón. Tiempo después allanaron su casa y buscaron vincularlo a las maniobras de estafas de su yerno, pero Nolberto Morales salió limpio de esa causa. Desde su paso por la cárcel de Devoto a fines de los 80 y principio de los 90, él se apartó de la mala vida y no volvió a meterse en conflictos con la Ley, contó una persona que lo conoció.
Nolberto Morales se había olvidado de sus años de maleante y proxeneta. Era el comerciante, el fiel compañero de su esposa y el abuelo de la familia. Había tenido una agitada vida en sus más de seis décadas, su señora también. El 9 de octubre de 2005, “La Pícara” Jofré murió a consecuencia de una enfermedad en un hospital de Capital Federal. Él no pudo asimilar la pérdida de su esposa y su estado de salud se deterioró con el correr de los meses. El 27 de julio de 2006, el “Moralillo” o “El Ñato” se despidió para siempre a los 62 años. Cayó enfermo y murió también en CABA, lejos de su San Juan y de las historias del mundo de la noche y la mafia que lo perpetuaron como el último de los cafishos que se conocieron en la provincia.