Según especialistas del hospital, se trata de una situación en crecimiento, atravesada por el aumento de los consumos problemáticos, el deterioro de la salud mental, la crisis económica y el debilitamiento de los vínculos familiares. En promedio, se registran hasta diez casos por mes solo en el Rawson. El 90 por ciento corresponde a hombres y hay un dato que enciende una alarma particular: cada vez son más jóvenes.
Cuando una persona ingresa sola al hospital, el procedimiento comienza de inmediato. El paciente llega generalmente por el Servicio de Urgencias y el médico de guardia emite una interconsulta con Servicio Social. Desde ese momento, se activa un trabajo minucioso que muchas veces convierte a las asistentes sociales en verdaderas investigadoras.
“Nuestro trabajo frente a pacientes que están solos en el hospital es justamente buscar sus redes de apoyo, fortalecer el acompañamiento de esas personas frente al sistema de salud, sobre todo para decisiones que se tienen que tomar, partes médicos y demás”, explicó Sandra Basso, jefa de Servicio Social del Hospital Rawson.
La tarea incluye revisar el sistema informático de Salud Pública para detectar antecedentes, domicilios o intervenciones previas, articular con trabajadoras sociales de los CAPS de distintos departamentos, realizar visitas domiciliarias, consultar con vecinos, pedir colaboración policial e incluso recurrir a la difusión pública a través de los medios de comunicación cuando ya no quedan otras alternativas.
“Tomamos esa medida cuando agotamos todas las instancias anteriores de búsqueda de familia, amigos o alguien que pueda sostener esa red. Hacemos visitas domiciliarias, articulamos con la Policía, encuestas vecinales. Cuando ya agotamos todo eso, acudimos al recurso de hacer públicos los casos para ampliar la búsqueda del mayor modo posible”, señaló.
Quiénes son los pacientes que llegan solos
Aunque existen distintas realidades, hay perfiles que se repiten. La mayoría son adultos mayores, especialmente hombres, muchas veces con antecedentes de alcoholismo, deterioro físico y vínculos familiares rotos desde hace años.
“Casi el 90 por ciento son hombres. Generalmente, el adulto mayor que está solo está en esta situación porque su sistema familiar original lo expulsó frente a algunas conductas o comportamientos a lo largo de su vida. Y en esas edades nos encontramos con muchas consecuencias en la salud vinculadas al alcoholismo”, detalló Basso.
Desde Clínica Médica, Noelia Cano, una de las profesionales que interviene directamente en estos casos, describe escenas que se repiten: pacientes con mala higiene, descompensaciones severas y enfermedades agravadas por años de abandono.
“La mayor cantidad de personas en esta situación son personas con problemas de consumo de alcohol o con algún otro tipo de adicción. Por esa adicción se ha complejizado su morbilidad. Terminan con un ACV o alguna complicación importante, que se observa también en su abandono personal. Los traen vecinos, amigos o convivientes, los dejan en el hospital y se van”, relató.
Muchas veces ni siquiera quedan datos para contactar a alguien. Otras veces, el propio paciente se niega a brindar información. “Hay personas absolutamente solas y hay casos en los que esos mismos pacientes no quieren dar datos de sus familiares. Te dicen que sí tienen hijos o familiares, pero que no quieren vincularse con ellos o que no quieren que sepan sobre su situación. Y eso también se respeta”, explicó Cano.
La alarma nueva: cada vez más jóvenes
Durante años, estos casos estuvieron asociados principalmente a adultos mayores. Sin embargo, el hospital comenzó a detectar un cambio que preocupa especialmente: la edad de los pacientes.
“Lo que nos llama la atención es que en el último tiempo comenzamos a detectar casos de gente joven en esta situación. Personas en situación de calle, que deambulan, con problemáticas de consumo, que ingresan por desestabilizaciones vinculadas a eso”, advirtió Basso.
Cano coincide y pone números concretos a esa percepción. “Hablamos de pacientes de 42 años para arriba, cuando hace dos años los más jóvenes tenían más de 50. Generalmente son personas con policonsumo y en muchos casos terminan con cuadros graves entonces se complica mucho más la atención y la externación”, sostuvo.
Ese descenso en la edad aparece como uno de los indicadores más sensibles del deterioro social. Ya no se trata solamente de adultos mayores sin red de contención, sino también de personas en plena edad productiva que llegan completamente solas.
El problema después del alta
Cuando el paciente logra estabilizarse, comienza otro desafío: definir adónde irá. Porque muchas veces no hay casa, familia ni condiciones mínimas para regresar.
Si se trata de personas en situación de calle, el hospital articula con recursos provinciales como el Refugio Papa Francisco, Comunidad Fuego o el Hogar Eva Perón, según el caso y los requisitos de admisión. Cuando el paciente necesita asistencia permanente o no puede valerse por sí mismo, suele intervenir la Justicia.
“En pacientes dependientes, que necesitan acompañamiento para su vida diaria, se hace judicialización para que la Justicia intervenga en su internación en una clínica, ya sea de rehabilitación, geriátrica o alguna institución disponible”, explicó Cano.
Ese proceso puede ser largo. Muy largo. “Hay personas que han estado hasta tres meses internadas porque no podíamos ubicarlas en ninguna institución o porque no cumplían con los requisitos de admisión. También hemos intervenido judicialmente por abandono de personas. Todo eso lleva mucho tiempo”, contó Basso.
La mayoría termina atravesando ese extenso tránsito en el servicio de Clínica Médica, donde el problema deja de ser solo sanitario y se convierte también en social.
La crisis detrás de la soledad
Para las profesionales, el crecimiento sostenido de estos casos no puede explicarse por una sola causa. Hay una combinación de factores: dificultades económicas, debilitación de la salud mental, adicciones, violencia, abandono y una profunda crisis de los vínculos familiares.
“Creo que es producto de la crisis que estamos viviendo, donde los determinantes de la salud generados por el medio hacen que haya quiebre de valores y que las redes de apoyo empiecen a debilitarse”, planteó Basso.
La especialista habla incluso de una “crisis de valores”, donde muchas veces nadie quiere hacerse cargo del vínculo. En algunos casos hay historias previas de violencia, abandono o relaciones profundamente deterioradas; en otros, familias agotadas por años de convivencia con el consumo problemático.
“Hay hombres que abandonaron a sus familias, que tuvieron conflictos graves o violencia de género, y entonces la familia no quiere saber más nada. También hay familias que se cansan del desgaste que produce convivir durante años con una adicción. Todo eso termina acá, en el hospital”, resumió Cano.
Ambas coinciden en que el problema exige una reflexión más profunda como sociedad. “Creo que hay una necesidad de reflexionar adentro de la familia para ver cómo fortalecemos los vínculos”, sostuvo Cano para finalizar.