El 17 de abril empezó a escribirse una de esas historias que parecen de película, pero que nacen bien lejos de todo. Desde el barrio Nuevo Cuyo, en La Bebida, Milo Ortega y su mamá, Yamila Montaña, se subieron a un colectivo rumbo a Buenos Aires con una mochila cargada de ilusión y sacrificio. Detrás quedaban años de esfuerzo, de entrenamientos a pulmón y de una familia que nunca soltó el sueño.
Nada había sido sencillo hasta ahí. Días antes, en Rawson, en la cancha del Bosque, Milo ya había dado el primer golpe en una prueba en la que había más de 500 niños. Llegó como pudo y hasta sin lo básico: jugó con soquetes y sin canilleras. Pero lo que le faltaba en equipamiento le sobraba en talento. Gambetas, goles y personalidad para meterse entre los mejores de una jornada que le abriría la puerta al siguiente desafío. Ese día jugó cuatro partidos y se acercó más hacia el gran objetivo: quedó seleccionado y con la chance latente de ir por más.
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Superada las instancias de evaluación en San Juan, el pibe participó de una preparación previa antes del viaje. En la escuelita que River tiene en un complejo sobre Conector Sur, el chico que creció en el Sportivo Rivadavia afrontó una serie de entrenamientos de alto rendimiento. Con ese respaldo, madre e hijo emprendieron camino hacia Núñez para afrontar la etapa final.
Así llegó a la capital, donde lo esperaba la última parada: cuatro días intensos de prácticas en el predio donde se forman las inferiores de River Plate, que queda a pocos metros del Estadio Monumental. Desde el martes hasta el viernes, Milo no solo compitió, sino que también se destacó. “El primer día hizo dos goles, el segundo también…”, cuenta Yamila, todavía con la emoción a flor de piel, como si todo hubiera pasado en un suspiro. En un contexto nuevo, lejos de casa y rodeado de chicos de todo el país, el sanjuanino volvió a marcar la diferencia.
La noticia que cambiaría todo llegó de manera inesperada. Un mensaje, una llamada y una frase que quedará para siempre: su hijo había sido fichado por el "Millo". “Me dijeron: ‘Su hijo quedó, mañana tiene que firmar’. Yo no lo podía creer, me largué a llorar”, recuerda la mamá. En cuestión de horas, el sueño que parecía lejano se volvía realidad.
El salto fue tan grande como repentino. Milo Ortega no volverá a San Juan, al menos hasta que el club le otorgue algún tipo de permiso. Se quedará en Buenos Aires, instalado en la pensión del club, mientras su mamá deberá emprender el regreso para buscar sus pertenencias y ordenar todo desde casa. “Es difícil dejarlo solo…”, admite Yamila, con la voz entrecortada, “pero es su gran anhelo”. Y en esa mezcla de orgullo y nostalgia también aparece la certeza de haber hecho todo lo posible para llegar hasta ahí.
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La historia del habilidoso enganche es también la de su familia. Yamila, portera, y su papá, albañil, sostuvieron cada paso como pudieron. Colectivos de ida y vuelta para entrenar, horarios complicados, cuadernos que se completaban en casa después de las prácticas. “Por ahí no podíamos darle todo, pero él sabe el esfuerzo que hacemos”, dice ella. Y en esa frase se resume una vida entera empujando detrás de un sueño.
En el medio, también hubo decisiones y renuncias. Milo nunca quiso dejar de jugar, aunque los horarios de la escuela muchas veces se lo complicaran. Se las arreglaba para cumplir con todo, para entrenar, para estudiar y seguir creciendo. Durante estos primeros meses en Buenos Aires continuará con clases virtuales, hasta integrarse de lleno el próximo año a la estructura educativa del club.
Formado en escuelitas, con pasos por Marquesado y Sportivo Rivadavia, Milo siempre buscó desafíos más grandes. Jugaba con chicos mayores, se medía sin miedo, crecía en cada partido. El potrero de La Bebida le dio carácter; el esfuerzo, constancia; y el sueño, el empuje final. Incluso en las pruebas lo demostró: sin canilleras, con lo justo, pero con una convicción que no se negocia.
Hoy, con apenas 13 años, ya empezó a vivir lo que tantos imaginan. Se adapta a una nueva rutina, a un nuevo mundo, con la ilusión intacta y los pies sobre la tierra. Antes de despedirse, le dejó una frase a su mamá que lo pinta entero: “Quedate tranquila, mami… ya lo logramos”. Y en ese “lo logramos” no hay casualidad, sino una familia, esfuerzo y un pibe de La Bebida que ahora empieza a escribir su historia en grande.