En el laboratorio sanjuanino, los experimentos comenzaron en 2006, dando inicio a la entomología forense en ambientes áridos de San Juan, mediante la colocación de cadáveres de cerdos en distintos ambientes y el estudio de su descomposición. El equipo, que cuenta con varias publicaciones científicas de alcance internacional, es dirigido por Fernando Aballay, doctor en Ciencias Básicas y Aplicadas con especialización en Entomología Forense, formado en Mendoza.
Un espacio inesperado
A pesar de lo que se podría imaginar, el laboratorio es un lugar común, con varias bolsas distribuidas en distintos espacios, algunas heladeras y un microscopio. Sin embargo, hay un detalle difícil de pasar por alto: el olor. Se trata de un hedor fuerte y ácido, que rápidamente se percibe en la garganta.
Aballay explica que ese olor es producto de los gusanos que se alimentan de la carne de cerdo en el interior del laboratorio. Al hacerlo, segregan enzimas digestivas sobre el alimento y, una vez que este se descompone, absorben el líquido mediante cadenas bucales y ganchos.
Esos gusanos son larvas de moscas que se desarrollan y consumen el cuerpo para después dar paso a la llegada de los escarabajos. Para explicar este proceso, el científico detalla que, la entomología forense se basa en la premisa de que cada etapa de descomposición de un cuerpo está asociada a un conjunto de organismos que colonizan el tejido, en un orden predecible.
El cuerpo humano atraviesa cinco estados: fresco, hinchado, descomposición activa, descomposición avanzada y restos. En cada uno aparece una fauna característica. Las moscas (orden Díptera) suelen ser las primeras en arribar; depositan huevos que se convierten en larvas o gusanos especializados en consumir tejidos húmedos. Luego llegan los escarabajos (Coleóptera), con mandíbulas capaces de degradar el tejido seco. Posteriormente aparecen depredadores como hormigas y otros insectos que se alimentan de larvas y escarabajos.
Este proceso, denominado sucesión cadavérica, permite estimar con precisión el intervalo post mortem (tiempo transcurrido desde la muerte). La investigación también contempla los ácaros. “Uno de los estudios que estamos desarrollando es el de los ácaros. Según los que se encuentran en diferentes estados de descomposición, podemos saber cuánto tiempo lleva ese cuerpo en ese lugar”, sostiene Aballay.
Para eso, uno de los dispositivos centrales del laboratorio es el biotrón, que a simple vista parece una heladera grande, pero que puede reproducir las condiciones ambientales de cada estación: temperatura, humedad y luz diurna/nocturna. De este modo, colocando los insectos con la carne en su interior, los investigadores simulan cómo evolucionan en distintos contextos climáticos.
“Si conocemos el ciclo de vida de una mosca en condiciones específicas de San Juan, podemos extrapolar esos datos a un cadáver hallado en una vivienda o en una finca rural”, explica Aballay. Este enfoque es clave porque, aunque los patrones de sucesión son universales, las especies involucradas y sus tiempos de desarrollo varían según el ambiente geográfico.
Cerdos y experimentos en el campo
En sus experimentos, los especialistas emplean cadáveres de cerdos. La elección no es casual: su fisiología (temperatura corporal, metabolismo, piel y pelo) son muy similares a los de los humanos.
Estos animales se colocan en distintos escenarios: espacios urbanos cerrados, áreas rurales y ambientes áridos naturales. La tarea se desarrolla de ese modo porque, si bien el proceso de sucesión cadavérica ocurre en todos los cuerpos, varía según el lugar y las condiciones climáticas. “Los insectos que van apareciendo y su evolución son distintos dependiendo del contexto. Conocer esas variaciones nos permite después obtener información sobre el cuerpo. En el interior de una casa, por ejemplo, también llegan oleadas de colonización, pero la fauna cadavérica cambia”, explica el científico.
Entonces, cada uno de estos ciclos se establecen a través de distintas tesis doctorales desarrolladas por alumnos locales, de otras provincias e incluso de países como Alemania, Irán e Inglaterra. Actualmente, el equipo trabaja en un campo en Albardón, pero ya realizó pruebas en Caucete, en un predio cercano a la Difunta Correa; en el campus de la UNSJ; y hasta dentro del propio laboratorio.
Durante los estudios, se instalan trampas de caída alrededor del cuerpo durante treinta días para capturar insectos. Las larvas recolectadas son fijadas en agua caliente (80–90 °C) para preservar su morfología, conservadas en alcohol al 70% y luego analizadas bajo lupa. Cada ciclo vital se documenta rigurosamente: tamaño, estadio de desarrollo y tiempo de cada fase.
Avances científicos con sello sanjuanino
Entre los aportes más destacados, el equipo estudia la Sarcophaga argyrostoma, una mosca de la familia Sarcophagidae, principal colonizadora de cuerpos en interiores en la región cuyana. En Alemania ya había sido investigada, pero sus tiempos de desarrollo difieren según el clima; en Argentina, el grupo de Aballay desarrolla por primera vez su ciclo de vida completo.
También avanzan en la descripción de larvas de escarabajos propios de ambientes desérticos, desconocidos hasta ahora para la ciencia. “Son especies exclusivas del monte árido sanjuanino. Ya identificamos que cumplen un rol clave en la segunda etapa de descomposición y ahora estamos documentando sus tiempos de desarrollo”, detalla el especialista.
Estos estudios se suman a una colección científica de referencia en el Museo de Ciencias Naturales de la UNSJ, que atrae a investigadores de otras provincias e, incluso de otros países, interesados en comparar resultados.
Las aplicaciones forenses en casos de la vida real
El trabajo del equipo no se limita al laboratorio. Desde 2006, los expertos han participado en más de 200 pericias solicitadas por el Ministerio Público Fiscal de Mendoza, en tres pedidas por la Morgue Judicial de San Juan y en casos requeridos por autoridades judiciales de Catamarca.
El aporte es crucial porque los médicos forenses pueden establecer con precisión la data de muerte solo en las primeras 72 horas. Pasado ese plazo, la estimación se vuelve imprecisa y la entomología forense ofrece una alternativa científica sólida.
“En casos donde el cuerpo fue trasladado de un contexto a otro, por ejemplo, los insectos revelan tanto el tiempo como el lugar de muerte, porque cada ambiente tiene una fauna cadavérica distinta”, asegura Aballay.
Entre la ciencia y lo humano
Sin dudas, el trabajo implica enfrentarse a escenas violentas y estremecedoras. “He visto de todo: cuerpos descuartizados, situaciones extremas. Pero los casos que involucran niños siempre son los más difíciles. Cuando uno va al lugar en que se registró un crimen no puede dejar de pensar en lo que es capaz de hacer la mente humana, acciones que no podría realizar ningún otro animal sobre la Tierra. Solo el ser humano puede tener ese nivel de maldad”, reflexiona Aballay, considerado uno de los argentinos más destacados en el campo de la entomología forense.
Con 48 años de edad y casi dos décadas de experiencia, asegura que lo sostiene la certeza del impacto social de su labor: “Yo estudié esta disciplina porque quería hacer algo desde la biología que tuviera un impacto social. Pretendía que todo ese conocimiento científico pudiera transferirse a ayudar a la sociedad, a dar respuestas concretas a preguntas complejas. Y ahora que el sistema científico en general, y nuestro trabajo en particular, están tan vapuleados, es importante recordar la relevancia del conocimiento generado en las universidades nacionales, en las investigaciones del CONICET y el impacto positivo que pueden tener en la sociedad”.
El equipo también forma a jóvenes especialistas. Una de ellas es Agustina Alcober, investigadora del CONICET, cuya tesis doctoral se centra en dos ejes: “Me recibí de Licenciada en Biología hace un año y medio y desde entonces comencé a desarrollar los estudios mediante una beca del CONICET. Mi tesis se divide en dos grandes bloques: el primero aborda los ciclos de vida de dípteros de importancia forense, específicamente de una especie muy poco explorada; el segundo estudia la entomofauna que coloniza cuerpos enterrados. En paralelo, analizamos la sucesión cadavérica y las interacciones entre los distintos organismos que llegan al cuerpo”, detalla.
Y agrega: “Estamos expectantes con los resultados porque el estudio de cuerpos enterrados no se ha desarrollado profundamente. Solo se ha trabajado un poco en el mundo, sobre todo en Alemania e Inglaterra. En Argentina hay algunos estudios iniciales, pero nada demasiado profundo. La idea es darle más alcance con el objetivo de aportar en casos reales. Esto sería clave, por ejemplo, en investigaciones sobre enterramientos clandestinos durante la última dictadura militar”.