La noche en que una pelea de chicos desencadenó un asesinato en una sala de videojuegos en Villa Krause
Todo se originó cuando el dueño del negocio echó a un adolescente. El padre y un hermano de éste luego fueron a reclamar y el hecho terminó con un disparo mortal. Fue en 2005.
Puede que la familia de José Luis todavía siga afirmando que el comerciante disparó a matar. Este, mientras tanto, sostendrá que fue un accidente. Lo que ninguno podrá explicar es cómo fue que, esa noche de 2005, una jugarreta entre chicos en una sala de videojuegos de Villa Krause acabó en un inesperado y violento enfrentamiento entre adultos y un homicidio.
El caso involucró a dos familias vecinas de la calle Sívori, en Villa Krause. Hacía menos de un mes que César Héctor Gramajo había abierto un negocio con unas máquinas de videojuegos y un metegol en un saloncito improvisado en su casa, próxima a la calle Lemos. Más cerca de la calle Elizondo vivían los Rodríguez. Dos de los chicos de esa familia solían concurrir a esa sala de juegos.
En ese entonces tenían 14 y 17 años, y nadie se hubiese imaginado que un incidente menor que los tuvo como protagonistas desataría una pelea fatal en ese salón, en los primeros minutos de la madrugada del domingo 30 de octubre de 2005. A decir verdad, los problemas empezaron en la noche del sábado 29 por una broma de mal gusto entre el menor de los hermanos Rodríguez y el hijo de Gramajo.
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El incidente se produjo en una sala de juego que funcionaba sobre calle Sívori, en Villa Krause.
Hacían chistes y se molestaban entre sí hasta que, en un momento dado, el hijo de Gramajo le tocó la cola al chico Rodríguez y éste le respondió con una cachetada, según las versiones. A César Gramajo, el dueño del local, no le gustó para nada la actitud y lo increpó. También lo echó, pero el adolescente no le hizo caso y se quedó por un largo rato jugando.
Los testigos dijeron que cerca de la medianoche César Gramajo se hartó del adolescente porque supuestamente seguía fastidiando a los otros clientes, le devolvió la plata de la ficha que había comprado y lo volvió a correr del lugar. Fue ahí que lo tomó del cuello y lo sacó a la vereda a los empujones.
El otro Rodríguez, de 17 años, miró la escena y salió en defensa de su hermano menor. Gramajo estaba tan alterado que se la agarró también con él, le propinó un cachetazo para sacárselo de encima y le hizo sangrar los labios.
Las versiones señalaron que luego Gramajo se arrepintió y le pidió disculpas al adolescente. Incluso le pasó un pañuelo para que se limpiara la sangre y le regaló un par de fichas para conformarlo. Pero nada evitó el conflicto aún mayor que se avecinaba. El menor de los Rodríguez ya había partido rumbo a su casa para avisarle a su papá que el dueño del salón de juegos los había agredido a él y a su hermano.
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José Luis Rodríguez junto a su padre. FOTO DE DIARIO DE CUYO.
Osvaldo Rodríguez, el padre, se indignó al escuchar a su hijo y salió furioso por la misma calle Sívori en dirección a la sala de juegos. Mientras el hombre caminaba esa cuadra y media que lo separaba del negocio, se cruzó con José Luis -su hijo mayor- que llegaba de otro lugar.
Rodríguez padre no quería problemas. Su intención era buscar a su otro hijo, que todavía estaba en el negocio; pero José Luis Rodríguez, de 21 años, se empecinó en acompañarlo al enterarse de que el “Nene” Gramajo había agredido a sus hermanos. No podía permitir que el vecino le pegara a los chicos, pensó.
César Gramajo jugaba al metegol cuando vio entrar a Osvaldo Rodríguez y a su hijo José Luis. Ya transcurrían los primeros minutos del domingo 30 de octubre de 2005. Estos últimos, en principio, no pronunciaron ni una palabra. El joven caminó hasta la máquina donde jugaba su hermano adolescente y le preguntó: “¿Quién es el culiado que te pegó?”. El jovencito contestó: “No pasa nada. No pasa nada”, pero la respuesta no conformó al muchacho, que se dio la vuelta y, mirando al dueño del salón, empezó a insultarlo y a llamarlo a pelear.
Los tres jóvenes que jugaban con Gramajo vieron que la cosa se ponía fea y optaron por marcharse del negocio. El comerciante advirtió que estaba en serios problemas; entonces se metió al kiosco que tenía pegado al salón y salió con un revólver calibre 32 Smith & Wesson.
Gramajo aseguró que esa arma de fuego no le pertenecía. Contó que la tenía en su poder porque un cliente se la dejó empeñada y esa noche la sacó solo para defenderse.
Osvaldo Rodríguez y su hijo adolescente aseguraron que vieron a Gramajo amenazante y que, sabiendo que corrían peligro, encararon hacia la puerta junto con José Luis para marcharse. En esos instantes, según ellos, escucharon el disparo y vieron caer malherido al joven de 21 años.
La reconstrucción que hizo la Policía, en función del testimonio de la mujer de Gramajo y de los resultados de las pericias, indicó que ocurrió otra cosa. Cuando el comerciante volvió con el arma en la mano, José Luis Rodríguez le lanzó una trompada que Gramajo alcanzó a esquivar y, en respuesta, intentó devolverle el golpe con la cacha del revólver.
Fue en esos segundos que Osvaldo Rodríguez se abalanzó sobre Gramajo, le largó una piña y comenzó a forcejear con él con la idea de arrebatarle el arma de fuego. En medio de esos empujones y manotazos, se escuchó el disparo ensordecedor. José Luis recibió el balazo en la cabeza y quedó trastabillando al lado de la puerta hasta que se desplomó.
Rodríguez padre no soltaba a Gramajo, pero cuando vio a su hijo tirado en el suelo soltó al comerciante y se arrimó al joven para auxiliarlo. José Luis tenía sangre en la cabeza. El plomo había ingresado a la altura del parietal izquierdo.
Una versión decía que Gramajo expresó: “Qué cagada me mandé”, y aterrado decidió darse a la fuga llevándose el arma de fuego. Mientras tanto, su mujer trataba de ayudar al joven baleado hasta que llegara la ambulancia.
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Gramajo estuvo prófugo casi un día, pero luego se entregó en compañía de un abogado en la Comisaría 6ta de Rawson. Este fue el titular del Diario de Cuyo.
Esa madrugada, José Luis Rodríguez fue ingresado gravemente herido al servicio de urgencia del Hospital Guillermo Rawson. Más tarde, los médicos comunicaron a la familia que la herida de bala había provocado un daño cerebral irreversible y que tenía muerte cerebral. A las 20.55 del domingo 30 de octubre de 2005 informaron sobre su deceso.
César Héctor Gramajo se escondió en un edificio abandonado de la bodega La Superiora y luego buscó a un amigo mecánico para que contratara un abogado. Esa misma noche se entregó en la Comisaría 6ª de Rawson en compañía del letrado Juan Carlos Juárez.
El comerciante permaneció detenido y fue procesado por el delito de homicidio simple, a pesar de que juró que fue un accidente. Su abogado defensor hizo eje en esa teoría durante el juicio realizado en septiembre de 2007 y puso en duda la acusación del Ministerio Público Fiscal.
Durante el debate hubo contradicciones en los testimonios del padre y del hermano de la víctima, lo que puso en duda la versión del ataque con dolo. Por el contrario, tomó fuerza la hipótesis de una muerte a consecuencia de un disparo accidental. La declaración de Gramajo fue más creíble, al igual que la de su mujer. Además, la médica forense María Beatriz Vázquez concluyó que la trayectoria del proyectil era más compatible con un disparo efectuado de forma accidental.
El juez de Cámara Arturo Velert Frau tomó posición sobre esta última teoría y dio por acreditado que existió un acto imprudente y peligroso por parte del comerciante, pero que no hubo intención de matar. Con ese argumento, ajustó la calificación inicial por la de homicidio culposo y condenó a César Héctor Gramajo a la pena de tres años y cuatro meses de prisión. Tras la sentencia, el dueño del salón de juegos recuperó la libertad en razón del tiempo que llevaba detenido.
FUENTE: Sentencia de la Sala I de la Cámara Penal y Correccional, artículos periodísticos de Diario de Cuyo y hemeroteca de la Biblioteca Franklin.