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Archivos del crimen

Los crímenes de Carricondo: “He matado a dos chanchos”

Una historia de desencuentros y de supuestos maltratos por parte de los patrones hacia un trabajador rural acabó en un sangriento doble crimen en 1968. El peón se cansó y atacó a cuchillazos al dueño de la finca y a su hijo entre los parrales, después se entregó sin inmutarse en la Policía. Por Walter Vilca

Por Redacción Tiempo de San Juan

Su cara estaba tensa y su mirada perdida. Y no porque estuviese desorientado; muy por el contrario, avizoraba su futuro. A él sólo le importaba la suerte de sus cuatro hijos y su mujer, de modo que caminó hasta el rancho de la finca y pidió a su familia que partiera urgente hacia la casa de su cuñado.

Como si se prepara para un importante encuentro, Paulo Carricondo se quitó las alpargatas y su desgastada ropa de trabajo y apresurado se puso los zapatos y su único traje. Colocó en un bolsillo ese facón que nunca debió haber tomado y salió caminando a su destino. En ese andar encontró al vecino que pasaba en su camioneta y le pidió que lo acercase. La parada fue en la plaza de Trinidad.

El peón rural bajó del vehículo, se despidió y compró cigarrillos en un kiosco. Ahí enfiló en dirección a la vieja sede de la División Tránsito de la Policía. El humo del cigarrillo parecía irse junto a su vida en cada paso, hasta que llegó al mostrador de la guardia. Su rostro debió haber dicho todo, pues los dos policías que atendían lo miraron con extrañeza. Carricondo no se anduvo con prólogos, lo primero que dijo fue: “Vengo a entregarme. He matado a dos chanchos. O mejor dicho, perdonen, a dos cerdos…”

Para él era más que claro lo que decía, pero tuvo que explicarles a los policías a qué se refería. Acababa de asesinar a su patrón y al hijo de éste a puñaladas. De prueba, entregó ese puñal con una hoja de 30 centímetros de largo, con mango de asta y engarce de bronce.

No tardó en armarse el revuelo. Los uniformados recibieron información de que habían encontrado asesinados a los comerciantes y chacareros Elías Sefair (68) y a su hijo José (43) en su finca en la calle Tascheret en Médano de Oro, Rawson.

Aquel sangriento doble crimen ocurrió al mediodía del 15 de febrero de 1968 y fue el corolario de una larga historia de desavenencias y encontronazos entre los Sefair y el encargado de la finca, el mendocino Paulo Carricondo (47).

Todo está escrito en los viejos archivos judiciales. El caso conmocionó porque los Sefair provenían de una conocida familia de comerciantes de Rawson y el peón rural era un hombre supuestamente muy bueno y sin antecedentes.

Carricondo y su familia vivían en Jáchal, pero 1963 se mudaron a esa finca de calle Tascheret tentados por una mejor propuesta laboral. El obrero había firmado un contrato de trabajo con los Sefair, que lo nombraron encargado de la finca. El acuerdo era que ellos le prestaban la casa, le pagaba un sueldo mensual y un porcentaje de la cosecha. Los primeros años todo marchó bien. Los problemas empezaron cuando los patrones supuestamente decidieron bajarle el sueldo y entregarle mercadería como parte de pago. Carricondo, según su declaración en la causa, aceptó porque no tenía muchas alternativas pero estaba muy disconforme. Le afligía cómo mantener a su esposa y sus cuatro pequeños.

La relación ya no era buena, los dueños le cuestionaban que no mantenía bien la finca y eso provocaba pérdidas. En diciembre de 1967, las discusiones entre ellos se tornaron frecuentes. El obrero aseguraba que no le pagaban en efectivo y la mercadería que le daban en ocasiones estaba vencida, en mal estado y encima se la descontaban a un precio muy superior al que lo vendían en su negocio.

Las cruces se fueron extendiendo y nadie aflojaba. Carricondo afirmaba que no estaban respetando el contrato, además su resentimiento se acrecentaba bajo la idea de que lo estaban estafando y se burlaban de él y su familia, que sufría las consecuencias. El clima se caldeó más cuando se enteró que sus patrones habían contratado a otro hombre para que lo reemplazara.

El obrero rural no estaba dispuesto a renunciar, su plan era permanecer en la finca hasta llegar a un acuerdo. Del otro lado no recibía ninguna señal; es más, las discusiones continuaban y sus patrones endurecían su postura. El viernes 9 de febrero de 1968, a poco de que se retirara Sefair, llegó un telegrama a través del cual intimaban a los Carricondo a abandonar la finca. Eso no inquietó al trabajador rural, que aún tenía esperanzas de encontrar una salida legal.

Al martes siguiente apareció don Sefair con el nuevo encargado de la finca, de apellido Gadea, y se lo presentó. Carricondo lo tomó como una provocación, pero mantuvo la calma y siguió con sus tareas. Herido en su sentimiento y convencido que lo trataban como un despojo, mantuvo silencio aunque por dentro  su bronca se transformaba en odio.

Todo esto fue la antesala de lo que vendría el miércoles 15 de febrero. Carricondo, que a media mañana de ese día estaba regando, vio arribar al nuevo encargado. Eso lo sacó de quicio, pero no se la agarró con el hombre y prefirió meterse a su casa.

A eso de las 11 llegó don Elías Sefair en su camioneta y empezó a dialogar con Gadea. A los minutos se presentó José Sefair, que buscó a Carricondo para que hablara con su padre. Y se armó una improvisada reunión en medio de los parrales. La última, entre los patrones y el peón, y de la cual algunos no salieron vivos.

La discusión comenzó en el momento en que el dueño le reclamó otra vez por lo descuidada que tenía a la finca. El obrero, ya hastiado y cargado de rabia, estalló y contestó que primero le pagara los 50.000 pesos que le debía por el sembrado de papas y otra deuda. Sefair le retrucó que era él quien le adeudaba 25.000 pesos, además le explicó que planeaba no darle un peso debido a la mala cosecha. La situación se complicó cuando intervino José Sefair, que supuestamente le dijo, todo disgustado: “Vas a firmar el desalojo en cuatro días, o, si jodés mucho, te voy a echar a patadas”, según las declaraciones en la causa.

La ira se apoderó de Carricondo, que desbordado en su impotencia manoteó el puñal que llevaba siempre en su cintura y gritó: “Por la puta que te parió…” La versión oficial indica que José Sefair intentó defenderse lanzando patadas ante el posible ataque del peón. En eso segundos, don Sefair intentó abalanzarse para agarrarlo y la respuesta del obrero fue un certero puntazo en el rostro, cerca de la nariz.

El hombre mayor se desplomó entre los surcos. José Sefair, desesperado y furioso, continuaba largando puntapiés y trompadas a Carricondo, pero éste replicaba cada golpe con un puntazo en el cuerpo del otro. Fue una lucha sangrienta. Gadea, testigo presencial de la masacre, salió corriendo a buscar ayuda. La pelea igual no duró mucho, el peón se encarnizó. Los relatos señalan que Sefair hijo sufrió decena de heridas corto punzantes que lo tumbaron al suelo y le ocasionaron la muerte en cuestión de minutos.

Carricondo dejó tendido los cadáveres y caminó hacia su casa. No estaba arrepentido, sí preocupado por su familia. Totalmente resignado, le confesó a su mujer Irma Molina: “Lo que tenía que pasar, pasó…”, para luego contarle que acababa de asesinar a los patrones. Sin más explicaciones, pidió que tomara a los niños y  fueran a la casa de su hermano. Ella no perdió tiempo y partió con los chicos, mientras el trabajador se sacó la ropa que llevaba y se vistió con su traje azul, como quién se prepara para un funeral. En este caso el suyo, sabía que era su fin. Minutos más tarde salió caminando para finalmente entregarse en la sede policial cerca de la plaza de Trinidad. Ahí dijo esa triste y malograda frase que lo eternizó: “He matado a dos chanchos…”

Desde ese entonces, el mendocino Paulo Carricondo quedó preso. Tras un largo juicio escrito, el juez del Tercer Juzgado Penal lo condenó a 13 años de prisión el 6 de octubre de 1971. Por medio de las conmutas de pena, con el tiempo el castigo se le redujo a 5 años y 6 meses de prisión. Así fue que salió en libertad el 16 de agosto de 1973 y no se lo vio más, aunque su desafortunada frase todavía perdura como testimonio de ese desenlace doblemente fatal.

 

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