Por Carla Acosta
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Ambos están de pie, uno con su inseparable remera naranja KTM y el otro con su 1.90 metros de altura que hasta el más inexperto en deporte puede adivinar que el chico es jugador de básquet. Increíblemente, Rodrigo (20) y Facundo González (18) hoy la pueden contar. Y lo hacen porque son jóvenes, luchadores y perseverantes. Además porque el espíritu deportivo jamás se apagó, porque siempre hubo sed de revancha y ganas de reencontrarse con la adrenalina, aquella que sintieron aquel dramático día en el que sus vidas parecían detenerse: uno mientras aceleraba a más de 80 kilómetros por hora y el otro mientras se divertía, en el club de sus amores, la UVT, con un grupo de amigos y una pelota naranja.

Pasaron varios meses de aquella tarde en la que un accidente cerebrovascular (ACV) los sorprendió mientras practicaban deportes. Lo de Rodrigo ocurrió el 26 de marzo de 2016, mientras completaba las pruebas con su moto en un circuito de Chilecito, La Rioja. Lo de Facu fue diez meses después, el 15 de enero de 2017, cuando estaba jugando al básquet en la institución que lo vio crecer desde los 8 años: la Unión Vecinal de Trinidad. Ambos tienen recuerdos fugaces de aquel momento.
“Estaba en la máxima categoría, iba segundo y en la cuarta vuelta me caí. Yo recuerdo que antes estaba hablando con los chicos de la moto, después no me acuerdo de nada. Mis padres me contaron que me caí y la moto voló. Nunca tuve una alerta o algo que me indicara que podía sufrir un ACV. A veces me salía sangre pero lo tomaba como algo normal, quizás hay que tomar más conciencia de la salud”, expresa el joven piloto.
Facundo, por su parte, recuerda como si hubiese sido ayer aquellos dramáticos minutos en los que el "ataque cerebral" comenzó a manifestarse con un mareo: “Pasó un día después de que llegué de vacaciones. Estaba con mis amigos y me empecé a sentir mal. Me mareé y sentí que se movía el piso. Una amiga me agarró, me sentó en el piso y vino la médica del club a atenderme. Desde ese momento se me borró la memoria y amanecí en un hospital. Mis papás (Mónica y Jorge) me dijeron que era un ACV”.
Ambos estuvieron en coma y fueron sometidos a complejas operaciones: el mayor de los González pasó por tres (para descomprimir y extraer el coágulo, y la tercera para colocarle una plaqueta craneal) y Facu, igual (una en la cabeza, otra en las cuerdas vocales y otra por un aneurisma). Hoy, después de las intervenciones y largos días de rehabilitación, de apoco van reencontrándose con la cotidianidad de sus vidas, aquella que postergaron por unas semanas mientras la luchaban desde una camilla de la Terapia Intensiva de un hospital.
“Fue muy difícil. Yo siempre fui muy independiente. De un momento a otro no podía hacer nada solo y eso me molestaba. Dependía mucho de los demás. De apoco me fui recuperando. Lo hice por mis viejos, no quería ser una carga a futuro para ellos, y me independicé de todas maneras. Ahora estoy en la facultad, en el primer año de Contador Público. Es difícil pero de a poco voy a ir sacando las materias”, dice el basquetbolista, quien todavía se encuentra en rehabilitación para recuperar por completo su voz.
Mientras que Rodrigo, quien a su lado tiene a sus dos ángeles guardianes, sus papás Adriana y Gustavo, también le da batalla al día a día. El ACV dejó su cabeza casi en cero, perdió el lenguaje por completo y tuvo que empezar de nuevo. Pero lo entusiasma. Es un desafío nuevo, como cuando le tocó acelerar en una pista nueva y pelear por un lugar en el podio. “Nosotros hemos pasado muchas cosas y la verdad es que ha sido muy duro. Es una situación muy difícil de la que se salió gracias a la familia y amigos, que siempre estuvieron. Creo que hay que disfrutar la vida. Yo quiero retomar la facultad, dos días antes del accidente rendí para ingresar a la carrera de Comercio Exterior, y quiero volver. Cuesta un poco, porque olvidé todo y ahora estoy empezando a escribir. Pero se puede”.

El deporte, el otro motor
Cuando hablan de sus deportes hay brillos en sus ojos y automáticamente se les dibuja una sonrisa en las caras. Ni hablar cuando Rodrigo acelera la moto, es una inyección de adrenalina que lo motiva a superarse: “Ahora tengo una moto 150cc que acelera con la manga izquierda (su mano derecha quedó debilitada) y sólo tengo que subirme. Siempre la miro y sé que voy a volver. Ahora estoy haciendo kinesiología con Hernán Moya en Media Agua, ya empecé a trotar, y voy al Cerini”.

Facu, por su parte, hoy está enfocado en los estudios, aunque no deja de soñar con volver a las canchas. A principio de año participó de un campeonato junto a sus compañeros de la UVT, pero por la universidad decidió posponer la actividad por un tiempo. “Extraño jugar como antes, ahora estoy limitado por el tema del brazo y posibles golpes en el cuello y cabeza. Pero estoy trabajando para volver y jugar como yo antes lo hacía".

Ambos pasaron del todo a la nada. Del todo lo que le daba una frenética actividad deportiva y escolar a la nada de un infarto cerebrovascular que los dejó postrados, sin voz y con parte del cuerpo paralizado. Pero hoy están de pie y pueden contar cómo es la vida después de un ACV.
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