Por Eduardo Camus
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SUSCRIBITEEn vez de vivir mejor, los argentinos escuchamos audios. La casta más casta que nunca y los argentinos, más pobres que nunca.
Por Eduardo Camus
Milei, el hombre que prometió terminar con la casta y los curros, no fue otra cosa que una vil mentira. Sí, en pasado: FUE, porque su gobierno entró en su etapa zombi. No tienen nada nuevo que ofrecer, solo culpar al peronismo. Pero todavía tienen algo: la capacidad de hacer daño.
Que nadie venga con el cuento de que “se le ponen palos en la rueda” al autoproclamado mejor gobierno de la historia. Basta un repaso de hechos para desnudar otra mentira más.
De la “fuerza del cielo” al aislamiento total. Milei asumió de espaldas al Congreso Nacional. Desde entonces enfrentó 34 elecciones legislativas: hasta marzo ganó 15 y perdió solo 2. Desde abril hasta hoy, perdió 16. El derrumbe es visible.
La ruptura con su vice, Victoria Villarruel —esa amiga de genocidas— es pública. Ya no quedan rastros de la alianza que lo llevó al poder. En menos de 19 meses perdieron un diputado de cada 6 de los pocos que habían logrado en 2023. Y algo inédito: es el único presidente de la historia al que los 24 gobernadores le firmaron un reclamo conjunto.
Corrupción, ajuste y crueldad es un combo implosivo, solo falta saber cuándo es el derrumbe.
Milei tuvo apoyo, pero lo fue perdiendo porque su gobierno es un rejunte de mafias que cobran coimas millonarias mientras ajustan en las áreas más sensibles: salud, educación, jubilaciones y discapacidad. Son tan miserables que mientras recortan a los más vulnerables, multiplican los negocios turbios. Los audios que salieron a la luz son clarísimos. No hubo explicaciones ni desmentidas: el gobierno se hunde cada vez más en la mierda de la corrupción.
La periodista Sofía Caram reveló cómo desmantelaron la ANDIS para allanar el camino de las coimas. Y lo más perverso: el audio de Spagnuolo, abogado y amigo personal de Milei, que a pedido de Sturzenegger —un Cavallo rejuvenecido con la misma pasión por arruinar vidas— decidió barrer las pensiones por discapacidad con auditorías fraudulentas.
Personas que nunca recibieron citación. Familias enteras haciendo colas interminables para llegar tarde igual. Madres obligadas a cargar a sus hijos en brazos porque el Estado les negó hasta el derecho a una silla de ruedas. Eso no es motosierra: es crueldad organizada.
No son números fríos, es dolor real. Hago mías las palabras de una compañera que describió la situación de su madre con discapacidad motriz:
“Mi mamá era una persona con discapacidad motriz, solo podía movilizarse con la ayuda de un andador. Me desarma el alma de pensar de pena pensar que, si la notificación le llegaba, ella tenía 5 minutos de demora entre que se paraba y podía llegar atender. Hubiesen existido altas chanches de no recibirla. Supongamos que recibía la notificación, tenía que presentarse nuevamente para confirmar que era DISCAPACITADA. Eso significaba un desgaste terrible para ella: levantarse, bañarse, que algún familiar pudiese dejar el trabajo unas horas, llamar a un UBER y tener la increíble suerte de que llegase un conductor que quisiera subir el carrito. De cada 3 autos que pedíamos 2 no la subían. Esto al principio la enojaba terriblemente, en los últimos meses de su vida simplemente lloraba de frustración”.
Una semana antes de que estalle el escándalo con los primeros audios, un alto funcionario de Andis dio un dato revelador: en las 80.000 pensiones que se dieron de baja no se detectaron irregularidades, sino que fueron a causa de errores o deficiencias en las notificaciones a los discapacitados en la convocatoria a las auditorías.
No podemos permitirnos la indiferencia que alguien viva sus últimos meses entre la angustia y la incertidumbre de si el gobierno le reconocerá derechos básicos o será parte de la motosierra. Hay que frenarlos. No son libertarios ni defensores del pueblo: son zombis obsesionados con la guita, destruyendo y saqueando en cada paso que dan.
A los que alguna vez les creyeron y a los que nunca se dejaron engañar, hoy los une la misma tarea: enfrentarlos. No se trata solo de especular con la próxima elección ni de esperar que el derrumbe del gobierno nos favorezca.
Se trata de estar a la altura de la historia, de tener coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos, y sobre todo el coraje de enfrentar a los verdaderos enemigos del pueblo. Porque nos merecemos vivir mejor.