Vergüenza absoluta. Eso sentimos al leer un fallo anunciado por los medios de comunicación, por periodistas viciosos al servicio de los mismos intereses de siempre. La lógica del espectáculo arrasó con la República y con sus instituciones. El máximo tribunal de la Nación, sometido a un conglomerado mediático, mostró al país su rostro más oscuro: Argentina es el único país del mundo que tiene solo 3 miembros en su Corte Suprema, lo que habla del desastre institucional en que estamos inmersos.
La condena y proscripción de Cristina Fernández de Kirchner en la causa Vialidad no es un acto de justicia: es el punto más alto de una operación judicial y mediática que viene gestándose hace años para expulsarla de la vida política. Estamos ante un mamarracho jurídico, una decisión profundamente política, que busca arrancar de raíz a la máxima dirigente del peronismo y disciplinar a todos los que pretendan enfrentarse al poder real.
La sentencia estuvo escrita desde el primer día. Se decidió mientras algunos jugaban al fútbol con Macri en la quinta de Olivos. Se desestimaron pruebas, se ignoraron testimonio clave, no se escucharon los argumentos de la defensa. Porque aquí lo importante no era la verdad, sino condenar para escarmentar, para disciplinar al peronismo y enviar un mensaje claro a cualquier liderazgo que no se alinee.
Esto no es nuevo. El peronismo lo viene sufriendo desde el bombardeo a la Plaza de Mayo en 1955. Ahora la herramienta es la guerra jurídica, el método del siglo XXI para sacar del camino a los que no se someten. El Poder Judicial, pieza clave de este engranaje, opera para borrar a toda oposición del mapa y darle luz verde a los que buscan arrasar derechos, soberanía y democracia misma.
“El mercado festejó” titulan los diarios porteños, como si ese mercado no estuviera manejado por los mismos delincuentes que saquearon al país una y otra vez. Mientras tanto, los argentinos enfrentan los mismos y peores desafíos: 170.000 empleos perdidos con este gobierno nefasto, millones que sobreviven en la pobreza y un millón y medio de pibes que no alcanzan a irse a dormir con la panza llena.
Lo más grave es que esta maniobra llega maquillada de legalidad. Se simula un juicio para encubrir una venganza, y en ese camino no solo condenan a una persona, sino que hieren lo más íntimo de la democracia: la confianza del pueblo en la justicia, en la política, en las instituciones. Destruir el Estado y lo común es abrirle la puerta a la más vil de las leyes de la selva, donde solo sobrevive el que puede.
“Quien puede lo más, puede lo menos” dice un viejo refrán español. Si pueden con la máxima líder de la oposición, ¿qué queda para los jubilados que esperan cada miércoles en una fila interminable? ¿Qué queda para los pibes a los que, por militar, les allanan la casa y les secuestran un escudo del PJ y una bandera argentina?
Por todo esto, no podemos aceptar esta condena como un hecho aislado ni como una expresión legítima del Estado de derecho. Esta es una sentencia pensada para proscribir, para callar y para eliminarnos de la vida pública. Y frente a eso, el silencio también es complicidad.
Por eso, en menos de una semana, millones de argentinas y argentinos decidimos responder en la calle. El 17 de junio, cientos de colectivos partieron desde todos los rincones del país para encontrarse en la Plaza de Mayo. Partimos de noche, enfrentamos la ruta y el frío, decididos a no quedar al margen de la historia que otros pretenden escribir desde las cuevas del poder.
La Gendarmería hizo lo suyo: parar, hostigar, fotografiar, amedrentar. Pero no alcanzó. Porque por más violencia que ejerza Patricia Bullrich, por más que gasten en represión, no podrán frenar lo esencial: el amor de un pueblo que conoce sus derechos y que no olvida los días en que la felicidad de las mayorías era un horizonte alcanzable.
Así llegamos. Y al entrar en la Plaza sentimos un despertar. Nos miramos, nos encontramos, nos abrazamos, percibiendo la historia viva del peronismo en primera persona. Nos unieron los mismos motivos que hace casi 80 años forjaron este camino: el 17 de octubre, el retorno de Perón, las resistencias, los abrazos de Evita, los cánticos de los ’70, las marchas federales para enfrentar al neoliberalismo.
Entre lágrimas construimos identificación y pertenencia. Con claridad hicimos carne los principios que nos sostienen: la justicia social, la independencia económica, la soberanía política. El coraje y la valentía para enfrentar la adversidad fueron el hilo invisible que nos unió a todos: al trabajador que madruga para darle de comer a los suyos, al estudiante que reclama una educación pública de calidad, al jubilado que no quiere morir en la pobreza, al pibe que pelea para que no lo condenen antes de darle un futuro.
“Se equivocan porque me pueden meter presa, pero la gente cobra salarios de miseria o pierde el trabajo, las jubilaciones van a seguir sin alcanzar y no van a llegar a fin de mes, los medicamentos cada vez están más caros e inaccesibles. Pueden hacer todo eso y no les va a servir. Tardará más o menos tiempo, pero el pueblo finalmente es como un río, se le ponen piedras, se le puede desviar el cauce, pero el agua cuando se filtra, pasa”. Cristina Férnedez de Kirchner.
La Plaza fue más que una Plaza. Fue una pintura viva, la patria en movimiento. Cada bandera, cada rostro, cada cántico fueron parte de un cuadro colectivo donde todos nos reconocimos iguales. Hasta que llegó el silencio absoluto para escuchar un audio que resonó con la fuerza de la ausencia presente: la única persona en este país capaz de convocar a 500 mil compatriotas seguía presente en cada palabra, en cada abrazo, en cada lágrima.
Ante la intención de algunos de “desperonizar” la Argentina, la Plaza respondió. Ante el odio y la violencia, el peronismo volvió a convertirse en la rabia y la esperanza de los que sabemos que no tenemos el poder, pero somos el pueblo, y que los pueblos siempre vuelven.
Nos volvimos a casa cansados, pero fortalecidos. Porque esta no fue solo una jornada de memoria y agradecimiento a quien no traicionó. Fue un acto de siembra.
Y esta semilla no la arranca ninguna sentencia, ninguna operación, ningún ajuste. Porque la memoria es raíz, la esperanza es tronco y el pueblo, una y otra vez, siempre vuelve a florecer.