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Las increíbles huellas en San Juan del ideólogo del Robo del Siglo

Por primera vez en un medio, el refugio de montaña en Bauchazeta, Iglesia, donde la mente maestra del robo al Banco Río se escondió mientras era el hombre más buscado del país. Tiempo de San Juan llegó hasta allá y lo muestra.

Por Redacción Tiempo de San Juan 17 de enero de 2020 - 21:02

En un oasis perdido en el medio del desértico trazado de montañas sanjuaninas se encuentra el refugio donde la mente maestra que planeó el asalto al Banco Río, conocido como el Robo del Siglo, se escondió durante varios días mientras era el hombre más buscado del país. En la quebrada de Bauchazeta, en Iglesia, Fernando Araujo puso a prueba sus instintos de supervivencia y se lanzó a la aventura de vivir en la naturaleza.

A unos 40 kilómetros de la localidad de Bella Vista, una huella que nace de la ruta provincial 412 conduce a la guarida del hombre que se transformó en leyenda por el golpe delictivo que pergeñó y protagonizó hace 14 años atrás. Un camino sinuoso, de difícil acceso y por el que hoy sólo se puede transitar primero en 4x4 y después a pie o a caballo, desemboca en su escondite a unos 3.200 metros de altura del nivel del mar.

La localización de la quebrada de Bauchazeta, a más de 40 kilómetros y una hora aproximada de distancia con Bella Vista

A pocos días del aniversario del robo ocurrido el 13 de enero de 2006, en el que los ladrones se llevaron un botín de entre 8 y 25 millones de dólares, este jueves estrenó la película que recrea el sensacional hecho y por eso, pese a la adversidad del camino en la Precordillera iglesiana, Tiempo de San Juan fue detrás de las increíbles huellas que el líder de la banda dejó en la provincia. 

Un pequeño cartel -que podría ser pasado por alto por cualquier viajero que se dirige por la ruta 412 con destino a Calingasta- indica el camino hacia la quebrada, al oeste. Por allí, el pasaje se presenta dificultoso dado el tránsito pesado que circula. Es que en unos kilómetros más adelante está instalada una minera y los camiones y maquinarias utilizan esa vía de escape. Al cabo de una media hora de recorrida a velocidad mínima, la carretera se bifurca: a la izquierda, la minera y a la derecha, el camino hacia el escondite.

El ingreso a Bauchazeta, una huella que conduce a la profundidad de la precordillera

En ese punto del mapa, donde el GPS del celular marca un lugar en la nada, aguarda Guido Altamira, un habitante de Bella Vista que conoció al personaje de esta historia y que además lo acompañó hasta el recóndito refugio donde permaneció.

Según narra el libro del periodista Rodolfo Palacios ‘Sin armas ni rencores’, en el que describe detalladamente el atraco de la sucursal de Acassuso, tras el robo, Araujo adoptó un bajo perfil. Casualmente, se encontraba de vacaciones en San Juan y, en ese momento, se enteró que uno de sus secuaces había caído detenido, por lo que improvisó: se escondió en la montaña. Eso mismo confirman quienes lo vieron e incluso compartieron momentos con él como Altamira, que fue testigo de la planificación de su estadía en la profundidad precordillerana.

“Me dijo que iba a meditar en la montaña, a conectar con la naturaleza y explorara su ser interior”, cuenta el guía de la excursión hacia el ‘campamento’ de Araujo. Ese hecho -según recuerda- sucedió a mediados de marzo y, aunque le resultó extraño, no le dio demasiada importancia pues contaba con el aval de sus conocidos que colaboraron con él. Un mes más tarde -con el diario bajo el brazo- caía en cuenta con quién había estado realmente.

Castigada por las crecientes, la vía campo traviesa que conecta los puestos y corrales antiguos -inclusive pasa por una escuela albergue- se vuelve cada vez más hostil y ni las camionetas de doble tracción pueden con ella. A partir de ese punto, el viaje continúa a pie. Altamira -propietario de la posada Posta Kamak en Bella Vista- avisa que no queda más de un kilómetro y medio cuesta arriba para arribar al último de los refugios, mientras que el sonido de las vertientes, el verde del paisaje y la presencia de animales de pastoreo distraen el intenso calor que azota.  

En el paraje anterior al destino final, donde hasta hace poco tiempo vivió una familia dedicada a la cría, aventureros en moto y baqueanos a caballo saludan mientras se disponen para comer un asado. A pesar de los más de 3.000 metros de altura y el desafío que presenta el camino, el panorama lo vale.  

Con binoculares en mano, similares a los que seguramente usó Araujo para avistar cualquier tipo de amenaza, el guía avizora a unos 700 metros de distancia el refugio buscado. Tras una última caminata de ida -pues queda el regreso-, finalmente la guarida se puede apreciar. Con las paredes que se amalgaman con la foto del paisaje, se hace complejo identificarlo en un simple vistazo, pero ahí está.

Desde lejos no se ve. A unos 700 metros del penúltimo puesto, el refugio de Araujo se vuelve invisible en el paisaje

Poco queda de la edificación que era, asegura Altamira, quien ahí mismo estuvo con él y observó cómo el hábil delincuente proyectaba su estancia. Quizás el paso del tiempo y el descuido del improvisado albergue hicieron de las suyas, sin embargo el sitio guarda un clima especial.   

Sin el techo con palos de madera -como tienen otros refugios más cuidados- y con las paredes de piedra que se fueron desmoronando, las ruinas de aquello que fue están realmente en el medio de la nada, asediadas por montes verdes y acogidas por los rojizos cerros que a lo lejos la encubren. Atrás, en su espalda, yace la Cordillera de los Andes que, por el contrario, sí se puede apreciar. ¿Cuántas veces la habrá contemplado?

Lo que queda del icónico refugio que albergó a la mente brillante del Robo del Siglo 

 

Abandonado y destrozado, así se encuentra el refugio que albergó al célebre ladrón

La imponente panorámica que rodea el refugio y el silencio que completa la escena esconden los secretos del artista que diseñó un plan maestro que, de no ser por una traición, habría sido el golpe perfecto. Hasta aquí llegó y, con la sombra del cerro que -paradójicamente- se conoce como Zorro Ladrón, sumó atardeceres de ensueño hasta el día en que fue descubierto.

Parte del extraordinario escenario con el que Araujo se mimetizó a la casi perfección

Acorde al detalle que ofrece Palacios en el capítulo denominado ‘Secreto en la montaña’, binoculares, bolsa cama, GPS, cuchillo y algunas pocas provisiones fueron los elementos con los que el ladrón de perfil atípico subsistió. Los locales cuentan que cada dos días, sus cómplices le acercaban víveres y que bebía agua del arroyo que está situado a unos 150 metros a la izquierda, aproximadamente.

En soledad y pendiente de cualquier movimiento extraño no dejó ningún detalle librado al azar y tomó los recaudos necesarios para no ser encontrado; tanto que no usaba reloj y teñía de negro la pava con la que calentaba agua para evitar el reflejo del sol que a lo lejos podría ser divisado. Así eludió un par de veces al personal de Gendarmería que realizó rastrillajes en la zona, pero sin efecto. Las habilidades que había adquirido durante ese tiempo le permitieron escabullirse y desconcertar a los perseguidores.

Si bien se sabe que el cerebro del robo contó con la ayuda de terceros, sus amigos radicados en Iglesia en ese entonces Ximena Britos y Guillermo Santillana -que luego fueron investigados en la causa penal-, estuvo a merced de la montaña y su naturaleza para bien y para mal. Estar en el lugar, respirar ese aire puro y beber de esa cristalina agua invitan a una nueva perspectiva sobre su aventura. Hacen pensar que quizás fue vivir en un paraíso de día y en una pesadilla de noche.

Es que además de ‘convivir’ con vacas y caballos también debió hacerlo con la fauna autóctona que tiene a guanacos, ñandúes, zorros y pumas. Estaba expuesto a cualquier eventualidad, tanto a las consecuencias de una inclemencia climática como a un ataque de un animal de caza. Es por ello que también le encontraron entre sus pertenencias un arco y sus flechas, que habrían oficiado quizás de arma de defensa.

En este sitio que hoy luce abandonado pero que al momento sigue siendo usado por los arrieros -según indican los restos de fuego que se observan en el suelo- hallaron dinero guardado en un frasco, una pala y un pico, entre los objetos personales del fugitivo; también libros de Osho, marihuana y hasta fotocopias del expediente de la causa que lo tenía en la mira. Es por ello que un mito popular asevera que ahí mismo todavía está enterrada una parte del botín. No obstante, las excavaciones realizadas por orden del fiscal que instruyó el caso no resultaron exitosas ya que no se halló nada.

Aún no está claro cuánto tiempo estuvo solo en la montaña. Según los registros literarios, fueron entre 15 y 20 días. Sin embargo, para los pobladores como Altamira fue un poco más, casi un mes. Dicen que con la complicidad de su entorno tardó poco en reacondicionar el refugio hasta convertirlo en un fuerte con algunas comodidades.

Pese a su gran esfuerzo por pasar desapercibido y así evitar ser arrestado, un día cayó: fue el 12 de abril de 2006, cuando tres gendarmes, lo atraparon cuando intentaba escapar subiendo la ladera más próxima, dispuesta a unos 50 metros a la derecha del refugio. Ya no tenía más opciones y se entregó.

Para esas fechas, el otoño y las bajas temperaturas posiblemente ya resultaban un tema de preocupación para el prófugo. Es que la altura lo intensifica todo. Al final del cuento, los captores le hicieron un favor.  

Tal vez su afición por la astronomía o su gran gusto por los vinos lo atrajeron hasta San Juan. O quizás fue su pasión por los deportes de aventura que solía practicar en los pagos iglesianos. O simplemente se trató de una mera coincidencia. Lo cierto es que presenció noches estrelladas y, a más de 1.500 kilómetros de su cacería, se sintió libre ante la inmensidad.

Solo a alguien como él se le ocurrió robar un banco bajo los efectos del cannabis, llevarlo adelante y luego ocultarse en el medio de la montaña con sus millones, tal y como lo cuenta la leyenda. Sus conocimientos y filosofía de vida lo condujeron hasta allí, un lugar donde se respira paz, esa que tanto buscaba, y donde aún -créase o no- se percibe el misterio. ¿Habrán sido esas vegas testigos de un capítulo que todavía no se contó? 

El insólito encuentro que un sanjuanino tuvo con la mente brillante del atraco

Uno de los pobladores de Bella Vista recuerda su experiencia con el excéntrico artista que planeó el asalto al Banco Río y que meses después fue atrapado en San Juan en plena montaña. Hoy, 14 años más tarde cuenta los detalles de aquel curioso encuentro.

¿Cuántas veces la vida te pone en el lugar y el momento exacto de un hecho memorable? ¿En cuántas oportunidades te cruzás con un célebre personaje de la historia delictiva argentina? O, ¿con qué frecuencia sos testigo del encubrimiento de un delito sin siquiera saberlo? Las probabilidades son muy pocas. Sin embargo, Guido Altamira, un poblador de Bella Vista, no estuvo exento a ellas ya que conoció -por casualidad- a la mente brillante que ideó el Robo del Siglo, el golpe criminal más grande de la historia.

El hombre que vive del turismo y administra la posada Posta Kamak recuerda el curioso encuentro que mantuvo con Fernando Araujo, el líder de la banda que el 13 de enero de 2006 se llevó ente 8 y 25 millones de dólares de una sucursal bonaerense del Banco Río y que estuvo escondido en San Juan hasta que fue descubierto y detenido en el medio de la montaña, en la quebrada de Bauchazeta, cuando intentaba escapar. 

Haber estado con el hombre más buscado del país por aquellas épocas es para el protagonista una experiencia que no sólo resulta inolvidable por la mera cuestión de haber compartido tiempo y espacio con el creador de la maniobra delictiva que impactó a los argentinos, sino también por el contexto donde ocurrió: en el escondite secreto del ladrón, en la profundidad de la montaña.

Hoy, 14 años después de ese hecho y sentado sobre una piedra en el interior del refugio situado en un paraíso iglesiano oculto -donde el ideólogo del atraco se escondió para no ser atrapado-, ante la inmensidad del paisaje que lo rodea, el sanjuanino que estuvo con él recuerda aquel momento como si fuera ayer.

Todo comenzó cuando acompañó a un vecino -identificado como Guillermo Santillana- a la quebrada situada a unos 40 kilómetros de Bella Vista, Iglesia, con el objetivo de comprar chivos. La idea era llegar hasta los puestos y hacerse de la mercadería, pero en la marcha descubrió que no sería el único participante de la expedición al medio de la montaña.

“Cuando nos reunimos en el punto de partida, estaba Guillermo con su mujer Ximena Britos -a la que ya conocía- y con este hombre en cuestión, que me presentaron como Fernando”, cuenta Altamira y sigue: "En el camino de ida no charlamos pero cuando llegamos al lugar, donde ahora nos encontramos, por lo que hablaban entre ellos entendí que tenía pensado quedarse y por eso veían las mejoras que debían hacerle al espacio".

Durante dos horas en el oasis montañoso de la Precordillera, localizado a 3.200 metros de altura sobre el nivel del mar, cuenta que la pareja y su amigo que a primera impresión "vacacionaba" en los pagos iglesiano inspeccionaron la construcción y sus alrededores. Mientras tanto, el hombre que guió a Tiempo de San Juan al lugar que nunca antes había sido mostrado se limitó a no hacer preguntas, aunque había descifrado la situación. "Yo no soy de andar averiguando. Entendía que el tipo iba a quedarse por un tiempo y nada más. Desconocía el por qué en esos instantes", sostiene.  

Santillana era el propietario de esas tierras y conocía al artista plástico porteño a través de Britos, quien había sido su novia en años anteriores. Se dice que él y su mujer le llevaban provisiones al prófugo y que lo mantenían informado sobre la causa; tanto que cuando Araujo fue detenido le encontraron una copia del expediente penal entre sus pertenencias. Por ese motivo, fueron investigados en la causa por encubrimiento y le allanaron sus domicilios.   

"Después de permanecer ese tiempo, emprendimos el regreso y ahí sí charlamos con Fernando. Me contó que quería hacer un retiro espiritual en la montaña, que quería meditar, conectar con su ser interior y eso me resultó extraño, no por la idea en sí sino por su aspecto: no coincidía con el de una persona que hace ese tipo de cosas", señala y agrega: "Vestía de negro, usaba anteojos, fumaba bastante y comía chicle compulsivamente. No daba con el perfil, aunque no le di demasiada importancia". 

Claramente algo lo perturbaba. Es que para ese entonces, la cacería había comenzado en Buenos Aires y sus secuaces estaban siendo descubiertos y atrapados. Fue a principios marzo de 2006, cuando la ex pareja de Rubén Alberto de la Torre -Alicia Di Tullio- le dijo a la policía que él y otros eran los autores del gran golpe, que hasta ese momento tenía a los investigadores totalmente desconcertados. 

Altamira, que en aquel momento ni se imaginaba que estaba con el arquitecto de un plan maestro que -de no ser por la traición- hubiera sido perfecto, asegura que no lo volvió a ver después de esa ocasión y que un mes más tarde se enteró por las noticias con quién había compartido viaje realmente. "No lo podía creer. Quién iba a pensar que uno de los integrantes de la banda que robó el banco vendría a esconderse a San Juan, a más de 1.500 kilómetros de distancia", expresa. 

Según comentan los pueblerinos de Bella Vista y localidades cercanas como Las Flores y Rodeo, a Araujo se lo había visto meses antes en la provincia de que se perpetrara el asalto. Si bien eso nunca fue comprobado, quizás haya sido una estrategia del hábil delincuente para evadir a la Justicia.  

Ya sea por un motivo u otro, el cerebro del famoso golpe delictivo -que por estos días resurgió con el estreno de la película que recrea el hecho-, el sujeto con una filosofía de vida particular y amante de la aventura encontró refugio en tierra sanjuanina y al menos Altamira fue testigo de ello.  

Nada más y nada menos que en el recóndito escondite del excéntrico fugitivo, donde permaneció al menos unos 20 días hasta ser arrestado por Gendarmería, estuvo el lugareño que atesora esa anécdota, una que -de seguro- encabeza su lista de insólitas vivencias, las que contará hasta sus últimos días. 

 

 

 

 

 

 

 

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