En Argentina, las mujeres que tienen hijos y caen presas pueden ir con ellos a la cárcel y vivir ahí hasta que los chicos cumplan cuatro años. Después cuando alcanzan esa edad, los retiran del Penal y pasan a convivir con un pariente, o en una residencia estatal si no hay opciones favorables al menor. Esto se hace para que el vínculo madre-hijo no se rompa. Y porque muchas veces, afuera de la penitenciaría no hay padres, ni abuelos, ni vecinos que puedan hacerse cargo de la criatura.
Los psicólogos dicen que durante la primera infancia (1 a 5 años) se forman los cimientos para el desarrollo de cualquier persona. Que es una etapa vital de la vida y que hay que prestarle mucha atención. En este caso, los infantes pasan sus primeros años aprendiendo ciertos códigos del ambiente carcelario y están expuestos a innumerables episodios violentos. Y en contrapartida, el mundo en libertad se vuelve algo extraño. En los ojos de un pibe que vive en la prisión, es normal ver a su mamá dando o recibiendo un "puntazo" de otra persona. Y es raro ir a una plaza, dormirse escuchando un cuento o ver pasar un camión de bomberos por la calle. Estos chicos saben, que al ver un policía tienen que "portarse bien" o guardar el celular. Y cuando están con gente que no conocen, suelen ponerse territoriales y a veces agresivos. Legalmente no están privados de la libertad, pero viven en carne propia la vida de un preso.
Patio del Pabellón de Mujeres del Penal de Chimbas. Hay 11 chicos viviendo con sus madres.
En la siguiente nota se expondrá parte de la realidad que viven los menores en el Servicio Penitenciario Provincial, con el testimonio de dos mujeres sanjuaninas que son y fueron madres en la cárcel. Se trata de Estela de 39 años y Yanina de 32, ambas pidieron reserva con su apellido. Además, opinaron sobre la compleja problemática docentes del jardín maternal donde los chicos asisten para aprender a socializar. Y penitenciarias que conviven con las mujeres privadas de su libertad y los menores que las acompañan.
“Siempre le pedía perdón a mi hija por traerla acá, más cuando pasaba algo”, afirmó Yanina que está presa por robo agravado con uso de arma de fuego y cometido en banda. Al tiempo de ser condenada quedó embarazada de su marido que también está preso. Recordando que las visitas conyugales, tanto entre internos del mismo penal como entre presos y sus parejas, que están en libertad, están previstas en la Ley de Ejecución Penal. Y en la jerga penitenciaria, a casos como el de Yanina, se los conoce como visitas de “P a P” (de pabellón a pabellón).
Así Yanina estando presa se convirtió en madre por sexta vez en su vida. Ella contó que no terminó la escuela primaria y que conoció “lo malo de la calle desde muy chica”. Que no tiene padre y que su mamá de 61 años se hace cargo de una numerosa familia. Entre estos están sus seis hijos y dos de un hermano que también está preso en Chimbas. Por lo tanto, cuando nació Sofía, la única opción viable fue llevársela con ella hasta que las cosas se acomodaran. Hoy Sofía tiene 3 años y en 8 meses más se debe ir del penal, y esas cosas, todavía no se acomodaron. “No sé qué va a pasar con ella, me tiene muy preocupada. Mi mamá me ayuda, pero ya es grande”, contó Yanina con la voz angustiada. “Acá la vida no es fácil para ellos, yo trato de estar en la celda o en la parte de los juegos, y no la dejo nunca sola porque si te tienen que hacer daño te lo van a hacer”, afirmó. Y agregó que “a una de las de internas le cortaron el niño para hacerle daño a la madre, eso es común.
De izquierda a derecha: Estela G. (38) y Yanina P. (32). Ambas cumplen condena en el Servicio Penitenciario Provincial de Chimbas.
Estela es otra de las mujeres que narró su experiencia como madre en la cárcel. Ella tiene una causa por narcotráfico y todavía le quedan 6 años de condena. En su caso no terminó la escuela secundaria y tiene 7 hijos afuera, y el mayor de estos, también está preso por tráfico de drogas.
En la cárcel crio por tres años a su bebé llamado Leonardo, hasta que ella misma pidió que se lo llevaran. La pareja de esta mujer de 39 años también es una persona que está en conflicto con la ley y según el testimonio de Estela: “Es un violento que tiene problemas con la droga”.
“Me quedé embarazada acá y no me quedó otra que traerme el bebé conmigo porque en mi casa él que era mi pareja es golpeador y consume cocaína. Y en mi mamá son muchos y no iban a poder con un bebé más; además ya están criando a mis otros hijos”, afirmó. Y fue antes que se cumpliera el plazo establecido por ley, que Estela le pidió a un familiar que se llevara a su hijo. “Les dije que por favor se lo llevaran antes de los cuatro años porque después me iba a costar el doble separarme de él”, confesó.
Los casos de embarazadas que consumen drogas dentro y fuera de la cárcel también es una preocupación para las autoridades, que muchas veces se ven imposibilitados para actuar porque las mismas mujeres esconden el problema. Esto pasa con toda la sociedad en general. En el siguiente link, te contamos que ocurre en San Juan.
Según los datos aportados por el Servicio Penitenciario Provincial, en estos momentos, hay 11 menores que viven con sus madres en módulos especiales del Sector Mujeres. Las asistentes sociales que charlan todos los días con las internas, dicen que varias tienen realidades sociales similares dentro y fuera de la cárcel. Poca o escasa educación, inicio temprano en la actividad delictiva y problemas con adicción de estupefacientes, aunque no todas lo reconocen y piden ayuda.
Los episodios violentos son una realidad que los menores observan.
Ambas reclusas coincidieron en la idea que la cárcel no es un lugar para criar un hijo.
“Hubiera preferido que no fuera así y que aprenda cosas de la calle como estar en una plaza, y no en el calabozo como lo fue por 3 años”, afirmó Estela.
“Una es grande y una es la que cometió el error, para mí los chicos no tendrían que estar acá”, opinó Yanina por su parte.
En el caso de esta última, su niña sale una vez al mes al exterior y según cuenta Yanina “hay que tener cuidado con todo, porque no sabe ni lo que es un auto, le llama atención todo y es lógico si acá lo único que ve son rejas y paredes”.
Dentro de ese mundo hostil, existe un momento donde los niños finalmente tienen una oportunidad para ser niños. Todas las mañanas van al Jardín Rinconcito de Luz, ubicado a unos cuantos metros del penal de Chimbas. Salen en una camioneta del Servicio Penitenciario adaptada con sillitas de seguridad y comparten un momento con profesores y otros niños que no viven en la cárcel.
El jardín es el único momento que tienen para ser niños.
El jardín maternal de los hijos de las presas: una oportunidad para ser niños
Gonzalo Guerra, Giselle Matarazzo y Yanina Castro son docentes y auxiliares de la escuelita Rinconcito de Luz, dependiente del área de Niñez, Adolescencia y Familia de Desarrollo Humano. Está ubicada en el mismo terreno que la Residencia Eva Duarte de Perón y de la Escuela de Policías. Ellos son quienes conocen los problemas de adaptación que tienen los niños del penal, que a veces llegan cargados emocionalmente porque vieron a su mamá a “los puntazos” con otra interna. Del trabajo de estos profesionales surgen los primeros códigos sociales para convivir sanamente con otras personas. Una tarea sumamente difícil y delicada.
“Notás que el ambiente carcelario influye cuando estos niños tienen que resolver algún tipo de problema y reaccionan de una manera más tensa y violenta, por suerte hoy en día ellos comparten el turno con chicos de la comunidad en general y han aprendido otros códigos de adaptación”, sostuvo Gonzalo Guerra, que trabaja como profesor en el jardín. Y agregó: “Ahora son más cariñosos, más amorosos, saben respetar las actividades no como antes que todo se hacía como ellos querían; por eso estas experiencias que hacemos en el jardín son muy importantes para que ellos conozcan que la vida no es solo lo que pasa en la cárcel”.
Hay un antes y un después de los menores cuando llegan al jardín. Giselle Matarazzo, otra de las docentes, contó que “al principio también traía un vocabulario carcelario, pero lo vamos cambiando día a día. Y otra cosa llamativa es que en relación con sus otros pares que no están en el Penal, al comienzo eran violentos, se unían entre ellos los que se conocían, pero los que eran ajenos los veían con otros ojos y los atacaban”.
Cuando los niños llegaron al jardín reaccionaban con violencia y un vocabulario carcelario.
“Una vez vino un niño y me dijo: ´A mi mamá le hicieron un tajo de acá hasta acá´, señalando la zona del cuello”, contó Yanina Castro.
Y atestiguó que “a veces llegan muy alterados porque hay problemas entre las madres y tienen esa carga emocional que hay que tratar de contener. Los inconvenientes muchas veces surgen entre las madres y los hijos son los que pagan esos enojos”.
“Una vez íbamos todos caminando y vimos a un policía, yo en ese momento justo saque el celular y una de mis alumnitas me dijo guarda el teléfono porque te lo va a quitar el policía. Esas cosas ellos la tienen en su pensamiento, tienen conocimiento de cierto código delictivo”, afirmó Gonzalo Guerra.
Los juguetes que elegían también hablaban de los valores que iban absorbiendo. “Antes solo querían jugar a las armas, hoy en día los incentivamos con otros juegos, hacemos castillos, contamos cuentos, y buscamos estimular más desde la imaginación”, dice Yanina Castro.
En un principio los menores solo se relacionaban con niños del pabellón.
“Siempre le preguntamos que quieren ser cuando sean grandes. Y muchos solo nos dicen que quieren ser policías, porque es lo único que ven. Por eso los tres o cuatro años donde viven acá son tan importantes para definir otros códigos y que aprendan a socializar”, remarcó uno de los auxiliares de Rinconcito de Luz.
Gonzalo Guerra, Giselle Matarazzo y Yanina Castro. Los profes auxiliares de los niños.
Las guardiacárceles: quienes conviven día a día con esta realidad
Las penitenciarías dicen que muchas de las internas no tienen comportamientos violentos, pero los episodios de riñas, discusiones y amenazas con hacerse daño a si mismas nunca faltan. El problema es que, al existir los menores, ellos muchas veces se ven envueltos en estas discusiones, o son el argumento que utilizan las reclusas para alcanzar ciertos beneficios. Así lo sostuvo la jefa del Sector Mujeres, Norma Iragorre, al afirmar que “tener a sus hijos acá es complicado, pero muchas veces las reclusas utilizan a su hijo o su embarazo para conseguir algún tipo de beneficio”.
A la par contó cómo es el momento en que las madres se tienen que separar de sus hijos porque se cumplió el plazo legal. "Es muy difícil, aquí se hace un trabajo importante para poder empezar a separar la madre del niño. Guardias transitorias, salidas a guarderías, se va evaluando para que el día en que se tengan que ir, sea lo menos traumático posible”, dijo Iragorre.
Parte de las servidoras públicas del Sector Mujeres.
Esta separación en la primera infancia tiene potencialmente un impacto nocivo en un niño que está en pleno desarrollo, el que ha sido descrito por algunos expertos como un “trauma perdurable”. Por otra parte, las investigaciones realizadas en instituciones carcelarias de todo el mundo llegan a la misma conclusión: los niños que viven en las prisiones son niños en riesgo. Algunos lo llaman “niños invisibles”, porque pertenecen a la sociedad, pero no se sabe mucho de las vivencias que pasan día a día. Tampoco hay muchas estadísticas al respecto.
Incluso en el mundo no existe una regla internacional sobre la edad hasta la cual un niño debería permanecer en prisión junto con su madre. En algunos países, por ejemplo China, la regla es que si una mujer está embarazada o tiene un bebe de menos de 12 meses, no puede cumplir su condena en la cárcel hasta que el chico haya alcanzado el año de vida, tras lo cual deberá ingresar en prisión sin él. En Italia, los hijos pueden estar en prisión con sus madres hasta los tres años, lo mismo que en España y Portugal. En Francia, hasta los 18 meses y en Inglaterra deben salir entre los nueve meses y el año y medio de vida. En Bolivia pueden estar hasta los seis años.
Sin importar el tiempo que pasen, trabajadoras sociales y psicólogos coinciden que durante el tiempo de permanencia en el penal, muchos chicos terminan afectados en sus procesos de educación y socialización. Como caso ilustrativo, el psicólogo Santiago Salinas, del Servicio Penitenciario, dijo que "una vez tuvimos que tratar con una niña que no tuvo muchas salidas porque nadie la venía a buscar, y en la calle le daba temor hasta tomarse un colectivo".
Fuentes citadas:
-Internas del Penal de Chimbas
-Servicio Penitenciario Provincial de San Juan
-Coordinación del Jardín Rinconcito de Luz
-MUJERES MADRES CON NIÑOS Y NIÑAS EN CONTEXTOS DE ENCIERRO. (2005). Informe de Situación. Buenos Aires: Defensor del Pueblo de la Provincia De Buenos Aires.