Por Daniela Pinardi
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José Guevara nunca piso el archipiélago porque iba a bordo del destructor Piedra Buena, asignado en un principio a las islas Malvinas y luego a las islas Georgias del Sur, mientras se desarrollaba el conflicto. A las Islas, solo logró verlas desde el mar. De hecho, nunca pisó tierra firme.
Esto es tan emotivo para él como para el resto de los ex combatientes que viajan en la comitiva oficial que regresa al archipiélago, pero siente que tiene además una misión que cumplir: llevar una cruz a las islas.
José nunca pierde su sonrisa, a pesar de que Malvinas caló hondo en su vida y la de su familia. Aún así, el hombre se dispone a contar la historia de esa joya. Se sienta en un sillón, se acomoda y levanta la mirada para buscar en su memoria cómo consiguió esa cruz. José recordó que la compró en un local de antigüedades hace algunos años.
Esa cruz es especial y es realmente hermosa, obra de un artesano. Por eso ni bien la vio, decidió que era el mejor regalo para su esposa. Se trata de un crucifijo de plata portado por una cadena, que lleva la imagen de las islas Malvinas y tiene un grabado con una fecha muy especial: 1982.
El objeto no tiene dueño, pero genera extrañas sensaciones en quien lo usa. Su esposa y su hijo, no pudieron llevarlo más de tres días. Su mujer explicó que desde la primera noche soñó con la muerte de personas, que pedían auxilio a gritos. El relato fue interpretado como una sugestión por uno de sus hijos, quien después decidió llevarla consigo.
Sin embargo, tras varias noches sin conciliar el sueño, también la devolvió: los gritos de los sufrientes también habían aparecido en sus sueños. Por eso, la cruz quedó guardada en un alhajero esperando su momento.
Cuando José recibió la noticia de que podría viajar a las islas, todos en la familia coincidieron en que el precioso objeto debía volver al Sur. La familia cree que perteneció a un ex combatiente que por alguna razón decidió desprenderse de ella.
José tampoco lleva la cadena en su cuello; nunca lo hizo. Durante la entrevista, Guevara trata de acomodarla para que la cruz pueda ser fotografiada, pero el reflejo de la luz no permite hacer foco a la cámara. De inmediato, corre un escalofrío por la espalda del hombre. Nervioso, sonríe y dice:
"¿Viste?". Es como si esa cruz de apenas dos centímetros tuviera un poder extraño.
La cruz mayor en el cementerio de Darwin será el destino final de ese objeto. José está convencido de que cuando la imagen esté en la "tierra sagrada", finalmente encontrara su destino.
