
Es columnista del semanario El Nuevo Diario, asesor en temas de cultura y arte, investigador, Director del Instituto de Filosofía de la Facultad de Filosofía, Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de San Juan… Eduardo es de esas personas que uno sabe de antemano que con una nota nunca podrá abarcarlas. Igual hay que intentarlo.
Se disculpó porque se quedó dormido en la siesta, un lujo que ahora puede darse ya que no tiene que dictar clases a esa hora.
La charla arrancó hablando de su inclinación a la filosofía, “que no te deja mentir”, y que terminó estudiando casi sin querer. Es que se había anotado para Abogacía en una universidad privada, en Mendoza donde nació, pero el día antes de rendir el examen de ingreso murió su padre. Ante esa nueva situación económica de la familia, donde era el único varón, entró al ciclo de básico de Filosofía de la universidad estatal donde había dos materias que le servirían para Abogacía al año siguiente. Pero ese año se dio cuenta que estaba donde tenía que estar.

“Intenté varios caminos vocacionales y lo gracioso es que mis hijos han seguido las carreras que dejé pendientes: Graciana es abogada; Guiomar es cineasta; Gabriel es contador (director de Industria y Comercio de la provincia), y Carlos trabaja y estudia para chef”, contó.
Agregó que ya era licenciado en Filosofía cuando comenzó a cursar Ciencias Económicas en Mendoza y entonces pasó algo que lo trajo a San Juan, en 1977. Ya estaba casado con Ruth y había nacido la primera hija. En otra oportunidad lo contrataron para que organizara una escuela de chefs y lo del cine le gustó de toda la vida, al punto que tuvo su propia filmadora cuando eso era un lujo de pocos.
Infancia en Mendoza
Eduardo nació en Villa Tulumaya, en Lavalle, departamento limítrofe con San Juan. Sus abuelos llegaron de Mallorca cuando hubo en la isla una gran epidemia de cólera que los corrió del viejo mundo y cuando llegaron a Argentina se instalaron en Mendoza. Allí nació el padre de Eduardo, Juan Peñafort, que llegó a ser intendente de Lavalle en 1938, como antes lo había sido su abuelo. Tenían propiedades de aceitunas y viñas, chacras y ganado que se criaba en el campo.

Su madre, Irma Pérez, era maestra, una profesión común para la época, y Eduardo era el único varón de 6 hijos. La infancia en el campo fue abrumadoramente feliz. “Siempre había tarea, se criaban gallinas y los niños teníamos que moler la cáscara de huevos con la que se alimentaba a las mismas gallinas, marcar los huevos viejos, abrir los vellones de los colchones de lana, ayudar a realizar las conservas, cosechar la fruta… una vida gloriosa y feliz, pero de obligaciones marcadas.
Cuando Eduardo tenía 8 años, la familia se mudó a la ciudad de Mendoza para que su hermana mayor empezara la escuela secundaria.

La militancia
La familia Peñafort era conservadora y luego desarrollista, apoyando al proyecto de Arturo Frondizi. Pero en general eran antiperonistas. El primer recuerdo que Eduardo tiene del peronismo es el santuario a Eva Perón que tenía una tía suya, donde prendía velas. Era la única peronista de la familia. Eso, y el cuadro “tridimensional” de Eva, Juan Domingo, y el Sagrado Corazón de Jesús que tenía la señora que les curaba el empacho.
Cuando en 1969 ingresó a la facultad comenzó a tomar contacto con compañeros que eran peronistas. “Yo no salía de mi asombro porque yo estaba convencido que Perón había sido el hombre más corrupto de la tierra, que Eva era una bataclana infernal, todos los prejuicios los tenía en mi cabeza. Y pensaba, cómo estos tipos inteligentes pueden decir que son peronistas. En esa época tenía mucha relación con la Iglesia Católica, y allí aparece una sensibilidad para con la pobreza que me preparó para abrir la cabeza y leer. Entonces vi que esta concepción religiosa coincidía con lo que decían mis amigos que no eran tan católicos. De golpe el peronismo empezó a ser una opción, pero en mi familia hasta era objeto de burla el peronismo. Costó, pero mi aproximación a la militancia fue el encuentro de la formación religiosa con estos inteligentísimos compañeros de la universidad a los que yo inicialmente creía imbéciles. Ahí empecé a estudiar y en 1972 empecé a militar dentro del peronismo”, contó.

Nunca participó en grupos armados, no lo seducían porque sentía que en el fondo estaban en contra de la conducción de Perón. Pero conoció a mucha gente en esos grupos, algunos de los cuales desaparecieron durante la última dictadura.
El episodio más violento durante esos años de plomo le tocó vivirlo a Ruth. Estaba embarazada de 7 meses de Graciana cuando entró a la casa un comando paramilitar sin uniforme preguntando por Eduardo. La ataron y esperaron varias horas, cuando él volvió, ya se habían ido dejando a su esposa atada. Fue en septiembre de 1976 en Mendoza. Ahí se gestó la idea de vivir en San Juan.
Se mudaron en 1977 y acá dejó la militancia de lado durante más de dos décadas, aunque eso no significó romper con el movimiento ya que seguía participando en los comandos tecnológicos del peronismo y los grupos del pensamiento nacional. “Volví a contactarme con el peronismo como militancia de calle en el 2000, cuando me invitó el giojismo para trabajar en el área de cultura y en 2003 (primer gobierno de José Luis Gioja) asumí como subsecretario de Cultura. Después seguí trabajando en los grupos tecnológicos, pero no he vuelto a caminar barrios”, señaló.

Aseguró que su militancia no influyó en la de sus hijos. Y que si algo los orientó fue el trabajo de investigación de Ruth, su esposa, médica psiquiatra. Graciana y Gabriel estudiaron en Córdoba donde probaron en distintos grupos hasta quedar ambos en el justicialismo. Guiomar abrazó la causa feminista después de acompañar a su madre en algunos de sus estudios sobre la salud mental en las comunidades pobres, entre ellas la relación entre desempleo y suicidio; y las representaciones imaginarias de la maternidad en la Villa Pedro Echagüe. Eduardo aseguró que Ruth fue muy perseguida cuando estos temas eran muy incipientes en San Juan.
Carlos, el menor, milita en el Bloquismo. “Para nosotros es muy importante que militen en política, algo que no se hace con una opinión sino haciendo”.
La tendencia al arte
Desde muy chico tuvo especial sensibilidad para lo bello. Mientras estudiaba en la facultad, las relaciones con artistas y estudiantes de arte eran intensas, como su fascinación por el cine. Cuando se recibió de licenciado en Filosofía se compró una cámara súper 8, con la plata de 4 años de ahorros, para estudiar cine. Pero se casó y la idea de convertirse en el Francis Ford Coppola argentino quedó trunca. Por entonces ya estudiaba Estética como autodidacta. “Fue un preanuncio de lo que pasó porque cuando me convocaron de San Juan fue para la cátedra de Estética en el departamento de Artes Plásticas. En esa época en la Facultad había gran respeto por la libertad y cero grado de dogmatismo político, y eso creó un clima importante para valorar la personalidad de los artistas. Lo que me interesó en ese momento es por qué eran como eran. Ahí Luis Suarez Jofré aparece como una figura muy importante. El arte dejó de ser algo caprichoso para ver que había líneas para entenderlo. Tuve la suerte de que me convocaran para un estudio de artesanía tradicional en el año 1981. Eso me permitió ampliar el horizonte del arte académico hacia el arte popular y de las comunidades marginales. Me abrió la perspectiva de que el arte occidental no era la única tradición”, contó.
Se especializó en artes plásticas pero sin descuidar lo literario. El titular de Estética de la Universidad de La Plata, Mario Presas, fue quien le recomendó una línea de estudio. Y en crítica de arte lo iluminó Rosa María Ravera, presidenta de la Academia Nacional de Bellas Artes, con quien cultivó una gran amistad.
En el departamento de los Peñafort casi no hay pinturas de artistas reconocidos y Eduardo aclaró que es porque las tiene en la casa de Albardón, ese es “su lugar”.

Los pensadores actuales del peronismo
“El peronismo ahora tiene pensadores menos doctrinarios en el sentido de menos exégesis de la doctrina peronista. El que pensó un peronismo moderno para el siglo XXI fue Ernesto Laclau, porque se enfrentó con el estigma que tenía el peronismo de populismo, porque el populismo europeo y el norteamericano están marcados por una serie de características negativas. La primera es que son sumamente intolerantes, machistas, racistas, xenófobos, (Donald) Trump es el modelo de ese populismo; y (Jair) Bolsonaro. Lo que magistralmente hizo Laclau fue replantear el concepto de un populismo argentino a partir del peronismo donde no era un populismo de derecha, no tenía esas características. Explicaba los grandes cambios ideológicos del peronismo, lo desideologizó, quiere decir que no es una doctrina como una religión donde tiene que ser siempre igual, sino que es una convocatoria de las necesidades de los distintos grupos y la coordinación de las demandas sociales. Esto se va organizando de distinta manera en distintos momento y no hay rigidez doctrinaria, más allá de que se reconoce a Perón como quien instala esta posibilidad no clasista”, reseñó Peñafort. Laclau falleció en 2014.
Otro de los pensadores actuales del peronismo es Horacio González, que fue director de la Biblioteca Nacional. Fue el iniciador de las Cátedras Nacionales, principio de renovación universitaria, y a partir de ahí nace un compromiso que se fue abriendo hacia el cambio. “González tiene un brillo particular en sus análisis históricos y lo importante de estos pensadores es entender que una posición política no puede ser congelada a lo largo de la historia, sino que es una actitud frente a los más débiles, frente al que sufre, pero que no es darle la misma solución para todas las épocas. Otro pensador importante es José Pablo Feinmann. Esto, dentro de la macroteoría del peronismo”, aseguró.
-¿Estoy siendo muy denso?, pregunta con genuino temor Peñafort.
-Para nada, además lo verá en mi cara si me aburro, contesta esta cronista.
-¿Qué cosas le dan miedo hoy del país?
-Todo (se ríe primero y después hace una pausa, no para pensar sino para dar una pitada y largar el humo con suma complacencia). Lo que me da miedo del país me da miedo de Latinoamérica, y es el apoyo de grandes masas populares a gobiernos que van en contra de sus intereses. Lo de Bolsonaro (en Brasil) me parece terrible. Me parece increíble lo de Chile y por supuesto el apoyo al macrismo. Me parece terrible y me asusta la respuesta de los gobernadores a las políticas nacionales.
Lo que no está a mi alcance y me preocupa muchísimo es el tema de la justica por la relación con mi hija. Me parece la pérdida de la única garantía para evitar abusos. Y me asusta la estructura del odio, hay un manejo de lo mediático del odio que hace posible estos fenómenos. La gente odia mucho, hay un clima de odio que vuelve todo intolerante. Tal vez siempre estuvo y ahora las redes sociales nos permiten conocerlo, pero uno abre el Facebook y te da vergüenza que aparezcan determinadas cosas como la capacidad terrible de injuria sobre la gente. Una insensibilidad absoluta por el dolor del otro y por sus necesidades. Puede parecer cursi, pero asusta la pérdida del freno del lenguaje.
Su “adicción” al Facebook le cuesta algunas discusiones con la familia.

El compañero de Duran Barba
Jaime Rolando Durán Barba, nacido en Ecuador, es Licenciado en Filosofía, desde 2005 maneja las campañas de Mauricio Macri, y fue compañero de Peñafort en Mendoza. Por entonces, era un personaje muy distinto.
“En esa época era un flaquito que debe haber pesado 60 kilos. Progresista, de izquierda, tímido, muy humilde, vino con un amigo que después fue ministro de Educación en Ecuador, Carlos Paladines. En el congreso de filosofía del ’87 nos juntamos con Paladines y me dice: ¿viste lo que nos pasó con Jaime?, le respondo que no sabía, y me dice: es el teórico del odio. ¿Y qué le paso? Puede pasarle a cualquiera, de golpe una persona que viene a una cosa, se vuelve y se convierte en el teórico del odio. Era un tipo que no le podías sacar una palabra y ahora es este parlanchín que dice cualquier cosa. Debe tener un par de años más que yo. Son sorpresas que uno se lleva”, contó.

Jubilado sí, inactivo, no
En el living del departamento había un gran jarrón con rosas demasiado perfectas. Rojas, rosadas, carmesí, son las que hoy ocupan gran parte del tiempo de Eduardo, junto a otras miles de variedades de flores que él mismo siembra y cuida en su casa de Albardón.
“Después de 50 años de cumplir horarios lo primero que quiero hacer es no cumplir horarios. Y después dormir la siesta. Tengo compromisos asumidos y sigo a cargo del proyecto universitario para adultos mayores. Sigo conectado al trabajo en la facultad y estamos preparando la publicación de los 50 años de Congreso de Filosofía de Mendoza. Me voy a dedicar a escribir de estética y unificar lo ya escrito”, señaló.
Como pendiente está realizar una investigación de las redes sociales. “Me tienen horrorizado y es importante que se analice. Hay una transmisión de la subjetividad directa a través de identidades falsas y de la cobardía del anonimato que revela como nunca la intimidad de la sociedad pública. Y todo este mundo de pasiones se articula con lo que a mí más me interesa que es la pasión y el arte. Quiero ver como es este juego de pasiones en las redes y como eso se proyecta en el arte”, confesó.
Otras cosas le dejaron de atraer como el cine, después de haber sido el cinéfilo más voraz de la región. No le gustan las nuevas formas de narrar y los planteos. Las series de Netflix no logran atrapar a este eterno lector de novelas policiales.
Su libro de cabecera es “Verdad y método”, del alemán Hans-Georg Gadamer. “La relación del arte con la verdad me hace pensar, es un libro que lo di en clase, pero creo que para alguien que se dedica a la estética responde la diferencia ente arte y decoración de tortas. Porque el gran temor de mi vida es haber estado estudiando estupideces ante lo que es el mundo. La respuesta está en Gadamer: en el arte hay una experiencia verdadera”.
A esta altura, el humo es el símbolo de unión entre el cielo y la tierra, la materia y el espíritu, y el cigarro, un sexto dedo surrealista en su mano.