El 12 de diciembre de 1847 se fugaron juntos, querían salir del país, pero por entonces nadie sabía qué rumbo tomarían, por eso las cartas y circulares para su captura llegaron a varias provincias, entre ellas, San Juan. Esos documentos se conservan en el Archivo Histórico de la Provincia.
Esta fuga ocurrió cuando Juan Manuel de Rosas transitaba la segunda gobernación (1829-1852) de la provincia de Buenos Aires. Unitarios y federales estaban enfrentados a muerte. Rosas envió las órdenes especialmente a todos los gobernadores aliados y en San Juan gobernaba el caudillo Nazario Benavídez. Alertaba sobre la fuga de la pareja, describiendo sus rasgos físicos y advirtiendo que "el delito era una ofensa a la religión y al orden público". El papel de San Juan en el rastreo era clave. Como no se sabía si escaparían hacia Chile o hacia el Litoral, San Juan era un punto estratégico debido a los pasos cordilleranos. Benavídez, como aliado de Rosas, recibió la instrucción de vigilar las fronteras provinciales para evitar que cruzaran hacia el país vecino.
El acaudalado padre de Camila, Adolfo O’ Gorman, era cercano a Rosas y le escribió para pedirle la captura de su hija: “…suplico a V.E. dé orden para que se libren requisitorias a todos los rumbos para precaver que esta infeliz se vea reducida a la desesperación y conociéndose perdida, se precipite en la infamia”.
Mientras que los unitarios como Sarmiento vieron una oportunidad para atacar el gobierno de Rosas. “Ha llegado al extremo la horrible corrupción de costumbres bajo la tiranía espantosa del Calígula del Plata que los impíos y sacrílegos sacerdotes de Buenos Aires huyen con las niñas de la mejor sociedad, sin que el sátrapa infame adopte medida alguna contra esas mostruosas [sic] inmoralidades”, Domingo Faustino Sarmiento, marzo de 1848.
Las circulares que llegaron a San Juan fueron tres y dicen casi lo mismo:
“¡Viva la Confederación Argentina! ¡Mueran los salvajes unitarios! Circular. Buenos Aires, enero 1 de 1848. Año 39 de la libertad, 33 de la independencia y 19 de la Confederación Argentina. Al señor Juez de Paz: He recibido orden del señor Gobernador para decir a usted que se han enviado los adjuntos 50 ejemplares impresos de la filiación de los reos presbítero Uladislao Gutiérrez y Camila O’ Gorman a fin de que se doble el más activo eficaz empeño que corresponde al estricto deber de VE de conseguir la captura de los enunciados reos y remisión de ellos a esta ciudad a dicho oficial de policía, debiendo dichos reos perpetradores de tan horrendo crimen venir incomunicados y el uso previsto de grilletes. Dios guíe a usted, por orden de Benedicto Massiel. Es copia”.
Otra circular, fachada el 14 de enero de 1848, volvía a solicitar la captura de los reos y su entrega inmediata al Juez de Paz, “en la más completa seguridad e incomunicación y engrillados”.
Mientras que la circular fechada el 17 de enero pedía la captura de los enunciados reos “si llegasen a encontrarlos”, y estaba dirigida al excelentísimo Señor Gobernador y Capitán General de la provincia de San Juan. Acá adjuntaban tres cartas y dos notas.
Lo que dijo Rosas
Una copia de la carta firmada por Juan Manuel de Rosas enviada a Miguel García, provisor de la iglesia del Socorro, fechada el 17 de enero de 1848, (que también se puede consultar en el Archivo Histórico) relataba toda la historia.
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Imagen del documento existente en el Archivo Histórico Provincial.
“Mi querido Amigo: Por el gran recargo de atenciones que me rodean recién puedo, muy de ligero avisar a V.E. el recibo de su apreciable del 22 de diciembre último en que me dice le es sensible, pero necesario, interrumpir mis arduas multiplicados atenciones, pero espera que de la naturaleza del puesto y mi bondad quedaría V.E. disculpado”.
“Agrega VS que un suceso tan inesperado como lamentable ha tenido lugar en estos últimos días, refiriéndome que el Presbítero Gutiérrez, encargado accidentalmente de la Parroquia de nuestra Señora del Socorro, había desaparecido de ella el 12 del mismo diciembre”.
Señalaba “que no es esto lo peor del caso, sino que en el mismo día se había echado menos a doña Camila O’ Gorman con quien tenía conocimiento como con toda su familia el expresado Gutiérrez, bien que jamás había habido motivo para sospechar en esta comunicación algo que no fuera honesto y decente”.
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Abunda la literatura sobre esta historia.
El superior de Gutiérrez le había señalado a Rosas que estaba sorprendido del accionar del cura “dado por un momento de ilusión y una ocasión desgraciada aprovechada por un favor, arrastrado por la fuerza de la edad y precipitado por la inexperiencia”.
“El suceso es horrendo -decía García a Rosas- y tiene penetrada mi alma al más acerbo sentimiento. Yo veo en él establecida la ruina y el deshonor, no sólo a el que lo ha cometido sino también de la familia a que la joven pertenece; pero lo más lamentable es la infamia y vilipendio que trae aparejado para el Estado Eclesiástico”.
Luego le pedía al Restaurador que averiguara el paradero de ambos “pero del modo más oportuno para que el atentado tenga la menor posible trascendencia para el honor de la iglesia y de la clare sacerdotal”.
Relataba Rosas en su misiva que también había recibido carta de Don Alfonso O’ Gorman, datada el 21 de diciembre, donde eleva a su conocimiento “el acto más atroz y nunca oído en el país, y convencido de mi rectitud no habla con escrúpulo en participarme la de calamidad en que esta la familia”.
Para O’ Gorman la culpa era del sacerdote tucumano quien había seducido a su hija bajo la capa de la religión y abandonado el curato el 12 (de diciembre), bajo la excusa que debía ir a Quilmes. Pero que por los preparativos que había hecho seguramente se dirigía tierras adentro y no dudaba irse a Bolivia, dejando con este acto una “herida mortal para la desgraciada familia”.
Rosas continuaba relatando a García que el día 23 de diciembre llamó al oficial en comisión del departamento de Policía para preguntarle qué sabía del “inaudito atentado”. El oficial le dijo que no había novedades.
“Que en todas las clases de la sociedad hay malos y buenos, estando como estamos siempre todos los hombres expuestos a cometer errores, pecados y delitos, sólo resultaría a cargo y mengua para la iglesia, el Estado y el sacerdocio, si semejante atentado se encubriere o no se castigara con la justicia ejemplar que corresponda, para satisfacer la religión y las leyes, y para impedir, por una rectitud saludable, otros en la ulterioridad y los conceptos de una civilización libertina”, señalaba Rosas.
Advirtió luego la edad de Uladislao, al que siempre se refería como al “reo”. “No recuerdo que el Gobierno haya aprobado la elección de un clérigo tan joven para cura interino en la Parroquia de Nuestra Señora del Socorro, ni que la curia eclesiástica le haya participado algo al respecto para proceder, de acuerdo como corresponde, en el nombramiento de los casos, ni de la Ciudad como de la compaña”.
La carta de Rosas finalizaba agradeciendo la comunicación previa de García y “las generosas expresiones con que me favorece, y la ocasión que me ha presentado con su valioso celo y sabiduría de llevar mis deberes en un acto fuerte de beneficio, y tendiente a conservar ileso el honor de la iglesia y el buen nombre del clero, así como el del Estado de Gobierno”.
La muerte de tres
A Camila y Uladislao los encontraron en Goya, Corrientes, por lo que se dedujo que la meta era llegar a Brasil o a Uruguay. Pero se confiaron y se quedaron en Goya donde se hicieron pasar por un feliz matrimonio salteño dedicado al comercio. Él se hacía llamar Máximo Brandier y ella, Valentina Desan.
Habían fundado en Goya la primera escuela en su propia casa, donde además de primeras letras daban cariño y cobijo a sus alumnos.
En una crónica sobre este suceso, el historiador Felipe Pigna relató que el 16 de junio de 1848 fueron juntos a una fiesta y allí el cura irlandés Miguel Gannon reconoció a Gutiérrez y lo denunció al juez de Paz.
“Fueron detenidos y separados. A Camila la mandaron a la casa de la familia Baibiene y pocos días después, por órdenes directas del gobernador de Corrientes, Benjamín Virasoro, ambos fueron trasladados a la cárcel”.
Los llevaron a Santos Lugares, provincia de Buenos Aires. Camila estaba embarazada y Gutiérrez pidió clemencia por su vida.
Camila era amiga de Manuelita de Rosas, hija del gobernador, y le escribió pidiéndole ayuda. Manuelita le respondió el 9 de agosto de 1848: “Querida Camila: Lorenzo Torrecillas os impondrá fielmente de cuanto en vuestro favor he suplicado a mi Sr. padre Dn. Juan M. de Rosas. Camila, lacerada por la doliente situación que me hacéis saber os pido tengáis entereza suficiente para poder salvar la distancia que aún os resta a fin de que yo a mi lado pueda con mis esfuerzos daros la última esperanza”.
Piña publicó: “Cuando supo que no había nada que hacer escribió por última vez a la mujer de su vida: ‘Camila mía: Acabo de saber que mueres conmigo. Ya que no hemos podido vivir en la tierra unidos, nos uniremos en el cielo ante Dios. Te perdona y te abraza tu Gutiérrez’.
Se los condenó a muerte y ejecutó el 18 agosto de 1848. Eso sí, a la muchacha le dieron a beber agua bendita para ‘salvar’ al inocente que llevaba en sus entrañas”.
(Fuente: Destino San Juan)