Ramón Pujado

Los secretos del baqueano

A los 9 años empezó a conocer los vericuetos de los cordones montañosos de Calingasta. No hay nadie allí que no lo señale como el mejor. Ya retirado recuerda su vida, sus anécdotas, y asegura que baqueanos eran los de antes. Por Viviana Pastor.
jueves, 30 de julio de 2015 · 07:03
Por Viviana Pastor

A 4.700 metros de altura, en el cordón El Espinacito, corazón de la cordillera de Los Andes, la bajada es abrupta y estrecha. Con el precipicio a ambos lados, los ojos se concentran en las patas sagradas de la mula. El movimiento y la inclinación hacen que la cincha que ajusta la montura se suelte y cuando eso pasa, cada piedra es la cara misma de la Parca. El corazón late tan fuerte que uno lo siente como un tambor en el oído. Sin ayuda no es posible seguir.  

En la cordillera no se puede dar dos pasos sin un baqueano. Es la figura indispensable para cualquier citadino que pretenda conquistar esa majestuosidad de piedra, pretensión obtusa si las hay. El baqueano, con su sabiduría telúrica, es consciente de que no hay dominación posible en las alturas. 

"A la cordillera hay que tratarla de usted”, dice Ramón Pujado, el baqueano más experimentado y conocido de Calingasta. La frase es más que una declaración de principios, es una filosofía de vida, una forma ancestral de relacionarse con la montaña y vivir para contarla.

¿Qué secretos conocen estos hombres que pueden distinguir un camino donde no hay camino? ¿Cómo es que son capaces de dominar una mula, de orientarse con la observación, de ir sólo hasta donde la montaña permite? Sus habilidades son tales que hasta Sarmiento les dedicó varias líneas de puro elogio en su Facundo.

Pujado estuvo con los exploradores antes de que existieran los observatorios astronómicos en El Leoncito, con los que perforaron para los primeros estudios del proyecto El Horcajo, con quienes buscaban cobre en el Pachón. Guió al ingeniero Sardina en las primeras mediciones de nieve en la cordillera, y colaboró con cuanto grupo que buscaba gente perdida en la zona. Conoció a tres presidentes y estuvo 8 días preso "por pegarle a un bloquista”.
Ramón tiene 84 años y hasta los 82 montaba su mula y salía a recorrer esas huellas como sólo él sabe hacerlo. Después de todo casi nació arriba del animal, tenía sólo 3 meses de vida cuando sus padres se trasladaron desde Tamberías hasta Barreal a lomo de mula.

La mayoría de sus saberes los aprendió de su padre, con él empezó a arriar animales cuando tenía 9 años. Llevaban ovejas y caballos desde Barreal a la feria de la Capital, por una huella que atravesaba El Leoncito. Mientras tanto se internaba en la cordillera y aprendía a amarla y a respetarla, de niño aprendió que ambas cosas van de la mano. 

A los 15 hizo su primera expedición como líder de tres geólogos que estudiaban vaya saber qué cosa al Sur de la cordillera, no era menester del baqueano preguntar nada. En los 3 meses que pasaron arriba, además de guía y protector, Ramón tenía la tarea de bajar al pueblo una vez a la semana para buscar alimentos, él solo. 

Verano o invierno, cruzando ríos briosos o nevadas asesinas, el baqueano enfrentaba la muerte como cosa cotidiana, sintiéndose un privilegiado en lugares que nadie había pisado. 

El sol relaja el cuerpo en el patio de la casa donde nos recibe Ramón y su esposa, Teresilda Astudillo, su compañera por más de 60 años. La galería es cálida al medio día y desde la cocina sale el aroma a estofado de verduras y carne. De camisa clara y chaleco de lana azul, una boina blanca y una carga innata de buen humor, Ramón quiere saber de entrada cómo llegamos a él, por qué queremos hacerle la nota y dónde saldría publicada. Después de algunas respuestas dice que ya ni se acuerda cuántos años tiene y que nació en la calle Florida, en Tamberías, que fue el primer pueblo de Calingasta, "eso no lo sabía usted ¿no?”.
 
¿Y los secretos?

Bueno, no es tan fácil. Ramón está dispuesto a compartir algunos secretos como baqueano, pero no todos. Dice que baqueanos eran los de antes. "Los de ahora no saben ni ensillar, ni hacer la cama para dormir. Antes uno solo hacía todo, ahora entre dos cargan una mula, eso no puede ser. El baqueano debe ayudar al turista porque no sabe y no los ayudan”.

Entre una historia y otra, van saliendo a la luz algunas cosas que la gente común se pregunta sobre estos hombres que parecen estar hechos del mismo material que la cordillera.

Cuenta que en 1952 fue marucho de tropa de Dagoberto Sardina, pionero en mediciones níveas en la cordillera, a quien guió en meses en los que la temperatura alcanza muy fácil los -20º. "Nadie quería ir en invierno. Cuando está todo nevado no hay huella. No se puede ir por La Honda, ni lo pájaros van por ahí, así que íbamos por el río, la única forma de llegar al valle Los Patos es por el río y uno se demora el doble. Sardina medía la nieve y escribía y con eso decían cuantos metros de agua iban a tener el río San Juan en el verano. En 1953 no pude ir porque estaba trabajando en El Horcajo, fue otro muchacho y lo mató una avalancha de nieve. Si yo hubiera ido con Sardina no se muere el viejo porque no me quedo ahí, la nieve entró al refugio y lo ahogó”. 

-¿Mula o caballo para andar en la cordillera? 
-¡La mula, por Dios! La mula se sienta en este vaso, el caballo no. Si hay un pantano, la mula no pasa ni a palos, el caballo pasa y se cae. Yo tengo un poema que le hice a la mula.

- ¿Y cómo reconoce a una mula buena? 
-Por las orejas, deben ser grandes, porque las orejas son sus ojos.

-Ah! Pensé que era por los dientes…
-Eso es para los caballos… y ya se sabe que a caballo regalado, no se le miran los dientes. 

En la década del ´50 no había ropa térmica ni botas impermeables, pero eso no era problema para el baqueano. "Lo principal es una buena mula, un buen apero, llevar mercadería que se pueda comer allá, como charque, sémola, fideos, sopa en sobre, queso. Un buen calzado y abrigo, una buena campera, yo usaba un pasamontaña que me tejía mi esposa. Claro que igual se pasa frío. Poncho no, porque molesta”. 

Otra incógnita es cómo se orienta un baqueano. ¿Cómo hacen cuando está nublado, cuando hay nieve? La respuesta es insólita. 

"Con la jarilla. La planta crece con sus ramas distribuidas de Norte a Sur, entonces las ramas indican hacia dónde. Con nieve todos los cerros son iguales, pero si quiere ir al Norte ve la jarilla y va para allá. Para no desorientarse, en la noche se tiene que acostar con la cabeza hacia dónde va a ir al otro día, entonces si nevó usted se levanta y sabe para dónde va”.

Un consejo importante: no pasar nunca el río en línea recta, sino casi en paralelo y en el sentido de la corriente, de lo contrario "se lo lleva el agua”. 

Ramón sigue siendo un hombre inquieto, durante la nota se levanta varias veces a buscar sus papeles que tiene abrochados en dos carpetas, se sienta, se vuelve a parar, va a buscar unas fotos viejas. "Es que tengo todo escrito. ¿Usted cree que la estoy engañando? Me gusta escribir”, dice. Teresilda cuenta por lo bajo que ya casi no escribe porque no ve bien, pero por ahí andan sus poemas y letras de canciones a las que también les compuso la música. 

Cuando el 1 de mayo de 1990 se cayó en la cordillera el helicóptero donde murieron el piloto José Juan Licciardi, Jorge Coll, Pedro Gallardo, y el empresario Jorge Estornell, Ramón les dijo por dónde tenían que buscar los restos. "Dos o tres veces hicieron vuelos y no los encontraban,  les dije que tenían que ir por el Molle, díganle al piloto que vaya por ahí. Al rato los habían encontrado, habían tocado el cerro Mondaca y ahí cayeron”, cuenta. 

El baqueano lee su ayuda memoria y enumera: del ’51 al ’53 trabajó en los estudios del proyecto El Horcajo, del ’56 al ’57 llevó tropas al Aconcagua desde Mendoza; y del ’56 al ’57 estuvo con el grupo que exploraba en Pachón, el yacimiento de cobre. Entre el ’57 y ’59 trabajó para Hidráulica llevando técnicos al refugio de Patos Sur, donde en la década del ’70 se construyó un refugio de piedra que lleva el nombre Ingeniero Sardina.  Sólo en esos dos años, Ramón cruzó 470 veces la cordillera. 

"También estuve preso 8 días en Tamberías por pegarle a un bloquista”. ¿Qué pasó? "Estábamos construyendo el puente Las Hornillas y yo cocinaba para 80 hombres, y éste entró a darme órdenes. Le di con el cucharón en la boca y se le bajaron unos dientes. Le dije: Chau, hasta luego, no le faltes el respeto al jefe de cocina. Ocho días preso estuve”. 

Mientras tanto

Ramón tiene 1,60 de altura, es flaco, debe pesar menos de 60 kilos, su piel está oscurecida de vientos y usa un bigote que sólo deja llegar hasta la comisura de los labios. Cuando se saca la gorra asombra su abundante pelo, que le sigue dando batalla a las canas.

Él genera una empatía inmediata y hace que la charla fluya entre carcajadas, es ese tipo de persona con la que uno siente que la conoce de toda la vida.

Dice que compartió momentos con tres presidentes. En 1953 trabajaba en Mendoza, en Cuesta de las Vacas, Juan Perón era presidente y viajaba hacia Chile cuando pasó por el lugar, saludó a  los obreros y le dio 5 pesos a cada uno, entre ellos estaba Ramón. "Cuando vivía Perón yo era peronista, pero ahora cómo van a ser peronistas si no está Perón!”, se queja.

Cuando el 12 de septiembre de 1986 se inauguró el Complejo Astronómico El Leoncito, con la presencia del entonces presidente Raúl Alfonsín, Ramón tuvo el privilegio de ser parte de los trabajadores que almorzaron con el ex mandatario.

Y durante la presidencia de Carlos Menem, viajó en avión con el centro de jubilados de Barreal, del que fue tesorero durante 12 años, para cantarle una serenata. 

Después de ser empleado de Hidráulica pasó a trabajar para la Universidad, en el observatorio, allí se jubiló por incapacidad después de tener un accidente en una obra, vaya paradoja del hombre que dominaba animales y montañas. 

Mientras tanto, Ramón y Teresilda tuvieron 9 hijos, que les dieron 22 nietos y 7 bisnietos. 

-Le salió buena la compañera…
-Hasta ahora… (bromea él, y ella se ríe, sentada a unos 4 metros de su marido).
"Teresilda tejía a telar, como doña Paula, hacía mantas, ponchos, ella ordeñaba, mandaba los niños a la escuela, hacia todo, por eso está sana y joven”, dice y vuelve a sacar risas de su pequeño auditorio. Ramón sería un magnífico referente del stand up barrealino. 

Lee el listado de intendentes que cruzaron la cordillera. Dice que no son muchas las mujeres que se animan, y que hace un tiempo llevó un grupo sólo de mujeres. "Ellas se portaron bien, yo no”.

Ahora sus días son así, apacibles, bajo el sol en la galería de su casa. Ya vendió todos sus animales, 40 vacas y otras tantas mulas y caballos. También repartió la tierra que tenía entre sus 9 hijos. "¿Si extraño la cordillera? Y sí, pero que voy a hacer, ya no puedo. Ahora me pongo a hacer valses y a tocar la guitarra”. Después de todo no es un secreto que no hay que llegar primero pero hay que saber llegar.

El camino del General

Que San Martín pasó a Chile por Las Hornillas para cruzar la cordillera ya lo sabía hace muchos años Ramón Pujado. Contó que un día recorriendo esos senderos con otro baqueano vieron brillar abajo algo, bajaron y econtraron una bayoneta que no sabe dónde fue a parar. "Deben haber más cosas perdidas, eran muchos hombres y deben haber perdido muchas cosas", dijo. 

TEXTUAL
"Nunca vi nada raro en la montaña. Eso que los acompaña 'la niña' de noche son mentiras. Las  luces que se ven en el campo no es nada malo, son animales enterrados y de ahí salen esas luces".

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