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Historias

La comunidad de la reposera

Son los familiares de internados en Terapia Intensiva del Hospital Rawson. A falta de comodidades para la vigilia, arman toldos en el estacionamiento, donde terminan haciéndose el aguante entre todos. Ernestina Muñoz de CANAL 13.

Por Redacción Tiempo de San Juan
Las sillas de lona, conservadoras y mate; son parte de un paisaje típico en la zona de General Paz y Estados Unidos. No porque estén distendidos frente a la Terminal de Ómnibus. Son los familiares y amigos de los internados en Terapia Intensiva del Hospital Guillermo Rawson que esperan novedades. A veces pasan meses detrás de los autos del personal médico, en las horas más críticas, a la expectativa de informes y del ingreso para visitas. Terminan conformando una particular colectividad urbana. 

Están afuera porque quieren "estar a mano" de sus seres queridos hospitalizados. "Vivo en Santa Lucía y me llamaron porque mi hijo tuvo un paro hace 2 semanas. "Venga porque ya se corta", me dijeron. Imaginate que no me voy a ir a dormir a mi casa. Acá me siento cerca de él", conto Rosa, una de las más antiguas en la "comunidad de la reposera”. Llego el 30 de noviembre para cuidar a su hijo, que se accidento en su auto. 

Como ella, otros se instalan en toldos para esperar noticias de sus seres queridos. Aun sabiendo que solo hay dos momentos para novedades: el parte diario a las 11 y el horario de visita a las 16. Sin embargo, basta con hablar con ellos un rato para entender que no dan nada por sentado. Cuando las enfermeras salen a llamarlos por el apellido del paciente, el relato se corta, el tiempo se espesa y luego llega el alivio o las lágrimas. "Ese momento desde que mi cuñado va por el parte y hasta que vuelve, se te corta todo. Debería ser a las 11 y ya son las 13. Se te hace eterno" relató Gastón, otro de los miembros de la comunidad de la reposera. Es el hermano de una mujer internada por complicaciones tras una cirugía cardiaca. Junto a los sobrinos, cuñado y un amigo se instalaron en un toldo frente al ingreso de ambulancias. "Por ahí te llaman a la madrugada por algo bueno o malo y tenés que estar atento. Hay gente que viene de todos lados, de Valle Fértil, de Iglesia y no tienen nada. Y no se van a ir a sus casas mientras dure esto", explicó el hombre. 

Los Montaño pusieron un nylon negro por techo, entre las rejas de General Paz y una mora, porque ya se llovieron dos veces.  Lo mismo les había pasado en el Marcial Quiroga. "Estamos desde el 29 de diciembre con esta historia", referenció. A su hermana la prepararon para el reemplazo de válvulas en el corazón y la operaron en el nosocomio de Rivadavia. Pero luego sufrió complicaciones. El jueves llegó al Rawson y la familia volvió a repetir la historia de incomodidades. "En el Marcial Quiroga ni siquiera te dejan estar del lado de adentro de las rejas. El 31 lo pasamos entre los autos, afuera. A mi hermana la dejaron bajar una hora y pudimos brindar", recordó Gastón.  Fueron agrias también las fiestas para Rosa. "El 1 de enero uno de los vagabundos que duermen adentro del hospital, borracho, se me vino encima. Me insultó y me dijo de todo. Lo denuncié al oficial, que no hizo nada", aseguró. "¿Cómo podés dormir así?".  En el interior del edificio hay espacio. Es la guardia de Urgencias. "Pero prefieren que estén los vagabundos y borrachos de la Terminal", aseguró.  "Por eso decidimos salir y armar toldo. Aguantarnos el viento y la lluvia. Prefieren a ellos y no a uno que tiene un enfermo", aseveró la mujer. 

El toldo de Rosa, de dos reposeras y un toallón violeta, esta a la izquierda de los Montaño, pegado al quiosco. Ya se sienten vecinos, en esta especial coyuntura. "Estás con mil cosas, pensando en que no nos roben también. Nos cuidamos entre nosotros las cosas. Soy la que va quedando y estamos botados", manifestó. En estos meses, pasaron familias de Caucete y de Rodeo por la comunidad y le prestaron una silla. También les dieron apoyo a dos chicos de Mendoza que durmieron 2 meses en un auto, mientras sus padres permanecían internados. En la "Comunidad de la reposera” la solidaridad es la ley primera. Algunos se van yendo y otros llegan. La comunidad siempre se renueva, con las mismas reglas y costumbres. Y las mismas necesidades. 

Los baños son una de las prioridades en el reclamo. "A veces pasan 7 días sin lavarlos. No se puede estar del olor", dijo Rosa. "Y más para las mujeres", destaca el marido de la internada cardiaca. "Un baño para ducharte un día de calor, lavarte las manos para comer. Es básico. Nosotros nos podríamos hacer cargo de comprar el cloro, etc". Por ahora usan los sanitarios del  ACA. 

"Mal que mal mantenemos y regamos el lugar, pero la comunicación es un tema. Tendríamos que poder tener un enchufe para cargar celulares. Todos te llaman preguntando por la salud de ella", conto Gastón. "Vas adentro y cargas un rato, pero entran los accidentados, hay sangre, heridos del Penal de Chimbas. No podes estar así, con la cabeza en todos lados" relató. Rosa acota. "El Gobierno sabe que hay 10 camas. ¿Cómo no hacen 10 boxes para los familiares?". Es albañil el esposo de la paciente cardiaca y se ofreció a construirlos ad honorem. "Y afuera, al menos un tingladito permanente, con dos baños", imaginó. 

Pero además de mejoras "edilicias" esta comunidad espera mejoras en el trato humano a los familiares.  "Si bien es cierto que no pagás médicos, estar acá es un gasto. No solo en comprar la comida sino también tenés que tener para los descartables” contó Gastón. "Un día nos gastamos lo que teníamos en una botita para que no se le hagan hematomas (a su hermana internada). No teníamos para comer y se largó la lluvia.  Mi viejo metió su Ami 8. Abrió la parte de atrás para que no nos mojáramos. Ahí nos pusimos a tomar mate, que es lo más barato, y teníamos galletas así que compramos algo barato, picadillo. Y salió un guardia de mala manera a decirnos que corriéramos los autos, que no estábamos de picnic. ¡Como si nos olvidáramos de que no estamos de picnic! "Estamos que ya se nos muere mi hija ¡y vos crees que estamos de picnic porque comemos picadillo hijo de puta!" le gritó mi viejo”, relató Gastón todavía incrédulo. "Yo me imaginaba que mi suegro le pegaba", agregó el marido de la interna. 

Hay un coctel de emociones encontradas. A Rosa, que se acercó enojada para protestar por la incomodidad que pasa, le cambió la cara al escuchar el apellido de su hijo en la voz del parte médico. Y se le volvió a contraer cuando recuerda que estuvo grave dos veces en tres meses, en los que no pudo dormir en paz. Y les cambia la cara a todos mientras miran las reacciones de otros que reciben malas noticias. Es un recordatorio de la frágil situación que atraviesan. Se terminan solidarizando todos. "Nos terminamos haciendo vecinos. Haciéndonos el aguante. Hay que llevarla" resumió Gastón.

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