RINCONCITOS SANJUANINOS

El cafetín sin tiempo

El Café El Aguila aún conserva su fisonomía de antaño, cuando era un referente de mitines políticos y sociales. Ya llevan una tercera generación de clientes que lo siguen eligiendo. Por Gustavo Martínez Puga.
viernes, 29 de junio de 2012 · 17:39

Por Gustavo Martínez
gmartinezpuga@tiempodesanjuan.com
 
La madera en la barra, las sillas tapizadas, las mesitas con fórmica, las grandes heladeras con vitrinas exhibiendo exquisiteces de producción artesanal y la utilización de grandes espejos en sus paredes le dan al lugar el típico aspecto de una cafetería de los ´80. Y, pese a que muchos clientes sugieren una renovación, sus dueñas se niegan: “Nos interesa que sea así: un lugar donde se pueda tomar distancia del trajín diario, donde el empleado administrativo, el político o las amigas se puedan tomar unos minutos para disfrutar tranquilos de un café o un té. Aquí siguen viniendo a desayunar los domingos los clientes de toda la vida, muchos ahora son abuelos y ya vienen con adolescentes que son nuestra tercera generación de clientes”, cuenta Rosa Navas, quien junto a su hermana Mabel, están al frente del tradicional café que nació en la década del ´40, en alguna de las cuadras que miran a la plaza 25 de Mayo.

La historia de la marca comenzó en ese lugar. Tras el terremoto del ´44 se mudó a la calle Tucumán, más o menos donde hoy está el comercio La Rueca. Ya por esos días era el centro social de la ciudad con una tradición que se prolongó por décadas: por las mañanas, café de políticos que discutían encendidamente sus ideas, empleados público o del comercio que hacían un paráte;  sala de té en las reuniones de grupos sociales por la tarde y local bailable los fines de semana.

Por esos días la Confitería El Aguila era propiedad de la sociedad de Margarit y Alsina. Ellos fueron quienes le dieron trabajo a Juan Francisco Navas, quien empezó como pastelero. Había pasado el terremoto, tenía 23 años, recién se había casado con Olga Rocha y tal vez por esos días el joven Juan sólo soñaba con tener su propio negocio, pero difícilmente proyectó que eso iba a ser realidad y que, además, el lugar terminaría siendo un sitio de referencia para la cultura sanjuanina.
En cuestión de unos pocos años, Juan Navas pasó a ser socio de Margarit. Y ambos mudaron la confitería a un salón alquilado en la esquina de Tucumán y Córdoba, en el sector que hoy funciona la empresa constructora de casas Natania. Allí estuvieron 8 años. Finalmente la sociedad Navas-Margarit se disuelve y Juan Navas, a los 56 años, vio hecho realidad su sueño: con mucho esfuerzo, sacrificando ahorros, vendiendo terrenos y una finca, se puso su propio local, con la fábrica de masas dulces incluida, en el lugar donde funciona desde 1979, en Mitre 20 Oeste.

Navas siempre contó con el apoyo incondicional de su esposa. Y por esos años ya tenía la ayuda de su hijo mayor, Juan Antonio Navas (actualmente dueño del café La Pausa), quien siguió el oficio de su padre y trabajaba en la pastelería. También trabajaban con él sus hijas Susana, Mabel y Rosa.

“A este negocio siempre vino gente de todas las clases sociales. Nosotros heredamos de nuestro padre su costumbre de no mezclarse con los clientes. Eso facilitó que aquí se produjeran reuniones políticas de todos los colores sin que nunca hubiera algún problema. Era muy común ver a Don Leopoldo Bravo, su hijo Polito siguió viniendo hasta que falleció; a don Ruperto Godoy; a don Eloy Camus. También venían y siguen viniendo políticos de mucha militancia como, por ejemplo, el actual gobernador Gioja”, comentó Rosas Navas.

Ya instalados en ese local de la calle Mitre, don Juan Navas hizo preparar el salón del sótano con un pequeño escenario por el que pasó, por ejemplo, la peña de La Tonada. Allí también se hacían, como en los orígenes de la confitería, bailes. El té de las damas de las sociedades benéficas, las reuniones del Rotary Club, entre otros, era un clásico del Café El Aguila.

En el 2003, a los 85 años, don Juan Navas falleció y con él se terminó de perder la vida nocturna del tradicional café. “A él le gustaba mucho la noche. A nosotras no. Por eso se perdió esa costumbre, que ya había empezado a decaer cuando mi padre estaba mayor”, cuenta Rosa Navas. Desde ese año, Susana, Mabel y Rosa se hicieron cargo del negocio. El varón, Juan Antonio, se abrió de la sociedad.

Ellas se aferraron a la tradición y siguieron usando las recetas de su padre para fabricar las tradicionales tortitas, sándwichs, bollitos de naranja, palitos de anís, entre otros.
Pero todo indica que no habrá tercera generación al frente del negocio, tal como lo vienen haciendo Mabel y Rosa: “Es muy difícil que nuestros hijos continúen con la tradición. Ninguno siguió el oficio de pastelero. Esto va a continuar hasta que duren nuestras ganas”, remató Mabel.


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