Delgado: "Hay que proteger a los futuros ciudadanos que están en el seno materno"
El arzobispo de San Juan de Cuyo, Monseñor Alfonso Delgado, volvió a pedir al poder político que defienda la vida de "los futuros ciudadanos que están en el seno materno", en la homilía pronunciada en la Catedral, con motivo del 202º aniversario de la Revolución de Mayo.
Desde la Catedral, en la homilía en un nuevo aniversario de la Revolución de Mayo, el arzobispo de San Juan de Cuyo, Monseñor Alfonso Delgado se rerifió a las leyes promulgadas recientemente en el país. "No basta con que la norma sea legal para que, sin más, sea una norma justa", dijo.
"En las cuestiones fundamentales del gobierno y del derecho, en las cuales entra en juego la vida, el bien y la dignidad del hombre y de su familia, el simple principio de la mayoría no siempre es suficiente", agregó.
"El Día de la Patria argentina puede ser un momento propicio para desear y pedir a Dios la sabiduría de un corazón abierto a la verdad, capaz de contribuir al auténtico bien de la Nación, de sus provincias federales, de sus municipios y de sus variadas instituciones. Y así, “afianzar la justicia,… promover el bienestar general, y asegurar los beneficios de la libertad para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino”. Quisiera incluir también, si me lo permiten, a los futuros ciudadanos que están en el seno materno", destacó.
A continuación, la homilía completa:
"Damos gracias a Dios al conmemorar la primera expresión de libertad, aquel 25 de Mayo de 1810. El Cabildo de Buenos Aires deliberaba mientras en la histórica Plaza se escuchaba el grito de “el Pueblo quiere saber de qué se trata”.
Pasaron 43 años para que el país pudiera madurar políticamente, organizarse constitucionalmente y asomarse con autoridad al concierto de las naciones. Comenzó un tiempo de crecimiento que, con sus límites, colocó al país entre los lugares de la tierra donde valía la pena vivir, trabajar, fundar familias y albergar esperanzas.
La historia nos ha enseñado que cuando los argentinos hemos respetado nuestra constitución, las leyes y las instituciones republicanas, el país creció y se desarrolló de un modo sostenible en el tiempo. A su vez, cuando debilitamos la ley o el estado constitucional de derecho, el país aminoró o detuvo su progreso, se deterioró la convivencia social y hasta se llegaron a violar derechos humanos fundamentales como la vida, la libertad, la justicia, la paz social, y la libre expresión de las ideas. Estas situaciones fueron de la mano de las reiteradas crisis económicas que afectaron al bienestar y a los esfuerzos de la familia argentina.
En esta celebración de gratitud a nuestro Padre Dios, y queriendo aportar lo mejor de nuestras vidas al bien de nuestra Argentina, de nuestra gente, de nuestros hermanos, me permito traer a la reflexión el relato de la Sagrada Escritura que hemos escuchado (1 Reyes 3,5-12). Al asumir Salomón el reinado de Israel, Dios le concedió hacer una petición: “Pídeme lo que quieras”, le dijo.
¿Qué pidió el hijo del Rey David para gobernar a su pueblo? El joven Salomón no pidió éxitos, ni riquezas, ni una larga vida, ni siquiera deshacerse de sus posibles enemigos. Sólo pidió un corazón dócil, comprensivo, capaz de juzgar y gobernar a su pueblo y de discernir entre el bien y el mal. Tuvo el coraje de buscar lo que más necesitaba para gobernar con equidad y justicia. Por eso Dios le concedió un corazón sabio y prudente, y muchas cosas más.
¿Qué pediríamos a Dios –podemos preguntarnos nosotros– ante las responsabilidades que hemos asumido con nuestro país y con los argentinos? Si es un pedido sincero, no dudemos en contar con la ayuda de Dios para poder realizarlo.
Con ese testimonio pleno de realidad, la Biblia señala aquello que, en definitiva, es lo más importante para los responsables del bien de toda sociedad. El criterio último no puede reducirse al puro éxito, y mucho menos al beneficio material. La acción política y social es un empeño por la justicia, la paz, el bienestar, la armonía y el bien social auténtico.
Por otra parte, es lógico buscar el éxito, sin el cual no habría posibilidades de una acción efectiva para el bien. Pero el éxito está subordinado a la justicia y a la firme voluntad de trabajar sobre el sólido fundamento del derecho, la libertad y la equidad.
El “poder” político es para “poder hacer” el bien a todos, para “poder servir” al pueblo con nuestros talentos y con los recursos que le pertenecen. Sin embargo, la historia enseña que a veces el éxito y el poder pueden corromperse y convertirse en una seducción que abre las puertas a la degradación del derecho y al debilitamiento de la justicia y del bien social.
San Agustín, hombre de letras y de derecho, expresaba con crudeza esta preocupación: “Quita el derecho y, entonces, ¿qué distingue al Estado de una gran banda de bandidos?” Benedicto XVI citaba estas palabras en su propia tierra, en la misma sede del parlamento alemán, aludiendo a la época del nazismo. Recordaba cómo el poder político pisoteó y manipuló el derecho y la justicia, y el Estado se convirtió en instrumento para destruir y aplastar la dignidad y la vida de millones de hombres y mujeres, especialmente del pueblo judío, y para desencadenar una de las guerras más trágicas de la humanidad.
El orden social necesita de leyes y de normas. Pero no basta con que la norma sea legal para que, sin más, sea una norma justa. Del mismo modo, en lo concerniente a la vida humana y a otras cuestiones importantes, no todo lo que es técnicamente posible y deseado es necesariamente ético y respetuoso de la dignidad del ser humano.
Pero, ¿cómo reconocer lo que es justo? ¿Cómo alcanzar la sabiduría para discernir entre el bien y el mal, entre el derecho real y el derecho solamente aparente, entre el éxito verdadero y los éxitos efímeros? ¿Cuáles son los criterios morales que orienten las decisiones políticas y sociales?
Para gran parte de las cuestiones, puede ser suficiente el criterio de la mayoría. Pero es evidente que en las cuestiones fundamentales del gobierno y del derecho, en las cuales entra en juego la vida, el bien y la dignidad del hombre y de su familia, el simple principio de la mayoría no siempre es suficiente. Muchas cuestiones son relativas, pero lo que atañe a la dignidad de la persona y a los derechos humanos no son cuestiones negociables.
Si los principios éticos que sostienen el proceso democrático no se rigen por algo más sólido que el mero consenso social, ese proceso resulta frágil. Saber detectar los límites éticos y los auténticos valores constituye un verdadero desafío para la calidad de la democracia. Son actos de gran sabiduría política y ejemplaridad por parte de los gobernantes.
También cabe preguntarse cuál el fundamento ético de las determinaciones políticas. La tradición cristiana sostiene con fuerza que las normas objetivas para una acción de gobierno justa son accesibles a la razón humana. El papel de la religión en el debate político no es proporcionar dichas normas, como si no pudieran ser conocidas por personas no creyentes. Tampoco corresponde proponer soluciones políticas concretas. Su papel consiste más bien en sumar y ayudar a purificar e iluminar la razón humana para descubrir y aplicar los principios morales objetivos que sostienen y fortalecen el bien, la dignidad de la persona, de la familia y de toda sociedad.
La petición de Salomón de un corazón capaz de juzgar y gobernar según el bien de la persona y de su pueblo, sigue siendo una cuestión decisiva para los dirigentes de una sociedad, particularmente en el orden político.
Podríamos traer a colación muchas enseñanzas ciudadanas ejemplares del gran Sarmiento. Pero en el marco de esta Fiesta quisiera rendir homenaje a otro sanjuanino, contemporáneo nuestro. Me refiero al Dr. Eduardo Leonardelli, que con su ciencia y sabiduría política alentaba a descubrir horizontes amplios, “a mirar más allá de nuestras narices” (textual). Y añadía: “Sólo los hombres justos pueden edificar una sociedad justa, plasmarla en estructuras permanentes, transmitirla en la educación, arraigarla en la cultura y así lograr sociedades con justicia y equidad”.
Los grandes hombres de la Patria, a pesar de sus limitaciones y de las vicisitudes de esas épocas, supieron transmitir una buena dosis de sabiduría política. En las resoluciones de la Primera Junta se proclaman los derechos civiles fundamentales relativos a la vida humana, a la seguridad individual, a la igualdad, a la propiedad, a la libertad de imprenta (así se decía entonces de la libertad de expresión).
También desde los inicios se intentó independizar al poder de la justicia de los demás poderes del Estado, excluyendo a los miembros de la Primera Junta de cualquier actividad judicial. Esos hombres se inspiraban en las doctrinas republicanas sobre la división e independencia de los poderes del estado. Los intentos de organización del poder legislativo nacional siguieron casi siempre esa orientación.
En 1853, de un modo explícito, se quiso anclar constitucionalmente el fundamento último del bien social en el reconocimiento de Dios como “fuente de toda razón y justicia”. No se trataba de un enunciado religioso, sino de la correcta aplicación de la razón humana al fundamento de los principios éticos objetivos, necesarios en toda acción política.
Quizá podríamos hacernos una pregunta provocadora. Si llegáramos a quitar a Dios como fundamento de la justicia y de la recta razón, ¿cuál sería el nuevo fundamento? ¿Serían acaso las locuras de algún dictador, la pura fuerza del mercado, una ideología de moda, o las conveniencias coyunturales de un gobernante? La historia de la humanidad y la historia argentina son bastante elocuentes al respecto.
La Declaración Universal de los Derechos del Hombre surgió precisamente de la convicción de que los derechos de todo ser humano están fundados en su inalienable dignidad. El triste escenario del siglo pasado exigió declararlo de un modo muy explícito.
Volvamos al rey Salomón. A la hora de asumir el poder, Dios le concedió la sabiduría que pedía. Ese ejemplo nos ayuda a todos.
El Día de la Patria argentina puede ser un momento propicio para desear y pedir a Dios la sabiduría de un corazón abierto a la verdad, capaz de contribuir al auténtico bien de la Nación, de sus provincias federales, de sus municipios y de sus variadas instituciones. Y así, “afianzar la justicia,… promover el bienestar general, y asegurar los beneficios de la libertad para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino”. Quisiera incluir también, si me lo permiten, a los futuros ciudadanos que están en el seno materno.
El Dios de Abraham y de Isaac, de Moisés y de Salomón, el Dios de los cristianos, el Dios fuente de toda razón y justicia, el único y eterno Dios creador del universo y Padre de todos, estará siempre junto a los hombres y mujeres que trabajan por el bien y la verdad de su pueblo, sus hermanos. Si queremos, Él nos dará la fortaleza y la sabiduría para realizar nuestra misión y nuestra responsabilidad en la sociedad. Lo pedimos de todo corazón, con la fuerza que procede de una humildad sincera. Así podremos ser instrumentos para seguir construyendo, a pesar de todo, una Argentina grande, solidaria y feliz, digna de los hombres y mujeres que forjaron nuestra libertad y nuestra independencia.
Que el Dios de la paz bendiga a todos los argentinos que trabajan, se esfuerzan, luchan, sufren y se alegran sirviendo recta y honestamente a su pueblo. Que Dios bendiga a todos ustedes y a nuestra Patria argentina. Así sea."