miércoles 8 de mayo 2024

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80 años

"Mis 10 días en San Juan": el diario de un militar que viajó a las entrañas del infierno sanjuanino

Tras haber estado afectado a las tareas de rescate, el soldado de 21 años narró, detalladamente, cómo fue su trabajo en el Cementerio de la Capital, lo más cercano al infierno que una persona puede estar.  "Miedo es poco, pánico es lo que sentí".

Por Florencia García

25 segundos. Un suspiro. Eso fue lo que demoró en caer la ciudad, lo que tardó en convertirse en polvo y cenizas, en dolor y sufrimiento. En desolación y desesperación. Fue así, en un abrir y cerrar de ojos, que el terremoto de 1944 sepultó a San Juan con una tragedia sin precedentes en la historia argentina.

La ayuda llegó de todo el país, en especial de la vecina Mendoza, que habilitó su Hospital Central para recibir a los heridos, y envió a médicos, enfermeras, soldados y voluntarios que se unieron en la dura tarea de aliviar dolores, acercar consuelo y empezar a ordenar y levantar de nuevo a la provincia. Entre esos miles de personas estaba Félix Osan, un soldado jujeño de 21 años que por aquel entonces cumplía tareas en el Servicio Militar Obligatorio en la provincia de Mendoza.

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Félix Osan

Félix Osan

“Un nudo de angustia, de dolor, de pena, lástima, desesperación o de cuantos otros sentimientos imaginables, es el que se formó en mi garganta al presenciar, al entrar por una avenida bordeada de cadáveres, heridos y llantos en la noble y sufrida cuidad de San Juan, y en aquel triste amanecer, lo mismo yo, que todos, soltamos lágrimas ante la contemplación de aquella tragedia sin igual en la historia del país”, relata el soldado entre sus primeras líneas y a partir de ahí describe, con una mirada inusitada, todo el horror y el espanto al que estuvo sometido durante sus diez días como rescatista en San Juan que fueron, según describe en sus líneas, lo más cerca del infierno que una persona viva puede estar.

Durante sus primeros cinco días, Osan estuvo abocado a tareas en la ciudad. La rutina durante esos primeros días fue siempre la misma: mover escombros, rescatar cuerpos sin vida y contener a los sobrevivientes, "Encontrando a cada paso, muertos, desolación y tristeza", según el mismo describió. "Encontrando a cada paso, muertos, desolación y tristeza", según el mismo describió.

Cuando pensaba que lo había visto todo, que nada podía ser más horroroso y doloroso, el 20 de enero el joven jujeño fue enviado a prestar sus servicios al Cementerio de la Capital, lugar donde se iban amontonando los cadáveres para ser calcinados. "Nos dijeron que íbamos a visitar el cementerio. Llegamos a él, y el espectáculo que presenciamos era espantoso: todos los cuadros de nichos o covachas, los mausoleos y todo monumento funerario, tumbas, etc. estaban completamente destrozado, los cajones tirados, rotos; se podían ver los restos humanos; en fin, todo era ruina y fetidez. era un espectáculo horripilante. Pero ese no era nada. Sí, eso no era nada. Entramos más hacia adentro pisando los cajones y entre los muertos y llegamos hasta una explanada donde lo menos que habrían serían mil muertos, en un estado tal que no los puedo describir”.

Durante los días 22, 23, lunes 24 y martes 25 el trabajo fue el mismo. “Sacar cajones y tirarlos al fuego”, pues por los cadáveres descompuestos a punto de desatar más plagas, el ejército tomó la decisión de cavar una fosa que sirvió como tumba masiva para los cuerpos que fueron llevados en camiones para ser incinerados allí.

Dos años después de la tragedia, Osan se animó a sentarse frente a una máquina de escribir y, con minuciosas oraciones, puso en palabras cómo fue haber vivido en carne propia la peor escena que emanó la tierra sanjuanina con el terremoto del '44.

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Copia de los escritos originales de Félix Osan, tipiado pulcramente en una máquina de escribir. Fuente: Archivo General de San Juan.

Copia de los escritos originales de Félix Osan, tipiado pulcramente en una máquina de escribir. Fuente: Archivo General de San Juan.

A continuación, el texto completo:

"Quiero escribir, con la autoridad que me confiere el hecho de haber sido testigo y parte, lo que vi y sentí desde el día sábado 15 de enero de 1944 hasta el 25 del mismo mes y año, con relación todos al terremoto de San Juan. Aquel sábado 15 de enero, estaba castigado por falta de disciplina en el Grupo 1 de Artillería de Montaña, en Mendoza, donde como aspirante a Oficial de Reserva, presentaba servicio militar. Es justamente el destino que siempre arregla los hechos y predispone las circunstancias, que me reservó parte en aquella pieza trágica.

Terminaba de cenar con otros aspirantes, 15 en total, y estábamos dedicados a lavar los elementos usados, cuando algo extraño, raro, alarmante, experimenté, la tierra se movía en los dos sentidos, hacia arriba y hacia abajo, derecha e izquierda, un trueno interno, que pa recía salir desde la misma garganta del diablo acompañaba esos chuchos de la tierra. Miedo es poco, pánico es lo que sentí, y por qué no decirlo recé en esos escasos instantes. Temía se abriera la tierra para tragarse un pecador más, de los tantos que cobija; la pileta de natación estaba entregada a un frenético bugin [sic], sus aguas se elevaban, caían y se escurrían afuera, pareciendo niña resentida que abandona a su pareja en el medio del salon.

Pero luego, trueno o bostezo del diablo y chucho del demonio cesó. Eran exactamente las 20.45 horas, fatal por sus consecuencias. Los aspirantes mendocinos acostumbrados a esos movimientos, lo único que dijeron fue: “está temblando”, con la mayor naturalidad, como si dijeran: “voy a tomar el tranvía” Fui luego con otros compañeros a la cantina, a escuchar mú sica y oír cantar a aquellos que siempre lo hacían, con bastante gracia. Eran las 21.00 horas, la radio anunciaba el noticioso, y en él decía el relator: “se registró en la zona cordillerana un movimiento sísmico cuya mayor intensidad se hizo sentir en las provincias de Cuyo. Se desconoce si hay daños materiales y víctimas”. Efectivamente, se desconocía hasta esos momentos.

Las botellas de la estantería para no ser menos que cualquier marimba empezaban a hacernos sentir su música. La gallega cantinera decía: “Está temblando”; sí hubo otras pequeñas sacudidas a las 9 de la noche. Luego de distraernos un rato nos dirigimos a la cuadra para dormir. Eran las 22.00 horas cuando mi cama comenzó a moverse, le dije a un compañero; “Che, de nuevo esta temblando”; “qué va a temblar”, me respondió; “sino fíjate en el foco” le respondí. “Cierto”, me dijo. El foco parecía estar bailando “sobre las olas”.

Como estábamos solos en la cuadra, nos pusimos a embromar y hacer bochinche, dando rienda suelta a nuestros espíritu de jovialidad, como queriendo conformar en esa forma a la libertad nuestra, prisionera en el cuartel. Entró el subteniente y no quedó otro recurso que acallar nuestros ánimos, y nuestros gritos y peleas. Nos recomendó no se volviera a repetir porque haríamos cositas raras a esa hora de la noche.

Pero ni bien se retiró continuamos nuestra barata diversión. Nuevamente entró el oficial y con voz que no daba tiempo a reflexionar nos ordenó: “Rápidamente, vístanse de campaña, saquen toallas y elementos de aseo y se hacen anotar con el cabo Ricci, los primeros 15 aspirantes”. Luego de eso, ordenó: “Vayan a la sala de armas y retiren cada uno una pistola con tres cargadores, de allí pasen por el depósito y retiren paños de carpas; manta grupera, parantes y estacas, palas y picos, cabezal y forro colchoneta. A todo esto, no sabíamos de qué trataba o qué fin se perseguía, pero como adivinando nuestras incertidumbres y reflexiones equivocadas, pues la mayoría suponíamos líos con Chile, el oficial nos dijo; “Vamos a ir a San Juan, hubo un fuerte terremoto que destruyó el 50% de las casas y hay varias víctimas”. Aquellas palabras fueron para los aspirantes sanjuaninos como balde de agua fría; les hizo el efecto de una sentencia de muerte. Sus ojos se llenaron de lágrimas y sus rostros se descompusieron en una mezcla de dolor, duda, incertidumbre y miedo. No atinaban a decir ni hacer nada. Pensaban, lloraban, suponían, lo cual visto por el Jefe de la Batería, ordenó que esos aspirantes y todos los sanjuaninos que estuvieren no tenían que ir a San Juan, pues serian elementos nulos, solo pensarían en prestar auxilio a sus familiares sin darse cuenta que son los menos y precisamente eran los más, los que requerían de auxilio.

A todo esto la radio de Mendoza, instaba a todos los aspirantes que se hallaban de franco servicio, regresar a sus respectivos cuarteles, dando a las calles mendocinas y a sus habitantes noción de que algo serio sucedería. La población estaba convulsionada: sería más o menos las 23.00 horas; ya se tenía referencia de la tragedia de San Juan. Aproximadamente a las 23.30 horas nos embarcamos en un camión al mando del subteniente de la Reserva Jofré Casas y el cabo 1º Cánovas. Éramos 18 en total. Nos dirigimos al Regimiento 16 de Infantería, donde nos proveyeron de alimentos para dos días. Inmediatamente partimos rumbo a San Juan por la avenida Boulogne Sur Mer, entramos a la ciudad de Mendoza, a la que encontramos convulsionada y presa de la mayor desesperación y zozobra, pues las noticias que se tenían de la catástrofe eran todas alarmantes y contradictorias, unos decían que el 50% de las casas estaban destruidas, otras personas engañándose a sí misma, tratando de suminístrate tranquilidad, decían no era tan grande la catástrofe otras sumamente pesimistas decían que San Juan ardía y que estaba destruida completamente la ciudad. En fin todo era caos y zozobra, desesperación y llanto, pues eran muchos los familiares y personas mendocinas o sanjuaninos, vinculadas con las probables víctimas que en esos momentos se encontraría Dios sabe cómo y en que afligente situación. En el trayecto, al pasar por las calles de Mendoza, la gente nos miraba con admiración y esperanza, pues sabían que íbamos a ayudar a la población sanjuanina en todo lo que se pueda. En el camino encontramos muchos autos que se dirigían a San Juan, el camino estaba inunda do pues los canales de riego de los viñedos se habían roto y sus aguas desbordaron, el tráfico era intenso, de tanto en tanto, teníamos que bajar del camión debido a las grietas que se habían producido. Diez kilómetros antes de llegar a la ciudad estaba cortado o no permitiendo el tráfico a los vehículos civiles, solo y únicamente podían pasar los vehículos militares. Ya la observación de las casas de campo caídas y agrietadas, los caminos inundados y también agrietados, la inmensa cantidad de árboles destrozados, que nos daban un poco de idea y prestaban base a la imaginación, para construir sobre ella el panorama de lo que sería San Juan.

Un nudo de angustia, de dolor, de pena, lástima, desesperación o de cuantos otros sentimientos imaginables, es el que se formó en mi garganta al presenciar, al entrar por una avenida bordeada de cadáveres, heridos y llantos en la noble y sufrida cuidad de San Juan, y en aquel triste amanecer, lo mismo yo, que todos, soltamos lágrimas ante la contemplación de aquella tragedia sin igual en la historia del país.Entramos por una avenida, y a la escasa luz de un amanecer triste y lluvioso, nos fue dado contemplar, muertos por donde quiera que dirigiéramos la vista, llantos de desesperación, de angustia de impotencia, gritos de madres que llamaban a sus hijos, hijos con penas en la voz llamando a sus madres o familiares, que yacían seguramente bajo cientos de toneladas de escombros, niños que pedían informes a gritos de sus padres y todo un caos de confusión, desesperación y muerte.

Lo que en su tiempo fuera Avenida, la calle por la cual entramos, era en esos momentos un montón de adobe, puertas, cadáveres y escombros miles. Llegamos a un cierto punto, no pudimos avanzar más con el camión, pues no se podía esta blecer cuál sería la calle y cual el lugar que debían ocupar las ex casas. En todo lo que la vista podía alcanzar, no distinguimos ni una sola casa en pie en condiciones de decir, “está parada”.

Todo esto nos daba valor y fuerza para trabajar para aliviar en algo todo aquello. Al llegar a una plazoleta nos bajamos muditos unos con palas otros con picos y el correspondiente armamento.

Avanzamos por una calle lateral que nos condujo a la plaza 25 de Mayo, ya la luz del nuevo día alumbraba con pálidos tonos aquella escena apocalíptica. En la plaza había cientos de heridos y moribundos tirados en el césped, otros en rústicos campamentos hechos con mantas y colchas salvadas del desastre. Pero en cada esquina de la plaza había pilas de cadáveres y personas tratando de reconocer a algún familiar en ella. De la plaza solo salían ayes de los heridos y preguntas incoherentes de paraderos de su familia. Sangre y más sangre por todas partes, camiones que pasaban cargados de heridos…o muertos. Personas vi que con la ropa completamente manchada en sangre se paseaba como en un retrato, fumando, al parecer tranquilas por la plaza. Pregunté a uno que estaba también en la plaza sentado lo más tranquilo, si quien era esa persona que estaba manchada en sangre, y me contestó que era una mesa de billar, al sentir el terremoto. El único edificio que estaba se puede decir en pie es el cine Stornell, hermoso edificio, que salvó su construcción antisísmica.

La noción del tiempo la perdí, solo recuerdo que amanecí cuando nos distribuyeron en pelotones para remover escombros, sacar los heridos, si estaban con vida, y hacer transitables las calles pues no se podía ni siquiera caminar por ellas. En el pelotón en cual estaba yo, se nos encomendó abrir la calle que desemboca en la plaza antes citada. Tenía por compañero a los aspirantes de San Luis, Perozza y Careaga. Dicha calle era la General Acha. A medida que sacábamos escombros aparecían, sombreros y ropa, lo que nos hacía suponer había más abajo muertos, pero para sacarlos necesitábamos grúa. Los escombros de la calle los tirábamos hacia las veredas… a lo que sería vereda Así llegamos frente a un cine, del cual solo quedaba la pared frontal, que estaba en pie no pude explicarme cómo lo cual constituía un constante peligro. Frente a dicho cine se contrataba la Central Telefónica, de donde se estableció la primera comunicación con el resto del país. Al lado de la misma se hallaba un bar, recuerdo que se llamaba Venecia, pues había un letrero en el suelo que así lo indicaba.

Cuando a él llegamos estaban otros compañeros en el trabajo de sacar a un muerto, un cojo, que por lerdo pereció, al cual lo dejaron en la vereda tapado con una cortina... Previamente le saqué del bolsillo interior del saco, no sé para qué, su libreta de enrolamiento; no hacía falta. Estábamos por continuar la tarea, cuando descubrimos, cual una pequeña estatuita india, un pibe, seguramente un lustrabotas, que estaba en una posición algo rara, con un poste encima, sobre la nuca, el muchachito estaba sentado, para descansar mejor en el otro mundo, irreconocible por la cantidad de tierra que tenía encima. El subteniente nos ordenó entonces que lo sacáramos de allí y lo dejáramos en la vereda. Para poder sacarlo teníamos que remover los escombros de manera que quedara libre el poste aquel.

Habíamos quedado solamente tres: Careaga, Perozza y yo. Nos disponíamos a remover los adobes, cuando nos advirtieron unos curiosos, que estaba temblando, efectivamente, estaba temblando, el edificio del cine se movía todo y amenazaba desplomarse encima nuestro, cascotes nos caían encima; bueno, sentí un poquito de “incomodidad” al encontrarme en aquella situación. Menos mal que pasó enseguida la sacudida. Mientras mis compañeros trataban de “solivianar” la parte del tirante que estaba a la altura de la nuca del muchachito, yo sacaba los escombros que el poste lo aseguraba, en esa tarea me encontraba cuando con la pala toqué algo blando; raspé con la pala, sacando la tierra de encima, y vi hilera de botones: me fije bien y era un pobre viejo, bastante gordo por cierto. Les llamé la atención a mis compañeros, los cuales presurosos acudieron. De inmediato nos pusimos a tratar de sacarlo a la calle, pero este daba un trabajo enorme; el gringo Perozza, como tal nomás, con un pico se lo clavó por debajo de las axilas de manera que pasara por la espalda, para así poder “solivianarlo”, pero aun así costaba mucho sacarlo de allí: se hizo entonces un compromiso entre el muerto y nosotros, quien podía más. Al final triunfamos nosotros.

Era bastante pesado el finado, pero había que sacarlo afuera. Yo, para decir verdad, le tenía aprensión, pues estaba completamente destrozado, no se podía saber cuál era espalda y cual el pecho, cual la cara y la nuca, estaba todo descoyuntado.

Mis compañeros dijeron; “Mirá, vos Osan lo agarrarás por las piernas, yo con Careaga de los brazos”, y así lo sacamos. Francamente, no me hacía mucha gracias esa manera, hubiera preferido tener guantes gruesos, pero había muchos mirones, y sacando fuerza de flaqueza, me dispuse, lo tomé por los pies mejor dicho por los zapatos que recuerdo eran colorados, y comenzamos a trasladarlo, los mirones se retiraban al ver aparecer esa mazacote de carne y hueso; en esos momentos comenzó a temblar la tierra nuevamente, pero no con mucha intensidad y tuvimos que abandonar o tirarlo entre los escombros, para salir afuera, donde no hubiera peligro de derrumbe, pasado lo cual, reanudamos con el finado, lo tomamos por las partes estables y continuamos llevándolo al exterior, más uno de los zapatos por el cual lo tomaba se empezó a salir y no me quedó otro recurso que agarrarlo por los tobillos que estaban duros y fríos, así conseguimos llevarlo hasta la vereda donde lo dejamos tapado con una cortina del mismo bar.

Terminando la tarea con ese muerto, nos pusimos de lleno a forcejear para levantar el tirante que aprisionaba al pibe, logrando lo cual lo sacamos a la vereda, donde lo arreglamos, es decir le estiramos las pierna y brazos para que no quedara sentado y se presentara parado ante San Pedro de pie. Aquel viejo y este muchacho constituyeron a mi bautismo de sangre, sí, de sangre, pues quedé todo manchado en sangre: poco a poco se me iba pasando la repulsión y el asco.

Terminaba nuestra primera labor, en contacto directo con cadáveres, así los llamábamos; fuimos a reunirnos con el resto del pelotón, que se encontraba limpiando escombros en una calle, perpendicular a la General Acha. En esas inmediaciones habían negocios de tiendas y ferreterías, en la primera, había zapatos hermosos tirados en la vereda, trajes, cortes de género, etc., que francamente daba pena verlos así. De la ferretería ni siquiera las estanterías estaban en pie: ollas, jarra, tazas, pocillos, platos, viandas y miles de cosas más estaban tiradas en lo que en su época sería la vereda, en esos momentos, un montón de escombros.

Continuamos nosotros removiendo escombros. En eso, un grito desgarrador, nos sobresaltó, era una pobre señora que estaba buscando a su hija, la encontró tapada en una cretona, estaba muerta, le había caído quien sabe cuándo, un pedazo de cornisa en la cabeza, justamente para matarla: “Pobre mi hija, Dios mío, porque hiciste eso, era lo único que tenía en el mundo”, y así continuó esa pobre madre con sus gritos de penas.

En una esquina estaban llorando varios o varias; tenían sendos muertos a quien les dirigían sus llantos de penas y desconsuelo, poniendo en esa como en todas las calles y esquinas pinceladas, mejor y más exacto diré, brochazos de dolor y de tragedia. Sus gritos y lloros eran acusaciones a la fe y a la justicia divina. No podía concebir cómo un Dios tan bueno y tan justo podía haber mandado semejante castigo.

Luego de dejar expedita la calle, nos ordenaron patrullásemos las mismas, sando [sic]heridos o muertos que se encontraran en el interior de las casas, así lo hicimos, cuadros vimos que francamente no creo que el mejor escritor pueda describir haciendo honor a la verdad y justicia a la realidad, lo que allí vimos.

Al pasar por un sanatorio vi gente que se moría, clamando que los atiendan, que los curen, o que los maten, para abreviar su sufrimiento. Heridos graves vi tirados en el suelo y patio exterior del sanatorio que se desangraban, sin vendas ni colchón. No se podía pasar por la calle ni vereda, pues los heridos estaban ocupando todo el espacio. Los pocos y escasos médicos atendían diligentemente a los que podían; no eran suficientes, hacían falta miles de médicos, la gente se le moría por falta de atención, los menos graves tenían que ceder el colchón a los más heridos, gente había que por misericordia pedía [que los] curasen; era inútil, no eran suficientes los médicos y enfermeros. Llegaban camiones cargados de heridos para dejarlos en atención, pero se tenían que ir a otros sanatorios y hospitales pues era completamente imposible atenderlos. Las vidas que se hubieran salvados si ese domingo 16 de enero hubiera habido médicos suficientes. Murieron tantos sin asistencia en ese sanatorio, que deduzco lo que sería en otros, La cantidad de heridos y moribundos tirados en las veredas y calles de ese sanatorio pasarían fácilmente de 300. Los médicos daban preferencias a los más graves, dejando para más luego a los menos graves. En fin esa escena es la que más se me grabó.

Así llegamos hasta una casa antigua donde sus moradores nos pidieron sacásemos a una anciana enferma que había quedado encerrada en una pieza. Fuimos hasta dicha pieza y en el colchón y todo la sacamos. Teníamos que andar con sumo cuidado, y aun así la pobre vieja sufría, y nos recriminaba. Terminando esto, patrullamos todo el resto de la mañana del día domingo 16 las calles, prestando ayuda y auxilio a quienes los necesitaran. Una vez en la plazoleta, hicimos un pequeño almuerzo a base de galletas y asado. Era todo lo que teníamos. Construimos cada uno una carpa particular y descansamos hasta las 3 de la tarde. Nos levantamos a esa hora y arreglamos todo el equipo para dirigirnos al Parque de Mayo donde había acampado el resto de Batería que había llegado en estos momentos.

Aproximadamente a las 17.00 horas y luego de presenciar rostros hambrientos durante el reparto de víveres, salimos hacia lo que fuera la ciudad de San Juan. Patrullamos todo el resto de la tarde, encontrando a cada paso, muertos, desolación y tristeza.

Muertos y muertos por donde quiera que fuéramos encontrábamos eso y nada más.

Los sobrevivientes, francamente no puedo explicarme el estado anímico de que hacían gala. Mas puedo decir, estaban en la calma que procede a la tor menta, sus miradas eran vagas y lejanas, pena y dolor. Todos los demás, tenían una locura en masa, parecían conforme a la voluntad del Creador.

A nuestro pelotón se le ordenó descanso pues habíamos estado trabajando toda la noche anterior y durante todo ese día. Algunos se quedaron dormidos; yo tenía muchísimo deseo de trabajar, y salí de rondín.

El toque de queda era a las 21.00 horas, luego del cual ninguna persona o vehículo podía transitar por la ciudad, salvo aquellos destinados a servicios de sanidad y vigilancia.

La ciudad estaba bajo gobierno militar, ejercía la comandancia el coronel Humberto Sosa Molina, ahora General, la Ley Marcial estaba implantada.

La ciudad estaba completamente a oscuras, ni una sola luz dándole un aspecto tristísimo, solo se podía distinguir ruinas y desolación. Ningún ruido turbaba la calma o tranquilidad de la ciudad fallecida, pues no era otra cosa. De vez en cuando se veían unos faros que eran de alguna ambulancia. De noche solo se escuchaban disparos de armas de fuego, seguramente, un muerto más en la tragedia.

La vigilancia se hacía calle por calle y casa por casa para evitar robos y saqueos. Pues se habían fugado de la cárcel de Marquesado 300 penados, en la confusión del Terremoto.

En nuestra recorrida encontramos cadáveres, a los cuales ya estaban en estado de descomposición [y] había que quemarlos allí nomás, para lo cual había que ocupar, restos de puertas y ventanas, los rociábamos con nafta les prendíamos fuego. El primer cadáver que encontramos y quemamos, me impresionó un poco, más que todo por la tranquilidad de la noche que por la escena en sí. Se sentía el chisporrotear de los leños y el ruido característico con el olor correspondiente y el olor característico a la carne humana asada. El cadáver se retorcía y se movía debido seguramente a la quemazón de sus nervios y músculos y el aspecto que presentaba todo quemado, era realmente horrible. Ese chirriar de los intestinos y fritar de la carne producirme una impresión que con el tiempo y costumbre se fue borrando. Esa noche quemamos varios muertos, pero ya estaba acostumbrado a ello.

Continuamos durante toda la noche con el rondín que encontrar y quemar algunos muertos y el escuchar tiros y ruidos en la oscuridad precedidos del correspondiente: ¡Alto quien vive! Terminaba el patrullaje nocturno a las 6.00 de la mañana, hora en el que regresábamos al Parque de Mayo, donde luego del rancho descansábamos una hora, hasta las 7.30 de la mañana, para comenzar con las actividades del nuevo día que sería igual o peor a los anteriores con más o menos incidentes y más violentas sacudidas; pero ya no había nada que destruir, y la ciudad muerta de San Juan podía jactarse de ser inmovible a los temblores y terremotos, la mayoría de sus hijos estaban a resguardo en parques y plazas, y los otros descansaban en un sueño eterno turbados por la nafta y el fuego.

Empezamos la labor de ese nuevo día lunes 17 de enero organizando las columnas de personas para el reparto de víveres. Se les proveía de carne, azúcar, sal y pan. Además se les daba en las cocinas ambulantes, mate cocido y a las doce se las daba la comida de tropas.

Aun de esa manera, se veía la cara de hambre y de sufrimiento; no era para menos. La gente vivía en carpas y dormía en el suelo, sujetas a las inclemencias del tiempo.

En algunas puertas que quedaban en pie o en las paredes que se mantenían paradas, leía leyendas como estas, escritas por sus moradores “Felizmente, todos bien, estamos en la casa del tío”. “Papa murió, nosotros estamos en el Parque de Mayo”, y así por donde quiera que anduviéramos, escritos con carbón o tiza.

Como para demostrar que era testigo de la catástrofe, Dios. En las tres imágenes, en todas las paredes que estaban en pie, había un crucifijo, un cuadro del Señor, del Sagrado Corazón o demás imágenes colgadas en la pared. Hasta la fecha no puedo explicarme cómo o por qué.

Hubieron escenas que no puedo olvidar como ser aquellas en que los padres, hijos o hermanos, querían presenciar cuando los quemábamos a sus deudos, lloraban callados y mansamente. Queríamos alejarlos, pero nos pedían por favor que los dejáramos presenciar aquello, más impresión nos causaba a nosotros parece que a ellos. Durante el rancho de las 12.00, era dable observar y daba pena o lástima, ver que los niños con los ojos clavados en nuestro plato, no los quitaban de encima, como queriendo decir: “Tenemos hambre, dennos comida”; teníamos que cederles la comida; lo necesitaban más que nosotros. Ya que nosotros disponíamos de alimentos en cualquier momento y ellos no.

Llego así en mi relato al martes 18 de enero[de] 1944. Desde temprano salimos de patrulla haciendo lo que ya constituía una rutina. Esa mañana empero no los podíamos encontrar a los cadáveres tan fácil como días anteriores; para hallarlos debíamos requerir datos a las personas y vecinos, si sabían de algo para hallarlos, de alguna familiar desaparecido, siempre daba arduo trabajo el remover cientos de adobes hasta dar con la persona buscada en completo estado de descomposición, teníamos que utilizar pañuelos o lociones.

Por la tarde recibimos órdenes de requisar todos los vehículos por las buenas o por las malas, a los que luego los conducíamos al campo de concentración para evacuar a toda la población de San Juan, a Mendoza y Departamentos no afectados por el terremoto.

Aproximadamente a las 14.00 horas de esta tarde hubo una sacudida bastante violenta que produjo el derrumbe de las casas que todavía se mantenía en pie, Fue tan intenso el temblor que en los cerros lejanos se veía la polvareda. En las personas produjo más que todo un efecto moral, y en los vehículos una sacudida tan violenta que los tiraba hacia los costados. A mí me sacudió de tal forma el movi miento que me tuve que aferrar a un árbol para no caerme. La gente gritaba presa de desesperación y miedo pues temía algo peor. Menos mal que pasó sin mayores consecuencias.

En el distrito militar se efectuaba la tarde del terremoto una fiesta, homenajeando a los soldados que se iban de baja, lo hacían en un patio cerrado, llegó el terremoto y creo que apenas 2 personas nada más se salvaron, el resto se quedó bajo ruinas; de ese lugar sacamos 2 soldados muertos y destrozados. Tuvimos además que sacar de allí todos los papeles y archivos del mismo. Un mayor del Ejército estaba allí controlando. Había perdido a su madre.

En una casa de la cercanía nos dijeron que había quedado sepultada una señora: luego de arduas tareas dimos con la pobre mujer, estaba debajo de tres metros de escombros. Recuerdo que al sacarla, yo le tomaba de las manos, su cabeza contra el suelo, y el ruido que producía era el de una pelota de trapo. En esa misma cuadra sacamos de los escombros a un viejito escribano de apellido Garay. En la casa de la cual sacamos a la señora recuerdo que había una pajarera enorme, los canarios cantaban, le abrí las puertas para que salieran y gozaran del espectáculo. Una puerta mecida por el viento hacía ruido como en las películas de terror y francamente me impresionó bastante; patrullé luego hasta la noche sin mayores novedades.

Esa noche salimos de rondín, continuamos quemando muertos, que encontrábamos en las calles o veredas, y el espectáculo que se veía era digno de los infiernos del Dante. Se escuchaban a la distancia disparos de armas reglamentarias. Los ruidos eran sofocantes con tiros y al otro día seguro encontraríamos otros muertos más entre los muchos provocados por el terremoto. Hasta aquí llego en mi narración del día martes y comienzo del miércoles 19 de enero [de] 1944.

Desde el miércoles 19

Por la mañana, cosa rara, no logramos encontrar ni un solo muerto. Eso sí, había en la cuidad una fetidez tal que la gente tenía que taparse la nariz con sus pañuelos, pues era inaguantable el olor a carne humana en descomposición. Por la tarde fuimos a un asilo donde luego de remover escombros por varias horas, logramos sacar a cuatro monjitas y a una anciana, en un estado tal de descomposición que no se podía trabajar decentemente sin llevarse un pañuelo a la nariz. Los gusanos andaban por encima de la cara de las monjitas por montones. Juntamos leña y con bastante nafta y madera empezamos a quemarlos. Se levantaban llamaradas oscuras por el humo producido por la ropa y la carne descompuesta con un olor que… ¡bueno!

Esa noche del miércoles 19 salí nuevamente de rondín, llegué hasta la plaza 25 de Mayo, en momento que se producía una fuerte sacudida. La gente que dormía se levantó sobresaltada, las madres abrazaban a sus hijos y estas gritaban: “¡Mamita, Mamita, agárrame que está temblando!”. Era que el miedo se había apoderado de sus mentes y adueñado de su coraje. Para colmo después de la sacudida comenzó a llover fuertemente empapando a la gente que se hallaba en la plaza sin resguardo.

Según datos dados por los observatorios, en San Juan se pro ducían matemáticamente movimientos sísmicos cada cinco minutos; unos de gran intensidad, otros de menos, los más pasaban desapercibidos para la gente pero no para las agujas del sismógrafo.

El día miércoles llego el general [Pedro Pablo] Ramírez a San Juan.

Y llego así pasando por muchos pasajes que escapan a mis recuerdos, hasta el jueves 20 jueves de enero. Por la mañana salimos a patrullar las calles y a remover escombros, íbamos para variar en un camión recolector de basura, que tenía el piso completamente sucio, con sangre de quién sabe cuántos muertos y en todavía, se vean intestinos y carne humana. Las moscas estaban de fiesta y el olor del camión era insoportable; cuando pasaba por las calles, el viento que dejaba, hacía que la gente se asqueara, pero nosotros se podía decir que habíamos perdido el olor o el olfato ante esos olores nauseabundos. Luego de buscar cadáveres por todos lados sin encontrarlos, llegamos hasta la iglesia de Concepción, donde según todos, había muchísimos cadáveres sepultados bajo los escombros. Entramos en lo que su época fuera una Iglesia, y de entrada nomás hallamos un muchachito de unos14 años que estaba horriblemente destrozado, lo sacamos hasta el claro y lo quemamos.

Pero el principal objetivo nuestro era rescatar el cuerpo de unos curas y unas novias que habían quedado sepultados allí, pues se realizaba un casamiento doble cuando se produjo el terremoto, quedando sepultadas más de 200 personas. Esta era una iglesia antigua, esas de paredes anchas, toda la construcción de adobe, luego del terremoto digo, no quedó con absoluta fidelidad a la verdad ni una sola pared en pie, de manera que se podía precisar la enorme cantidad de víctimas que en ella había.

Todo nuestro trabajo debía concretarse a rescatar el cuerpo de los curas que oficiaban la ceremonia; por lógica ya sabíamos a donde buscar, por la parte próxima del altar y comulgatorio. Comenzamos las excavaciones y moscas comenzaron a salir, pero para estar más seguros, donde olíamos a fetidez allí metíamos pico y pala. Mientras más cavamos el olor se hacía cada vez más fuerte e insoportable, de forma que tuvimos que utilizar los pañuelos empapados en loción pero ni aun así se podía soportar. Luego de cavar y remover dos metros de escombros, al grito de “aquí hay algo”, nos dispusimos a limpiar ese sector, efectivamente había algo, se sacó la tierra de encima y lo que vi y sentí era algo atroz; uno de mis compañeros había pinchado con una pala a un cuerpo, razón por la cual brotaba sangre y gusanos, el olor era tal que tuvimos que retornarnos lejos para no descomponernos y caer redonditos, Pero teníamos que sacar los cuerpos, para eso nos dispusimos a trabajar en turnos de tres minutos, una vez limpio de sangre, se individualizó como al cura, por la ropa y las disposiciones de los botones.

Para sacarlo la tarea no fue menos penosa, pero al final lo conseguimos sacar y colocarlo encima de una puerta que servía como angarillo, lo llevamos al exterior del pozo y lo dejamos allí, para luego proceder a quemarlo. Mientras tanto seguimos buscando al otro cura, otros aspirantes buscaban leños. Volvíamos al pozo y enseguida encontramos a una novia, que también se encontraba en estado de descomposición y desesperante fetidez. Sus dedos se hallaban crispados y a través del guante se veía el anillo. Encima de la novia se encontraba el cuerpo de, no se puedo establecer si era el cuerpo del otro cura o del novio, a lo cual los llevamos al mismo lugar a donde dejamos el otro cuerpo.

Estábamos en esa tarea cuando un hermano del cura gritaba y pedía que lo dejáramos ver a su propio hermano, pese a los ruegos y súplicas, se le concedió solamente verlo de lejos, pero se empecinaba en que lo dejásemos presenciar cuando lo quemásemos, pero no se le permitió.

Procedimos enseguida, no recuerdo si estaba el Obispo que le dio las bendiciones pertinentes a los 3, a quemarlos, la novia, el cura y el otro, que como dije, no se podía establecer si era el cura o el novio. De todo lo que hice en San Juan, nada fue tan horrible y penoso comparado con este episodio de la iglesia de Concepción.

De allí salieron descompuestos varios aspirantes, dos cabos y un oficial, y no era para menos. Promediaban las 11 de la mañana cuando nos dirigíamos al Regimiento 3 de Artillería, que queda en Marquesado para bañarnos, pues ni los oficiales, ni nosotros mismos podíamos soportar el olor de que estábamos impregnados, Allí nos proveyeron únicamente medias con lo cual no hicieron nada, pues seguía nuestra ropa hediendo.

De regreso al Parque de Mayo, almorzamos no sé cómo, pues los chistes alusivos a los hechos de la mañana y el olor de las ropas no permitían comer. Por la tarde nos dieron, menos mal, ropa de marinero, con la cual cambió nuestro aspecto y presencia, que no se hacía notar como antes, pues cuando nos aproximábamos a alguien o nos retiramos, dejábamos vaos [sic, por vahos] bastantes desagradables por cierto, haciendo exclamar: “Salir de acá, estas hediendo a muerto”.

Esa tarde nos dijeron que íbamos a ir a visitar el cementerio. Llegamos a él, y el espectáculo que presenciamos era espantoso: todos los cuadros de nichos o covachas, los mausoleos y todo monumento funerario, tumbas, etc. estaban completamente destrozado, los cajones tirados, rotos; se podían ver los restos humanos; en fin todo era ruina y fetidez. Los cajones mostraban su contenido, un mazacote de huesos y carne como picadillo, con ese jugo característico. Lo único que quedaba de los cajones, era su armazón de zinc, otros tenían cabello largo, uñas largas y todos amoratados. En fin, era un espectáculo horripilante. Pero ese no era nada. Sí, eso no era nada, así lo dije yo y así nos dijeron los oficiales, el cap. Roberto Martínez Pita: “Esto no es nada aspirantes, pasemos más adelante, que esto lo dejamos para más luego”.

Entramos más hacia adentro pisando los cajones y entre los muertos y llegamos hasta una esplanada donde lo menos que habrían serían mil muertos, en un estado tal que no los puedo describir.

Eran todos aquellos que nosotros creíamos quemarlos, y que en realidad, apenas si los asábamos y que luego los tiraban así nomás los camiones recolectores en esa parte del cementerio. Los que vieron, eso que se llama atrocidad de los nazis con sus prisioneros deben de saber que eso quedaba chiquito con el espectáculo de más de dos mil muertos tirados por todas partes, chamuscados y asados, con parte de los componentes del cuerpo humano.

Había una fetidez tal, que se podía estar, todo el piso mojado en sangre, las moscas y los gusanos volaban en toda la extensión. En fin era algo inenarrable.

El oficial nos dijo que el día siguiente, el viernes, comenzaríamos con el trabajo ese. Y que para los días subsiguientes, consistiría nuestra labor, en tirar en un pozo de 100 metros de largo, 15 de hondo y 10 de ancho todos los cajones que estuvieran rotos o en mal estado que eran la gran mayoría, en una palabra.

Estábamos al tanto de nuestra labor del día siguiente que consistía en hacer una sola pila, un gran monte con los cuerpos sin cajones que dije que sumaban cerca de dos mil, y que se hallaban desparramados, rociarlos con fueloil y leños de ferrocarriles, y hacer una gran hoguera o inmensa quemazón de tal manera que solo quedaran cenizas.

Al día siguiente viernes 21 de enero de 1944, provisto ya con máscaras antiguas, nos dirigimos al cementerio a realizar la macabra tarea de amontonar muertos.

Entramos hasta aquella parte y desde lejos ya tuvimos que ponernos las máscaras: había un olor tal que no se podía aguantar, una fetidez tal que revolvía todo el estómago. Las moscas y los gusanos en cantidades, asentándose en nuestra ropa y diferentes partes del cuerpo, que tuvimos que retroceder, para tomar alimento. Doblamos el birrete de manera tal que nos tapara hasta las orejas; por encima de las máscaras, nos colocamos los guantes para esa ocasión llevamos y que nos cubría hasta los codos y ya decidimos enfrentarnos a esa masa olorosa.

Comenzamos con los cadáver más dispersos, llevándolos hacia dónde íbamos a hacer el montón. A medida que avanzamos en esa dirección nos hundimos hasta los tobillos, en un fango de jugo de carne humano y pozos de la mismas materia.

El trabajo era intenso y agotador debido a que las máscaras son buenas para tenerlas puestas pero no para trabajar con ella, de manera que cada tanto teníamos que recuperar aliento y el ritmo de la respiración pues nos ahogamos, debido a la falta de oxígeno puro.

Aun con máscaras el olor era tremendo y tendía poco a poco a descomponernos. Pero había que sobreponernos a todo ello para terminar cuanto antes.

Los cadáveres estaban diseminados en tal forma que para poder trabajar bien, era necesario, muchas veces apartar los brazos sueltos, cabezas y demás partes del cuerpo humano con el pie mediante patadas.

A los cadáveres de la gente que estaban completos, los tomábamos dos aspirantes, uno con el pico lo clavaba de la espalda y el otro con la pala lo sujetaba a la altura de las piernas, y así los íbamos trasladando hasta el gran monte. Intercalábamos muertos con capas de leños gruesos de manera tal, que luego pudiera quemarse hasta reducir todo a cenizas, rociábamos esas capas con fuel-oil. A través de la careta nos veíamos todos sudorosos tanto por el calor que hacía como por la fetidez existente.

Después de más de una hora de trabajo intenso, logramos hacer una inmensa pila, a lo que tapamos completamente con leños o rollizos del ferrocarril, y rociamos todo nuevamente con petróleo.

Al prender fuego a eso, se elevó una inmensa llamarada negra, espesa y profundamente nauseabunda. Los gusanos volaban y se asentaban encima de nuestra ropa, eran de un color grisáceo, pequeños, pero repugnantes. Terminando de quemarse ese montón y comprobando que no quedaran restos sin incinerarse, nos retiramos del cementerio y nuevamente nos tuvieron que llevar a bañarnos y cambiar de ropa.

El baño nos lo daban de manera muy original. Un camión regador provisto de manguera con chorro a presión graduable, nos propinaba el baño, en un galpón de zinc con dos grandes puertas, dicho galpón era del mismo cementerio, salíamos de una puerta y nos recibían los chorros de agua de gran fuerza.

Por la tarde regresamos al cementerio para proceder a tirar a esa gran fosa todos los cajones en mal estado. Para ser franco y sincero, nosotros tirábamos a la fosa, como el infierno mismo se encontraba.

A los cajones para ser trasladados los pasamos por dos maderas resistentes, por debajo a la altura de la cabeza y los pies. Los llevábamos de a cuatro. Los cajones que de tal, solo tenían la armazón de zinc, los teníamos que llevar de a cuatro; los menos pesados los trasladábamos de a dos aspirantes por cajón. Los que querían hacer menos pesada la labor se dedicaron a tirar al fuego los cajones de los angelitos, es decir de niños de meses y pocos años.

Había un salteño, un aspirante amigo mío, que siempre iba algo bebido, nunca tenía agua en su caramañola solo llevaba coñac y vinos del 800; este salteño que se llamaba Rivas, más conoce de nosotros como el Chueco Rivas, más le gustaba enseñar anatomía con los huesos que sacaban del interior de los cajones, exponiéndose el muy bruto a cuantas pestes, al tomar sin guantes esos huesos. Luego de finalizar el trabajo de la tarde que lo hacíamos de 15 a 16,30 horas, nos bañábamos en la forma ya descripta anteriormente, y por sorteo se procedía a dejar dos aspirantes para que hagan guardia toda la noche en las inmediaciones de cementerio, para evitar robos y saqueos. Así me iba salvando de las guardias hasta que me tocó a mí efectuarla. No creo que haya tenido guardia peor en mi vida que esa noche. De noche se sentían ruidos, por los cuales, no tenía el menor interés en averiguarlo, seguramente serían perros con hambre… o qué se yo, la cuestión es que una noche espantosa, no cerré los ojos en toda la noche. A mi compañero le sucedió algo igual o parecido. Hasta que al fin llegó la claridad del nuevo día, y la tranquilidad para nosotros.

A las 7 de la mañana comenzamos a trabajar hasta las 11.30 horas. Era el día sábado 22 de enero. El trabajo ya se hacía en forma rutinaria salvo algunas veces llegaban personas con autorizaciones del Juez Federal, para retirar los cajones de sus deudos, antes que lo tiren al fuego, para llevarlos al Cementerio de Pocito y otros departamentos.

Hubo un caso que no puedo olvidarme. Una mañana fue una señora y ofreciéndonos dinero nos pidió le entregáramos un cajón, es decir quería sobornarnos, no llevaba autorización judicial, hacía grande demostraciones de pena y dolor por que le entregamos el cajón. Pues luego de llorar un rato dijo: “Y pensar que me costó tanto dinero el cajón, que era de lo mejor que había”, se afligía por el cajón y no por el cuerpo, que según ella era de su marido.

A un muerto tuve que enterrarlo y desenterrarlo más de tres veces, se trataba de un farmacéutico de apellido Valentino; recuerdo su nombre porque al final, cuando lo enterramos por última vez, yo le puse el nombre en la cruz de su tumba. Este es un caso interesante.

Estaba este señor en el mostrador de su farmacia la noche del terremoto; cuando sintió a este rápidamente salió a la calle para salvarse, pero apenas traspuso la puerta, le cayó un pedazo de cornisa justamente en la cabeza, lo necesariamente certero para matarlo. En la farmacia y estantería se cayó solo un frasco. No hay caso, es el destino.

La familia lo enterró en el fondo de la casa para salvarlo de la quemazón, pero pronto comenzó a despedir olor y entonces los vecinos denunciaron la existencia del finado, con lo cual se lo desenterró de la casa y lo llevamos al cementerio a la parte exterior, pero de allí también hubo que desenterrarlo y trasladarlo a otro sitio donde lo dejamos sepultado, pero como este señor era de posición buena, es decir acomodado, los familiares pidieron lo enterraran en otra parte, así lo hicimos y allí lo dejamos.

Durante los días 22,23, lunes 24 y martes 25 hicimos el mismo trabajo que en los anteriores es decir sacar cajones y tirarlos al fuego. Los descansos de la tarde los hicimos comiendo fruta de una quinta vecina.

El miércoles 26 se formó a todos los aspirantes para felicitarlos por el coronel Humberto Sosa Molina, por el celo y concentración en el trabajo y al sacrificio puesto en evidencia durante los días de permanencia en San Juan.

A los 8 de la mañana nos embarcamos por el F.C. Pacifico con destino a Mendoza. Al llegar a esta y desfilar por sus calles la gente nos aplaudía. Y ese fue el único premio que recibimos.

Pensábamos en dormir bien una vez en nuestro cuartel, debido a que en San Juan lo hacíamos en el suelo pelado, pero, ingrata sorpresa, no teníamos colchones, los habían llevado al Hospital Central, para los heridos sanjuaninos.

Aquí termino, pasando por alto muchos detalles y pormenores, mi relato “Mis diez días en San Juan”. –

Jujuy, Junio 2 de 1946. Félix Osan

(Fuente: Revista Legado N°14 del Archivo General de la Nación)

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