Cuando a muchos les sorprende y hasta le parece una locura, muchos trabajos que se consideran extintos -o casi- todavía siguen vigentes en San Juan. Son contadas con los dedos de una mano las personas que se ganan el pan de cada día atendiendo un locutorio o siendo lustrabotas, pero para Miguel Avellaneda y Héctor Peña la necesidad y el respeto por el esfuerzo de años y las tradiciones son los motores para seguir al frente.
Hay muchas coincidencias entre los entrevistados. Comenzaron desde muy chicos. Miguel ayudó a su padre Ángel en los primeros años del locutorio -ubicado en calle General Acha casi avenida Libertador- y Héctor salió a la calle durante su adolescencia, con cepillos, pomadas y el botinero en mano. “Desde chico y gracias a Dios todavía sigo haciendo esta labor”, dijo. Por el paso del tiempo, deben reinventarse constantemente y admiten que son pocos quienes se dedican a sus respectivos trabajos, es más, hay escasas esperanzas que las futuras generaciones ocupen sus lugares por un sinfín de justificativos.
Para Héctor, ser lustrabotas siempre fue más que un trabajo. Es una pasión y una forma muy digna de llevar el mango a la casa. Impecable, de camisa y zapatos, se acomoda en diferentes rincones del microcentro sanjuanino, sobre todo cerca de las cafeterías. Uno de sus lugares favoritos es la escalera de un famoso hotel de avenida Ignacio de la Roza casi General Acha.
“¿Por qué hay tan pocos lustradores de zapatos?”, fue la consulta de este medio. Héctor siempre bromea con su oficio, al mencionar que él lo ha exterminado. Para Peña, depende del estilo de vida de cada provincia o país, del “progreso de cada sociedad”. Las modas también influyeron, hecho reflejado cuando se buscó algún señor con zapatos y un 99% de los transeúntes andaba de zapatillas. Por este motivo, el trabajador no mira de reojo cuando debe limpiar este tipo de calzado, sin lugar a dudas el más utilizado en la actualidad.
A pesar de honrar su trabajo, desea que sus hijos no sigan sus pasos. Es padre de seis “míos” y tres “del corazón” y quiere que se reciban de carreras universitarias. Tiene un sueño: le gustaría ver a uno de sus pequeños -algunos ya grandes- siendo ingeniero aeronáutico. A pesar de honrar su trabajo, desea que sus hijos no sigan sus pasos. Es padre de seis “míos” y tres “del corazón” y quiere que se reciban de carreras universitarias. Tiene un sueño: le gustaría ver a uno de sus pequeños -algunos ya grandes- siendo ingeniero aeronáutico.
El locutorio que don Ángel Avellaneda arrancó en 2001 lo siguió Miguel. Admite que el boom por este negocio ya pasó de moda hace un tiempo largo. El momento de reinventarse constantemente llegó hace 10 años. Tuvieron nueve cabinas telefónicas, pero el feroz advenimiento tecnológico produjo que el número se redujera a cinco. Hasta se vio obligado a poner un kiosco dentro del local para no padecer la crisis de dicho sector.
Durante la entrevista llegó la pregunta del millón: ¿todavía hay gente que va al locutorio? Para sorpresa de muchos, incluyendo este medio, el encargado del local respondió con un sí. Hay tres tipos de clientes fijos: los adultos mayores que no se adaptaron a los smartphones, las víctimas de robo en pleno centro -llaman desde allí para denunciar extravíos de documentación, tarjetas y celulares- y extranjeros -principalmente venezolanos y chilenos-.
En el locutorio todavía hay guías telefónicas y tres computadoras. Prácticamente no se usan, admitió Avellaneda. En el locutorio todavía hay guías telefónicas y tres computadoras. Prácticamente no se usan, admitió Avellaneda.
El locutorio no solamente sigue vigente porque deja ganancias, aunque cada día cuesta más sostenerlo. Para Miguel es muy importante la tradición que su padre le dejó y la cual continúa con parte de su familia, quienes trabajan en el local.
Cuánto cuesta cada servicio
Héctor no tiene un precio fijo. Depende de la voluntad y el bolsillo de cada cliente. En promedio, llega a recibir entre 1.500 y 2.000 pesos por cada persona que pasa por su botinero. Todo sirve para seguir trabajando, a pesar de que “está más difícil”. “Por la bendición de Dios siempre salgo adelante”, finalizó.
Por otra parte, el minuto de las llamadas locales ronda los $200 en el locutorio céntrico, mientras que para comunicarse al extranjero hay que abonar cerca de $500 por los 60 segundos.