Julio Gómez es sanjuanino. Y esa palabra, en su historia, no es un dato: es una forma de estar en el mundo.
Para continuar, suscribite a Tiempo de San Juan. Si ya sos un usuario suscripto, iniciá sesión.
SUSCRIBITENació en San Juan, manejó micros por todo el país y en 1997 un accidente entre San Luis y La Petra le cambió la vida para siempre. Julio Gómez salvó a 40 pasajeros, estuvo seis meses en coma y quedó con una discapacidad motriz. Hoy, jubilado y con bastones, acaba de terminar la secundaria
Julio Gómez es sanjuanino. Y esa palabra, en su historia, no es un dato: es una forma de estar en el mundo.
Nació en Concepción, San Juan, el 23 de agosto de 1960 y creció entre estudio, trabajo y responsabilidad temprana. A los 18 años, como tantos jóvenes de su generación, hizo el servicio militar. No estuvo en Malvinas, pero durante la guerra de 1982 custodió la frontera entre San Juan y Chile. Cumplió.
Años después, su vida transcurría sobre rutas largas. Era chofer de micros de larga distancia, un oficio que se aprende con paciencia y reflejos, pero sobre todo con carácter. El 15 de mayo de 1997, saliendo de San Luis, entre Río Quinto y La Petra, ese carácter fue lo único que lo sostuvo.
Un camión con acoplado lo sobrepasó y se cerró de golpe. Pasó a centímetros del parabrisas. Tocó la banquina y volcó. Julio frenó, maniobró, eligió el impacto. “Hice una V”, explica. Lo hizo para frenar más, para ganar tiempo, para salvar vidas. Chocó del lado de su cuerpo para proteger a su compañero.
Quedó aprisionado 45 minutos dentro del micro. Las piernas destrozadas. El dolor imposible de describir. Aun así, pensó primero en los demás. Preguntó por los 40 pasajeros. Les pidió que rompieran los vidrios, que salieran con cuidado, que no se lastimaran.
Cuando lograron sacarlo, lo sentaron en el asiento trasero. Después, en la ruta. Una Rastrojero lo llevó al hospital. Perdió 4 litros y medio de sangre. Lo reanimaron tres veces. Estuvo seis meses en coma.
Cuando despertó, no entendía nada. Buscaba el camión. Veía sueros, tubos, oxígeno. Intentó sentarse. Le dijeron que no se moviera. Que estaba vivo. Que se había salvado.
Pero salvarse no fue el final. Fue el comienzo.
Lo trasladaron al Hospital Italiano de Mendoza. Años de cirugías. Operaciones larguísimas. Infecciones. Internaciones que se repetían. La pierna izquierda con el fémur roto en ocho partes, músculos desgarrados, huesos expuestos.
Lo más duro no fue el dolor físico. Fue aceptar la palabra: discapacidad. A su esposa le dijeron que no iba a caminar más, que usaría silla de ruedas de por vida. Julio escuchó. Y decidió intentarlo igual.
Aprendió de nuevo. A sentarse. A pararse. A mover músculos que ya no respondían. Electrodos, máquinas, fisioterapia, noches interminables. Pasó de la silla de ruedas al corralito, del corralito a bastones, hasta llegar a los bastones canadienses que usa hoy.
En Mendoza formó su familia. Está casado con Graciela Luisa Barrio, mendocina, su compañera desde la adolescencia. Tuvieron tres hijas, hoy adultas, y tres nietos. Cuando ocurrió el accidente, las niñas eran muy pequeñas. “Ellas fueron el motor”, dice.
Ya jubilado, cuando parecía que todo estaba dicho, apareció una deuda silenciosa: la secundaria inconclusa. Un vecino le habló de una escuela nocturna. Julio buscó papeles viejos de su paso por un CENS en San Juan. Se anotó. Empezó. No faltó una sola noche.
En un año y medio, terminó la secundaria. El día de la graduación fue escolta de la bandera.
Después intentó ingresar a la universidad. Rindió, estudió solo, llegó a recuperatorios. No alcanzó el puntaje. Pero no se arrepiente. “Es bueno estudiar. La cabeza se mantiene viva”, dice.
Hoy, Julio Gómez camina con bastones. Vive entre recuerdos, familia y proyectos simples. Y deja un mensaje que suena sanjuanino de punta a punta: seguir, aunque cueste. Cumplir, aunque duela. No quedarse quieto.
