El legado de don Domingo, el "loco" autodidacta que marcó una huella en el patrimonio sanjuanino
Investigador incansable y creador del Museo Einstein, Domingo Castro dedicó su vida a explorar, documentar y difundir el pasado paleontológico y arqueológico de San Juan. Hombre sencillo, quedará latente el recuerdo de quienes lo veían viajar en colectivo. Entre teorías disruptivas, una colección reunida a pulmón y una vocación sostenida en soledad, dejó un legado cultural que hoy vuelve a ser valorado tras su muerte.
Para muchos fue “el loco” de las cavernas de Zonda. Para otros, un sabio inclasificable que hablaba sin pausa, mezclando ciencia, espiritualidad y humor, mientras señalaba las paredes de roca como si fueran páginas abiertas de la historia. Domingo Castro murió el pasado lunes, pero dejó detrás algo mucho más grande que un personaje pintoresco: una vida entera dedicada a investigar, reunir y compartir el pasado paleontológico y arqueológico de San Juan, casi siempre en soledad y con escaso apoyo oficial.
Creador y director del Museo Einstein, instalado en antiguas cavernas de Zonda, Castro fue un autodidacta que nunca renegó de los rótulos que le imponían. No le molestaba que lo llamaran “loco”; entendía que pensar distinto suele incomodar. Su legado se mide en libros, piezas, relatos y en una forma de entender el conocimiento como algo que debía circular, no guardarse.
Silvia Manzini, presidenta de la Asociación de Museos Privados de San Juan (AMUPRI), explicó que el eje central del legado de Castro fue su investigación constante y sostenida a lo largo de toda su vida. Señaló que recorrió y estudió distintos departamentos de la provincia, como Rivadavia, Calingasta y Zonda, siempre con la misma obsesión: descubrir, interpretar y dejar registro.
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Desde AMUPRI destacaron que, si bien Castro no tuvo formación académica tradicional, su condición de autodidacta lo ubicó en una larga tradición de investigadores que hicieron aportes significativos a la ciencia desde fuera de las instituciones formales. Manzini remarcó que uno de los mayores valores de su trabajo fue que todo lo que investigó quedó documentado por escrito, en libros y publicaciones que hoy permiten reconstruir su pensamiento y sus hallazgos.
Publicar sus investigaciones no fue tarea sencilla. Manzini recordó que muchas veces Castro no contaba con dinero para editar sus libros, por lo que debió recurrir a distintas estrategias: desde aportes propios hasta ayudas de amigos o instituciones, como la Fundación de la Cámara de Diputados. Aun así, nunca abandonó la idea de dejar constancia escrita de su trabajo, convencido de que el conocimiento debía quedar accesible.
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Desde la institución también acompañaron su lucha por el respeto de su colección, especialmente en épocas en las que no siempre se conocía o aplicaba la Ley 1801 de protección patrimonial. En ese sentido, AMUPRI actuó como respaldo institucional y jurídico frente a situaciones de avasallamiento que afectaron a colecciones privadas.
El hombre detrás del personaje
Más allá del investigador, quienes lo conocieron destacan su vida austera y su humildad. Manzini lo describió como un hombre sencillo, que se movía en colectivo, no tenía teléfono y cuya comunicación muchas veces se daba de manera casual, en paradas de ómnibus o encuentros fortuitos. Vivía prácticamente en la cueva donde funcionaba el museo, acompañado por perros y gatos, ajeno a las comodidades y al dinero.
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Desde AMUPRI señalaron que, al menos, queda la tranquilidad de haberlo reconocido en vida, cuando fue declarado personalidad de la cultura, un homenaje que lo llenó de felicidad. Para Manzini, Castro no buscaba otra cosa que aportar a la comunidad, compartir sus investigaciones, su museo y su conocimiento, especialmente con los chicos, aun cuando la ayuda estatal fue mínima.
“Estas no son montañas, es fondo de mar”
Quienes visitaron el Museo Einstein recuerdan una escena repetida. Castro recibiendo a los visitantes con una explicación que desafiaba lo establecido. Sostenía que las montañas de Zonda eran, en realidad, antiguos fondos marinos de hace más de 550 millones de años, y se divertía observando las reacciones de sorpresa.
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Hablaba sin pausas, mezclando paleontología, arqueología, religión, metafísica y humor. Se asumía como autodidacta y se comparaba con figuras históricas que se hicieron a sí mismas. Decía haber escrito más de una decena de libros y sostenía teorías que iban desde la presencia de extraterrestres en culturas originarias hasta desarrollos propios en matemática, genética e informática.
Un museo hecho “a pulmón”
El Museo Einstein, bautizado así por su admiración por Albert Einstein, funcionó en un túnel de más de 100 metros, construido entre 1920 y 1933. Allí, Castro reunió una colección de alrededor de 14.000 piezas, aunque solo una parte podía exhibirse por falta de espacio y vitrinas.
El museo contaba con materiales paleontológicos, arqueológicos y antropológicos: fósiles marinos, piezas indígenas, meteoritos, animales disecados, petroglifos y restos de culturas originarias. Muchas de esas piezas fueron halladas por él mismo en más de 250 expediciones; otras llegaron como donaciones.
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Castro aseguraba que todo lo que había reunido estaba destinado a la provincia, convencido de que el patrimonio debía quedar para los sanjuaninos y no convertirse en un bien personal.
El agradecimiento a Castro por su trabajo inagotable
Las muestras de afecto tras su muerte reflejaron el impacto de su figura en distintos ámbitos. Cristian Piedrahita, responsable técnico de Área Protegida de la Secretaría de Estado de Ambiente, lo definió como un hombre de paciencia infinita, carisma y un conocimiento que siempre estaba dispuesto a compartir. En un extenso recuerdo personal, evocó largas charlas con Castro en el Museo Einstein, su capacidad para relatar teorías e hipótesis sorprendentes y su vida austera, esperando el colectivo al costado de la ruta para volver a la ciudad.
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Piedrahita también resaltó el valor de la colección que Castro logró reunir tras años de esfuerzo y vocación inagotable, con piezas de paleontología y arqueología de enorme valor para San Juan. Señaló que siempre recomendó visitar el museo que sostuvo “a fuerza de pulmón”, mientras aguardaba una ayuda que nunca llegó, y expresó el deseo de que este sea el momento para impulsar definitivamente su legado y cumplir su sueño de un museo accesible para toda la comunidad educativa.
El periodista y abogado Ernesto Lloveras también lo despidió públicamente, recordándolo como un apasionado de la ciencia y el conocimiento, un autodidacta disciplinado y autor de numerosas teorías, cuya colección fue el corazón del Museo Einstein.
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Desde el Museo Manzini y AMUPRI, en tanto, expresaron su pesar por la pérdida de Domingo Rufino Castro, a quien definieron como un investigador autodidacta destacado, fundador y director del Museo Einstein y uno de los impulsores de la red de museos privados de la provincia. Recordaron que fue distinguido en septiembre de 2024 por ADIMRA por sus conocimientos y servicios a la cultura, y que su ejemplo seguirá inspirando a futuras generaciones.