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En Pocito

El doloroso ocaso de la "casa de corcho" y la bodega La Niña Bonita

Conocé la historia de esta casona que es patrimonio histórico y cultural pocitano, aunque sin declaración oficial y sin protección.

Por Viviana Pastor

Aunque quiera pasar desapercibida por sus colores de tierra, la casa de corcho atrapa y enamora con su estilo señorial. Ningún vándalo pudo quitarle su belleza. La centenaria bodega la circunda y juntas forman una unidad que es patrimonio histórico y cultural de Pocito, aunque sin declaración oficial y sin protección.

Caminando sobre las viejas piletas vínicas de cemento, la mayoría sin tapas, uno puede imaginar el movimiento frenético de los obreros yendo y viniendo en sus días más intensos, durante la cosecha.

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Quedan en pie, a pesar de los terremotos, las paredes externas de adobes de más de 60 centímetros de ancho, y la inconfundible fachada que combina dos ángulos y un arco que identifican las tres naves de piletas. Toda esta estructura hoy se encuentra sin el techo que otrora solía tener.

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Son los restos de la bodega “La Niña Bonita”, sobre calle 11 antes de Vidart, en el departamento Pocito, y cuyos orígenes resultaron difíciles de rastrear ya que su historia no fue incluida en los libros vitivinícolas de la provincia.

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Las paredes externas de adobes de la bodega siguen en pie.

Las paredes externas de adobes de la bodega siguen en pie.

La punta más certera de la historia fue una nota publicada el Diario de Cuyo en 2007 según la cual Fortunato Devoto (hijo del inmigrante italiano del mismo nombre) fue quien desarrolló esa estancia que había comprado su padre en Pocito y que incluía todo el predio donde hoy funciona el INTA.

Fortunato Devoto (padre), llegó a Argentina en 1856 desde Italia con solo 15 años; y fue quien fundó, en 1888 la ‘Colonia del Trabajo y Pueblo’ en Córdoba, que luego del paso del ferrocarril pasó a llamarse Estación Devoto, en memoria de su fundador.

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Fortunato Devoto en la tapa del libro “Vida, obra y pensamiento del fundador de Colonia del Trabajo y Pueblo Devoto- Córdoba, Argentina”.

Fortunato Devoto en la tapa del libro “Vida, obra y pensamiento del fundador de Colonia del Trabajo y Pueblo Devoto- Córdoba, Argentina”.

Ese Devoto envió a San Juan a su hijo a administrar los nuevos campos adquiridos. Acá, Fortunato (h) se casó con María Villegas con quien formó la familia que lo asentó en la provincia.

El profesor Guillermo Collado, experto en genealogía, señala que el fundador de la bodega tuvo dos hijos: Lucrecia Devoto, y Julio Devoto, éste último corría carreras de autos y era conocido como ‘Ampacama” Devoto, ambos fallecidos. “Lucrecia no tuvo hijos, y el hijo varón sí tuvo descendencia”, asegura.

Fortunato, hijo de Julio, cuenta en la nota mencionada que conoció a su abuelo: “le gustaba mucho San Juan. Era bajito, muy tranquilo, dedicado a su trabajo. Invertía su dinero comprando cuadros y barcos, porque también tenía propiedades en las islas del Tigre, en Buenos Aires. Viajaba mucho”.

El primer Devoto asentado en Pocito hizo crecer sus viñas y comenzó a construir la bodega (que después fue ampliada), convirtiéndose en un personaje tan destacado que llegó a ser intendente del departamento.

Después de vender la bodega de Pocito, Devoto compró más de 400 hectáreas en La Laja, Albardón, donde tenía sus propias aguas termales, de las que era fanático. Murió a los 81 años, en Río Hondo, donde había ido a disfrutar los baños termales.

Ya no quedan descendientes de Devoto en San Juan. Adriana Vaca Villegas aporta lo que faltaba del árbol genealógico. Su madre era prima hermana de Julio Devoto Villegas, él tuvo cuatro hijos: Fortunato, Eleonora, Elsa Lucrecia y Julio.

Fue Elsa Devoto, quien hoy vive en Buenos Aires, la que confirmó que su abuelo Fortunato Juan Devoto Barabino tenía propiedades en Pocito donde fue intendente hace más de 100 años, cuando recién se había casado con María Villegas.

Además, contó que su abuelo, junto a un hermano, se dedicaron a la compra-venta de propiedades y construcciones de distinto tipo en Pocito.

De mano en mano

No hay documentos que acrediten el traspaso de la bodega, pero fue sin dudas antes de 1944. Después de ese año, la bodega figura en manos de la firma mendocina Basso Tonnelier, en el libro “Hombres, uvas y vinos” – Tomo II– capítulo “Establecimientos vitivinícolas de la provincia de San Juan y el terremoto de 1944”, de Alicia Sánchez Cano.

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Fachada de la bodega en la actualidad.

Fachada de la bodega en la actualidad.

Basso Tonnelier es el nombre de los propietarios de la bodega que aún recuerdan los pocitanos más memoriosos como Rafael Barceló.

“Cuando yo era niño esa bodega ya existía y según se decía era de la firma Basso Tonnelier. Después, Gerónimo Barceló, hermano de mi padre, la adquirió como inversión, pero creo que nunca hizo vino en esa bodega y la vendió al poco tiempo”, señala Rafael.

Agrega que por las máquinas de origen francés que había en la bodega, la construcción podría ubicarse entre 1928 a 1930.

La actuación en la industria vitivinícola argentina de Basso Tonnelier se remonta a 1922. En 1935 la firma compró la bodega Santa Ana en Mendoza, una de las más importantes de la vecina provincia.

Concentrados en su actividad en Mendoza, Basso Tonnelier vendió la bodega pocitana a Gerónimo Barceló, quien la mantuvo poco tiempo.

Con una memoria prodigiosa, Rafael revela algunos detalles. “Barceló la habrá comprado entre el ’56 y el ’58, yo entonces trabajaba en el Juzgado de Paz de Pocito. Después pasó por varias manos, incluso fue del abogado Vega Lecich, que tenía estudio jurídico en Buenos Aires, y su hermano, también abogado, trabajaba acá. Dicen que actualmente es de un cordobés de apellido Acosta, un testaferro en realidad”, asegura Rafael.

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Entre escombros y resistencia

Hoy, como entonces, a la izquierda de la bodega se ubica la señorial casona patronal a la que todos los pocitanos conocen como “la casa de corcho”, bastante bien conservada por fuera, pero destruida por dentro por el vandalismo que no solo se llevó las puertas interiores, sino que intentó llevarse los marcos que parecen ser de cedro.

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Testigo silenciosa de la historia de Pocito, la casa resiste.

Testigo silenciosa de la historia de Pocito, la casa resiste.

Incomprensiblemente, alguien prendió fuego dentro de una de las seis habitaciones y dejó al descubierto el corazón de las paredes, es corcho, tal como indica el decir popular. Es imposible no sentir congoja por la destrucción de este patrimonio de San Juan y de Pocito en particular.

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El fuego en el interior no se propagó.

El fuego en el interior no se propagó.

A la derecha de la bodega quedan los escombros de lo que fue la administración y la casa del capataz, de construcción más moderna. Al fondo, un incendio generado en un añejo sauce ha dejado intransitable la zona, pero la mesa redonda de cemento, revestida con azulejos, sigue de pie.

Incluso la antigua báscula quedó bajo los escombros en ese sector que parece que fue derrumbado con máquinas.

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La demolición dejó casi tapada la antigua báscula.

La demolición dejó casi tapada la antigua báscula.

Allá, en el fondo, resisten muy firmes los galpones de acopio y talleres.

De épocas más actuales son los 10 tanques metálicos, cada uno de 7,50 metros de ancho alto y 12 metros de alto, entre todos suman una capacidad de 12 millones litros. Cuatro de esos tanques fueron vendidos a otra bodega pocitana y están en proceso de traslado.

Más de 100 años de historia en proceso de desguace.

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Los galpones y los tanques, al fondo.

Los galpones y los tanques, al fondo.

La casa de corcho

Armando Sánchez, exintendente de Pocito, recuerda su infancia en esta casa y en esta bodega.

“Esa bodega fue de mi abuelo Gerónimo Barceló, se la vendió a Emilio Gaberione, de Mendoza, que después también la vendió. A la casa de corcho la conozco muy bien desde niño, ahí vivió mi tío Gerónimo que era hermano de mi madre.

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Armando Sánchez.

Armando Sánchez.

Cuando éramos niños, en verano nos bañábamos en la parte de atrás con el Chiqui Barceló, en los filtros de la bodega, mi mamá y mi tía nos retaban cuando nos íbamos a la bodega, para que no fuéramos nos decían que ahí asustaban”, recuerda Sánchez.

También cuenta que la casa de corcho tenía piso flotante de madera, en las paredes tenía chapas moldeadas con dibujos por fuera, y por adentro están las planchas de corcho.

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En la entrada tenía una galería, y como las casas antiguas se distribuía para un lado las habitaciones y para el otro la cocina y el comedor.

“Me acuerdo de dos magnolias inmensas, dos árboles eran, las dejaron secar, una lástima. Cuando tenía 9 años me picaron las avispas en esa casa… pasamos una hermosa niñez con mis primos en la bodega y en la casa de corcho, hay mucha historia para contar”, recuerda Armando.

Alfredo Barceló, comerciante de Pocito, también recuerda la casa de corcho en sus años de esplendor, cuando la había comprado Vega Lecich, “había obras de arte invaluables en esas paredes”.

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Alfredo Barceló.

Alfredo Barceló.

“Don Tito (capataz de la bodega) me contó que por la Calle 11 bajaba la creciente y el agua se metía a la casa, entonces ideó una forma de levantar la casa casi un metro, ¡y lo hizo! Era un hombre muy inteligente don Tito”, asegura Alfredo.

Alfredo lleva 65 años al frente de su farmacia en el corazón de la Villa Aberastain, “soy el primero que abre y el último que se va”.

Su primo Rafael reseña que en San Juan hay tres casas del mismo estilo y origen europeo, una es la casa de corcho pocitana, otra está en Calle 5, pasando Lemos, y la otra en calle La Plata, antes de Las Casuarinas.

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Rafael Barceló.

Rafael Barceló.

“Gerónimo era primo de mi padre, le decían ‘el gitano’, y hasta donde sé, nunca elaboró vino”, dice Rafael. “Gerónimo era primo de mi padre, le decían ‘el gitano’, y hasta donde sé, nunca elaboró vino”, dice Rafael.

Embed - La casa de corcho de Pocito, en la actualidad

Un estudio de la UNSJ

Una publicación realizada en redes sociales, cuyo autor es Gabriel Brizuela, señala que la casa era conocida como la vivienda Devoto, ya que su primer propietario fue Américo Devoto (SIC).

“Fue él quien, en ocasión de participar de la Exposición Mundial en París en 1889, para la que se construyó la Torre Eiffel en el centenario de la Revolución Francesa, hizo traer en barco los paneles de corcho y demás materiales con los que fue construida la casa”.

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Abocados al estudio de esta vivienda singular, un equipo de la Facultad de Arquitectura de la UNSJ concluyó que la casa tiene un esquema geométrico regular y sencillo, “muy a la influencia europea”.

Las dos columnas de hierro fundido de la entrada fueron realizadas en la misma fundición donde Eiffel (creador de la famosa torre) hacia sus piezas, “jerarquizan la entrada principal, donde hay una galería”.

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Las señoriales columnas de hierro.

Las señoriales columnas de hierro.

También señalan que el techo es de chapa ondulada de hierro galvanizado, a dos aguas, sobre una estructura de cabriadas de madera pinote y roble. Mientras que el piso original era de madera, pero cuando se desplazó la casa se colocó piso granítico.

Toda la casa está montada sobre una estructura de madera que está apoyada a 80 centímetros del terreno natural. “Y es tan liviana e indeformable que hasta fue movida de su emplazamiento original cuando se elevó la cota de la calle al realizarse el pavimento”.

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Lo que no pudieron robar, lo destruyeron.

Lo que no pudieron robar, lo destruyeron.

“Hacia el fondo, una puerta y dos aberturas de vitraux pintan de colores la luz que filtran. Única e irrepetible, la casa de corcho de Pocito respira la cultura que vino de otras tierras y que se quedó en ésta, sobreviviendo aún a sus cuatro violentos terremotos”.

El último habitante de la bodega

A sus 95 años, Don Tito, Eduardo Lacoste, llora cuando se acuerda de sus años en la bodega. Llegó desde Mendoza con Gaberione quien lo trajo como capataz en 1959. Don Tito dejó allí 50 años de su vida, por eso la siente propia, asegura que lo estafaron y el dolor lo hace hablar con resentimiento.

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Don Tito Lacoste.

Don Tito Lacoste.

Lacoste fue el último habitante de la bodega y para sacarlo de ahí los nuevos dueños tuvieron que recurrir a la justicia, en 2007. Sus recuerdos hoy llegan desde un limbo donde todo puede ser verdad, o no.

“Cuando llegué, la bodega tenía capacidad de 350.000 litros, era un basural, la llevamos a 8 millones de litros. En un momento no quería seguir. Los bodegueros en San Juan pagaban por la uva lo que se les daba las gana, yo despachaba 26 millones de litros de vinos. Hacíamos vinos comunes y algunos especiales. Yo tenía otras bodegas que trabajaban para mí”, cuenta Don Tito.

Recuerda la perforación que hizo para obtener agua de calidad, a 55 metros de profundidad encontró la napa y también recuerda los caños que usó en ese pozo.

“El último vino que dejé ahí era para Cinzano, blanco especial. No se fermentaba nunca. Cinzano me ofrecía 100.000 pesos para que me quedara en la bodega y trabajara para ellos”, asegura.

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“Cuando llegué a San Juan se acabó la joda en las bodegas porque no se agregaba ni una gota de agua al vino, como hacían los sanjuaninos. Yo metía más de 100 camiones por día en la bodega”.

En 2009 falleció la esposa de Don Tito, no tuvieron hijos. Hoy no puede caminar y está al cuidado de un vecino. Viven en una propiedad que había comprado, frente a la plaza en la Villa Aberastain.

En la despedida, Don Tito sentenció: “No sé quién sos ni que haces, pero no sirve para nada. Dedicate al agua porque en 15 años no queda nada en San Juan”.

Embed - Eduardo Lacoste, Don Tito

El desguace

La bodega Nacusi es la compradora de cuatro de los tanques gigantes que son retirados por la empresa de Roberto Luna, la única habilitada por Nación para éste tipo de traslados.

Aunque hoy vive en Rivadavia, Luna nació en Pocito, y por esas causalidades de la vida, cuando tenía 14 años fue parte del grupo de obreros que soldaron esos tanques cuando fueron instalados, los mismos que hoy le toca trasladar.

“Es una pena ver esta bodega así abandonada, pero es bueno saber que estos tanques van a otra bodega pocitana, de gente que sigue apostando a la vitivinicultura e invirtiendo en San Juan”, dijo Luna.

El presente de la bodega y la casa de corcho es triste, el futuro, incierto. Será tarea de pocitanos y sanjuaninos recuperar ese patrimonio histórico y cultural para las futuras generaciones y mantener viva la historia y la cultura del departamento y de la provincia.

(Fuente: Destino San Juan)

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