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Talento sanjuanino

Rolando, el insólito caso del pibe que nació atado a una guitarra

La historia, como nunca antes fue contada, de uno de los prodigios de la música en San Juan. Secretos y verdades imperdibles de Rolando García Gómez.

Por Viviana Pastor

Rolando, el insólito caso del pibe que nació atado a una guitarra podría ser el título de un cuento escrito por Fontanarrosa, y como tal, tendría aristas de realidad insólitas y escenas de esas que a uno lo dejan sentado en los límites de lo inverosímil. Así es esta historia.

Rolando García Gómez no nació en un ambiente musical. Su padre, Rolando, tocaba dos notas en una armónica una vez al año, cada 31 de diciembre; y su madre, Esperanza del Carmen, sabía silbar canciones con entonación absoluta.

Su abuelo paterno tocaba la guitarra, pero nunca lo conoció; y el hermano de su madre tocaba el bandoneón, José Lorenzo Gómez de la Fuente, tenía una orquesta típica.

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Un Rolando de 4 años con su hermana Beatriz. En el fondo, un camión y una guitarra.

Un Rolando de 4 años con su hermana Beatriz. En el fondo, un camión y una guitarra.

En el ambiente en el que creció Rolando no había guitarra, ni radio, ni televisión. Pero había vecinos copados, los Doña, que hacían peñas los fines de semana y el pibe se quedaba sentado del otro lado de la pared escuchando cantores y guitarreros de la cuyanía.

Ahí, a través de la medianera de adobe, escuchó en vivo a los Trovadores de Cuyo, a Julia Vega, Los Cantores de la Cañadita, y tantos otros.

El Rolo tenía una pasión y lo hacía saber. Cuando tenía tres años fue al almacén de la familia, tomó una caja de madera en las que viene el dulce de membrillo, sacó y puso maderas, clavos y con una banda elástica de goma se armó su primera “guitarra”. ¡Sonaba!, era su música.

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Rolandito, a la izquierda, en un acto escolar.

Rolandito, a la izquierda, en un acto escolar.

Con tanto ardor puesto en escena, cantaba arriba del horno “El Collar de Caracolas” una y otra y otra vez hasta que tenían que pedirle por favor que pare; su mensaje era claro: lo suyo era la música.

Por eso cuando apenas tenía 4 años, sus padres le compraron su primera guitarra (aún la conserva en perfecto estado), el pequeño Rolo la agarró como naufrago se abraza a una tabla en el mar.

Su primer profesor de guitarra era un vecino en el Pueblo Viejo, Concepción, vivía a la vuelta de su casa. La guitarra era más grande que el aprendiz y por momentos la arrastraba penosamente por la vereda, cual Django con su ataúd. Ante esa hilarante escena, Doña Luisa, otra vecina, siempre decía: “Ahí va el Carlitos Gardel, ¡pobrecito! no se puede esa guitarra tan grande”.

“La vestido celeste” fue el primer vals que aprendió a tocar con su primera guitarra, que ya tiene casi 60 años y con la que grabó su primer disco profesional.

Hoy Rolando tiene 19 guitarras y su propio estudio de grabación, las usa según el sonido que quiere lograr, pero con la primera tiene un “amor incondicional”.

En 1982, año del conflicto de Malvinas, Rolando hizo el Servicio Militar en el RIM 22 donde integró la Banda de Música.

Clavijas, para ajustar

Cuando era adolescente sus padres compraron un tocadiscos, pero no era fácil conseguir discos, eran caros. Unos primos que se fueron a Estados Unidos le mandaron un grabador chico, portátil, y un vecino, El Chumilla, que hacía compilados de música en casete, le grababa folclore, tango, y así sacaba los temas en la guitarra.

Eran épocas en las que se pasaba ocho horas por día, o más, tocando y sacando canciones. Ni comía, hasta que llegaba su madre y lo obligaba a levantarse.

Se había comprado con ahorros un disco de vinilo de Cacho Tirao y casi quemó el aparato de tanto usarlo.

Esa casa era el infierno y el paraíso musical del Rolo y no quedaba más que aceptarlo.

Cuando tenía 18 años participó de un casting en Radio Nacional en un ciclo que se llamaba “Raíz y canto argentino”, que conducía Roberto Nacif, donde convocaban a artistas locales. Lo escucharon tocar y quedó como figura fija, salía en vivo todos los sábados con un repertorio distinto.

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Año 1983, Rolo en el bombo, Jorge de los Ríos en charango y Raúl Rizo en la quena.

Año 1983, Rolo en el bombo, Jorge de los Ríos en charango y Raúl Rizo en la quena.

Cuando uno de los dos hermanos que acompañaban con la guitarra a los cantantes se fue, le dijeron si podía ocupar ese lugar, pero Rolando no sabía acompañar, había tocado solo siempre. El reto no lo iba a asustar y dijo que sí.

Tenía que aprender unas 18 canciones por programa y además aprender a acompañar, y aprendió. En la radio grababa los temas en su aparato portátil y en su casa los estudiaba.

“Ahí aprendí el oficio de acompañar, que no es nada fácil porque tenés que salir de tu yo y asumir que estás acompañando, y lo que tenés para dar está al servicio de quien canta. Muchos acompañantes no quieren estar en segunda fila sino adelante, pero se olvidan que no son los protagonistas”, aseguró. “Ahí aprendí el oficio de acompañar, que no es nada fácil porque tenés que salir de tu yo y asumir que estás acompañando, y lo que tenés para dar está al servicio de quien canta. Muchos acompañantes no quieren estar en segunda fila sino adelante, pero se olvidan que no son los protagonistas”, aseguró.

Un aprendizaje invaluable que, años después, lo llevó a acompañar con su guitarra a artistas como Mercedes Sosa, Jairo, Teresa Parodi, Lito Vitale, Juan Carlos Baglietto, Sandra Mihanovich, entre otros.

En esa época, el director de Radio Nacional le ofreció una vacante de ordenanza, tarea que implicaba la limpieza de toda la radio. Para Rolando era entrar al mundo donde la música es protagonista las 24 horas del día y obviamente dijo que sí.

El jefe le dijo que tenía que llegar a las 6 de la mañana y si terminaba antes de las 2 de la tarde de hacer todo podía adelantar tarea. Efectivamente, aceleraba y terminaba antes, pero sólo para ir a la discoteca a escuchar su música preferida.

Trabajó muchos años en Radio Nacional donde llegó a ser encargado de la discoteca, era como poner a un niño vendiendo golosinas. Se escuchó todo, se aprendió todo.

No le gusta enseñar, lo sabe porque tuvo un instituto donde daba clases de guitarra. “No es lo mío, muchos colegas me dicen que quieren aprender a que su guitarra suene como la mía. Yo logré, después de muchos años de búsqueda, que escuchen y digan ‘ese es el Rolando’, y eso para mí es maravilloso porque significa que pude encontrar un sonido distintivo, pero no se enseñar eso”, aseguró.

Agrega que “mi manual de consulta fue la calle, escuchar a todos. Me nutrí de muchos guitarristas que saben muchísimo y supongo que hay alguna influencia”.

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En 1983 integró el grupo vocal “Ariel” dirigido por el Maestro Hermes Vieyra, junto a Raúl Rizo, Marcelo Codón, Gustavo Bustos y Jorge Herrera.

Cuerdas, saber templar

Esas que movía con cierto nerviosismo son manos de guitarrero. Las uñas largas así lo indican. Si lo ves por los pasillos del Auditorio su gesto es adusto, pero cuando empieza hablar de su caja de membrillo la cara se le ilumina y vuelve a ser ese niño lleno de sueños.

Su currículum dice que nació un 21 de octubre de 1961. Fue a conservatorios donde aprendió teoría y solfeo, estudió un año en la Escuela de Música de la UNSJ, pero dejó para ponerse a trabajar y continuar su camino como autodidacta de la guitarra.

Rolando siempre estuvo convencido que iba a vivir de la música, algo que le preocupaba a su madre porque en el inconsciente colectivo la idea del guitarrero era la del fiestero que se pasaba días fuera de su casa. Él le prometió a su madre, y así mismo, que no sería así.

–Vas a ser un manyín y un borracho si te dedicás a la música, le decía la Esperanza.

A lo que Rolo contestaba: –No mamá, no va a ser así, se lo prometo.

Se tomó la música con mucha seriedad y profesionalismo.

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Compartiendo escenario con Luis Salinas.

Compartiendo escenario con Luis Salinas.

Cuando tenía 21 años ganó un concurso a nivel internacional y viajó a Italia donde pudo conocer al Papa Juan Pablo II en el Vaticano, “una experiencia única”. Allí se dio cuenta de que quería conocer el mundo con su música y que debía trabajar para eso.

También ese fue su logro, conoció una veintena de países a los que llegó siempre como invitado para tocar su música, nunca tuvo que pagarse un pasaje de avión.

En Italia, uno de los premios era incluir la canción compuesta y ejecutada por Rolando en un disco LP, en esa época grabar un disco para alguien del interior era económicamente imposible. Pero cuando en la entrega de premios le dieron el libro que incluía su partitura y el disco con todas las canciones ganadoras, la suya, titulada “Aún es tiempo”, no estaba.

Le dijeron que fue imposible sumarla por la mala calidad de la grabación. Eso fue lo que encendió la mecha: Rolando se propuso tener el mejor estudio de grabación profesional de San Juan, meta que logró 10 años después. Ahí grabó “el primer CD de música legal de San Juan”. Además, grabó 144 discos a distintos artistas, entre ellos Luis Salinas, Chango Spasiuk, hasta Rodolfo Bebán grabó textos de una obra teatral, “Alta en el cielo”, a la que Rolando le compuso la música.

También llegaron artistas de otros países para grabar con García Gómez, que además producía los discos, de Cuba, Chile, Perú, Colombia, etc.

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Con el maestro Jaime Torres y la periodista Marcela Podda.

Con el maestro Jaime Torres y la periodista Marcela Podda.

“Todo es un proceso, nunca fui ansioso en los tiempos, he sabido esperar el momento. Tengo paciencia”, aseguró Rolando.

En 2002, con la intención de promover y dar difusión a las obras de los autores, intérpretes y compositores de Cuyo, creó el Festival del Compadre Cuyano.

Diapasón, al son

Un día, mientras trabajaba en Radio Nacional, fue a verlo su amigo Raúl Rizo para contarle que había juntado dinero y le proponía que iniciaran un negocio juntos, una cancha de fútbol cinco, furor en esa época.

Rolando no estaba convencido, en eso llegó Rosita, una compañera de la radio, y le dijo que necesitaban que les hiciera sonido en un evento en La Casona, pero él le contestó que no tenía equipos y tampoco sabía hacer nada de eso.

Cuando se fue, Rizo le propuso comprar un equipo de sonido y trabajar en eso. Se fueron a Buenos Aires y volvieron con un equipo pequeño de sonido, así empezó su carrera de sonidista.

Por entonces ya estaba a cargo de la discoteca de la radio y también curioseaba en la oficina técnica. Ahí Hugo Guardia fue su maestro, le enseñó a soldar cables, a conectar equipos y otros secretos de la profesión. “Fue tan generoso conmigo Hugo, aprendí mucho”.

Esa empresa de sonido fue la cuarta de San Juan. No tenían gran cantidad de quipos, pero si calidad, por eso los convocaban para los espectáculos en el Auditorio y en el Teatro Sarmiento.

En un festival de Guitarras del Mundo, en el Auditorio, Rolando le hizo el sonido a Juan Falú y le entregó un casete con su música. Al tiempo, Falú le dijo que quería que tocaran juntos, volvió a San Juan con la meta de sumar a García Gómez a Guitarras del Mundo, “vos tenés que estar, quiero que cierres la edición que se hace en Buenos Aires”, le dijo Falú.

De camino al aeropuerto, Rolando le agradeció el gesto, pero le dijo que no podía ser porque no tenía una guitarra que estuviera a la altura de ese evento. “Eran 88 guitarristas del mundo, uno mejor que otro, con tremendas guitarras. Entonces Falú me dijo: ‘Chango, tenés que decidir qué querés ser en tu vida’. Me mató. Me dio el número de teléfono de un lutier en Buenos Aires, Francisco Estrada Gómez. Yo no tenía un peso, mi situación económica era mala. Me daba vergüenza llamarle porque estamos hablando de una guitarra que hoy debe costar 3 millones de pesos. A la semana tomé coraje y la llamé. Me dijo que Falú le había hablado de mí y que tenía que ir para tomar la medida de mis manos. Le expliqué que no tenía para pagarle y me respondió: ‘no se haga problema, Falú me dijo que en algún momento me va a pagar’. No me quedó otra que ir”, relató Rolando.

Juan Falú y Rolando García Gómez - Zamba de la toldería

Los ojos se nos llenaron de lágrimas.

Juntó 200 dólares para entregarle al lutier como adelanto. La guitarra estuvo lista cuatro días antes de la actuación en Buenos Aires.

En el medio le salió una actuación en Ecuador y allá, dos amigas le prestaron los dólares para que terminara de pagar la guitarra. De vuelta a San Juan, le adelantaron el pago de un ciclo de guitarristas por los departamentos que organizaba UPCN y con eso devolvió el préstamo en Ecuador.

Desde ese año Rolando es parte de ese selecto grupo al que pertenecen los mejores guitarristas del país y del mundo.

“Hoy, mirando para atrás… recordando cuando me dijeron ‘Lito Vitale me dijo que hablara con vos porque sos un profesional’… ese es el premio mayor que puedo tener”. “Hoy, mirando para atrás… recordando cuando me dijeron ‘Lito Vitale me dijo que hablara con vos porque sos un profesional’… ese es el premio mayor que puedo tener”.

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En 2008 fue ternado para los Premios Carlos Gardel por su disco “Coquita y Alcohol” junto a Juan Falú.

Mástil, de la mejor madera

Rolando lleva ocho años como director del Complejo Auditorio Juan Victoria, ícono de la música en San Juan y en el país.

Como nunca terminó la carrera en la Escuela de Música de la UNSJ, muchos pusieron en duda su nombramiento al frente del Auditorio. Hubo resistencia de ciertos sectores.

“Yo fui muy crítico de las administraciones del Auditorio porque no había un ámbito de contención para los músicos, y este edificio es maravilloso, es uno de los 40 mejores auditorios del mundo. Es maravillosa su acústica y su estética, pero ¿de qué sirve tener esto si no tenés músicos?, de nada”.

Rolando estaba de gira en Costa Rica cuando lo llamaron por teléfono para ofrecerle el cargo. A su regreso aceptó porque vio que había una nueva línea para la cultura, una apertura, que era lo que los músicos venían reclamando.

“Hoy tengo la satisfacción de que la mayoría de los artistas no quieren que me vaya. He tocado en varios países y es muy difícil encontrar un espacio de esta magnitud, abierto a todo el público y a todos los géneros musicales. Cualquiera que no conoce la música popular puede hablar desde el desconocimiento, pero no saben del empeño que ponen esos músicos en su arte, es algo extraordinario”. “Hoy tengo la satisfacción de que la mayoría de los artistas no quieren que me vaya. He tocado en varios países y es muy difícil encontrar un espacio de esta magnitud, abierto a todo el público y a todos los géneros musicales. Cualquiera que no conoce la música popular puede hablar desde el desconocimiento, pero no saben del empeño que ponen esos músicos en su arte, es algo extraordinario”.

Reconoció que muchos músicos le tienen algo de temor al Auditorio porque lo que ahí se toca bien, se escucha bien, y lo que se toca mal, se escucha muy mal. Pero son los que ponen mayor empeño y se preparan mucho más. Para Rolando ellos también merecen la oportunidad de pisar ese escenario.

Las cifras también hablan de su gestión: antes de Rolando, el Auditorio tenía unos 60 conciertos por año, en los últimos años llegó a tener 300 espectáculos por año. Además, él hizo de todo, sonido, producción, técnica, conoce el edificio en profundidad.

También fue gracias a su gestión que el Auditorio consiguió un piano de cola, el mejor del mundo, un Steinway Grand serie D, Gran Cola, gracias al cual ahora vienen a grabar discos los mejores pianistas del mundo.

Desde 2007 hasta 2013, García Gómez compuso, junto a Esteban Vega y Lucio Flores, la Música Original de la Fiesta Nacional del Sol de la cual fue Director Musical.

Rolando García Gómez, director del Complejo Auditorio Juan Victoria

Puente, para las futuras generaciones

Mientras tanto, la vida y tres hijas: Jazmín, Paula y Rocío.

Las tres con condiciones para la música. La mayor, Jazmín, estudió Kinesiología; la segunda, Paula, estudió 9 años Composición Musical en Córdoba, toca el clarinete e integra la Sinfónica de Villa María. La más chica, Rocío Sol, estudia teatro y música en Buenos Aires; y es una artista muy completa según su padre que no puede evitar que el orgullo se le escape por los ojos.

Ivo, el primer nieto, tiene un año y ocho meses, ya tiene guitarra, rasguea y canta. Se le notan los genes.

Solo su familia y sus amigos más íntimos saben que Rolando tiene una carpintería en su casa, es su hobbie, allí fabrica sus propios muebles.

En 2019 creó y puso en marcha el Proyecto Colectivo de Difusión de obras de Autores Compositores e Intérpretes “San Juan Celebra la Cuyanía”, que se realiza hasta la actualidad.

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Caja, de sorpresas

Ya no estudia ocho horas por día, pero tiene dos guitarras en su oficina y cuando tiene cinco minutos toca, todos los días toca.

En pandemia sólo Rolando y el encargado de mantenimiento no se contagiaron, como eran los únicos que iban a trabajar al Auditorio, García Gómez aprovechaba para tocar el órgano sin que nadie se entere (hasta hoy). También toca el piano y otros instrumentos de manera intuitiva y no profesional, aclara.

Uno de sus profesores de guitarra le dijo ‘vos nunca vas a ser guitarrista’. “Que no me digan que no se puede. Además, soy especialista en meterme en líos artísticos”.

Parado en silencio, admirando la imponente sala del Auditorio, su órgano y su piano de cola, Rolando dio media vuelta hacia la puerta de salida y su sombra proyectó algo que parecía una guitarra. Será un juego de sombras, pensó la cronista, volvió a mirar con incredulidad y si, era nomás.

(Fuente: Revista Destino San Juan)

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