Si el inicio de hostilidades entre ambos se desencadenó por algún episodio de esa convivencia de pareja –deriva mundana para cualquier hijo de vecino- o no, eso empalidece en importancia frente a la potencia de las evidencias: existe hoy una sonora ruptura política entre ambos, con secuelas dispersas tanto en el departamento como capacidad de infectar el tablero maestro. Y de perturbar todo el ambiente durante un largo tiempo.
Semejante sentencia es una conclusión a la que se llega fácil con el sólo hecho de enumerar los episodios. El primer capítulo de la temporada abrió con Fabián impulsando a su esposa Daniela ante la imposibilidad constitucional de seguir en el ejecutivo chimbero, habiendo completando él los dos mandatos. En el segundo, ella muestra que no es la “esposa de”, sino que dispone de vida propia a todo nivel. En el cuarto, algún chispazo que la trama no descubre (alerta spoiler). En el quinto, empiezan a separarse los caminos políticos del matrimonio al punto de trascender reemplazos de funcionarios, otras encrucijadas en reclamo de lealtades. En el quinto, apellido de casada, afuera. Y en el sexto, la hecatombe total: presupuesto enviado por Daniela rechazado por 10 a 0 por los concejales alineados con Fabián con ayudín de la oposición real. Alemania invade Polonia.
No interesa demasiado a esta historia la actualidad y el futuro de la pareja, a la vista está la respuesta. No hay evidencia –formal o informal- de continuidad o de ruptura, lo cierto es que sería rayano a lo imposible pilotear semejante crisis política entre dos personas que se sientan en la misma mesa de modo cotidiano. Apenas hubo alguna indicación de colaboradores de la intendenta con la sugerencia de utilizar el prefijo ex. Lo demás está a la vista.
Sobreviene entonces la división de bienes políticos, una tarea a la que sólo el tiempo impondrá sentencia, pero cuyo trámite alberga en su entripado el futuro de buena parte del ecosistema, partidario e institucional. De Chimbas, lógico. Del tablero general, también.
En el poroteo de quién es quién, no existe demasiada bibliografía para extraer conclusiones terminantes. Fabián Gramajo es indudablemente un caudillo departamental vigente, pero el desafío a esa condición le aparece por un costado sensible: su (¿ex?) esposa, posiblemente una de quienes más lo conocen.
Acumuló méritos Fabián a lo largo de sus dos mandatos como jefe comunal, en los que se deshizo con talento de los vestigios de innumerables cooperativas peronistas de asiento territorial y apreciable poder de fuego. A los Gómez, los Tello, los Camacho, y siguen las firmas, se los desayunó con una naturalidad insospechada, hasta tapizar a Chimbas de su impronta y utilizarla incluso en su eslogan con el que pretendió trascender el barrio: Chimbas te quiero. Devenida luego en San Juan te quiero, a medida que le creció el apetito provincial.
Hoy disfruta de esas mieles, (casi) sin oposición. A discreción, su nombre es sinónimo de liderazgo (casi también) indisputado. Por eso pudo ubicar a todos sus leales sin que alguien le alzara un dedo en el Concejo Deliberante y en los cargos municipales, mientras entregaba el testimonio a su esposa. Ese es su capital hoy: su nombre y apellido hasta ahora sin machucones gruesos, y el control parlamentario mediante sus ediles. Esos que le dieron a Fabián una reafirmación de lealtad en el primer encontronazo frontal con Daniela rechazando el Presupuesto.
Claro que Fabián aparece ahora en una encerrona: aburrido del éxito chimbero y decidido a trascender fronteras hacia el plano provincial, no puede descuidar su razón de ser. Si perdiera punch en Chimbas –peor aún, a manos de esposa-, comprobaría rápidamente al día siguiente cómo sus compañeros dejan de atenderle llamadas. En el desierto, te clavan el visto. Cosas del poder.
Más aún con lo entreveradas que están hoy las cosas en el peronismo. Donde a Fabián le gusta jugar de líbero, tanto que suele aparecer en ocasiones gelatinoso. No está mal mostrarse con juego propio y a distancia prudente de los cabezones partidarios, eso se vuelve un problema cuando se cosecha desprecio por todos lados. Hay una fina capa entre una y otra cosa.
Fabián reporta junto a Carlos Munisaga en el equipo de las hipotéticas piezas de recambio si alguna vez se concreta el pase a retiro de los Gioja o Uñac. Sin resultar confiable para ninguno de los dos: se recuerda el plantón que le hizo pasar a Uñac hace dos años, pero en la última pulseada pejotista del año pasado pareció jugar más para Sergio y su candidato Cristian Andino, que para el Flaco. La diferencia entre él y el rawsino es que no maneja territorio, no dispone de oficina ni de los aperos que entrega la gestión.
Por eso, para jugar ese partido que tanto le interesa, Fabián no puede dejar se le escurra entre los dedos ese valioso timonel chimbero. Tal vez sea eso lo que empezó a sentir en los últimos meses, lo que lo llevó a intentar reverdecer laureles de una manera tan frontal empujando a sus ediles a la confrontación con la compañera Daniela.
Menuda tarea la de mantener el entusiasmo y los pies dentro del plato en una actividad como la política, en la que las fidelidades se definen más por el portador de los talonarios que por convicción. Le queda a Fabián apelar a la cierta mística, pero se sabe que esa brasa se apaga con la intemperie. Le pasó a la mayoría de los funcionarios de Fabián pasados a degüello y llenando la ficha nueva. A los concejales, en cambio, nadie los puede echar. Pasaron la primera prueba de amor. Pero con épica pura, difícil.
En el otro rincón, ella. Sus herramientas no datan de décadas de calle como las de Fabián, pero no son nada despreciables. Viene de historia peronista, su padre fue diputado departamental alineado con Jorge Escobar en los ‘90, es aceptado por ambos que fue ella quien peronizó a un Fabián de cuna bloquista. La aceptan en las ranchadas del partido como una aparición interesante. Tal vez su pecado sea ser mujer, a tiro de cupo.
Se quedó sola con su apellido en el sillón y fue aplicando bisturí en modo quirúrgico, hasta que debió sacar la cuchilla del carnicero. Descubrió que mal no le va en la calle, que es capaz de conjugar verbos peronistas sin titubear, a diferencia de unos cuantos. Todavía no se hace tiempo de sacar la calculadora política, demasiado entretenida con los asuntos de entrecasa. Pero se le abrirá un panorama cuando haga un balance del lugar que ocupa, y se le evaporen ciertos temores lógicos.
Dispone de la chequera y la pantalla municipal, parece batalladora y decidida. Su municipio es determinante para el curso político provincial, sus pasos deberían ser seguidos con atención no sólo por la órbita peronista sino por los que militan su extinción. Y controla además una serie de secretos que sólo ella sabe si sacará a la superficie. Nada mal.
Este incipiente choque de planetas ocurre en Chimbas. Uno de los dos territorios más populosos de San Juan controlados por el peronismo junto con Rawson. El único, además, donde el peronismo ganó en la última elección de octubre. Y allí es donde se arremolinan las pretensiones: ¿Quién ganó? ¿Ganó Fabián, o ganó Daniela, o ganaron los dos? Habrá sommeliers de resultados para todos los gustos, algunos de sanas intenciones, otros para inducir comprensiones operadas.
Para ser justos, hará que balancear que la mayor parte del triunfo haya respondido al poder territorial de Fabián, es lógico. Pero para completar el panorama, no se puede soslayar el aporte de la intendenta en el triunfo. Por mínimo que se atribuya, a nadie le sobra nada.
Sirve el ensayo para imaginar que pasaría si ocurre lo que es hoy una clara hipótesis: una competencia electoral entre Daniela y Fabián para el municipio en 2027. La foto de hoy puede resultar engañosa si no se contemplan esos botiquines de herramientas en manos de cada uno.
Y habrá, claro, interesados en que pierdan los dos. Plagado de ejemplos está el archivo, también de variantes a operar en algo menos de dos años: que efectivamente ocurra el choque, que haya paz al menos política, que alguno salte el charco y se corte sólo, que se junte con otro partido. Ya hay al menos un emisario que salió a sugerir la incorporación de Daniela al oficialismo provincial, incluso si es necesario integrar una eventual fórmula con el propio Orrego y en un aporte de peronismo si fuera necesario. Claro que Orrego también tiene juego con Fabián, a quien responde el diputado departamental que suele votar en sintonía, y los ediles que escoltaron a los gramajistas en la operación Presupuesto.
Por ahora, ciencia ficción. Por demás está explicar lo que detonaría al intento de resurgimiento peronista una eventual pérdida de su fortín chimbero. Ya sea por división irremontable sin sacar los pies del plato partidario, o por la eventual partida de uno de ellos a otras costas. Las partículas dañinas de una ruptura sin solución sobre la expectativa peronista en el paisaje provincial son demasiado evidentes.
Hasta acá, Daniela demostró que no le sacará voltaje al impacto. Arrancó sentenciando que “el oficialismo ya no existe” y luego calificando a la crisis como institucional y no política. Encuadrando claro a la política en la lógica de la rosca y no en la del poder. Mientras, los ediles gramajistas, como perro que volteó la olla en el extraño rol de explicar que el planazo a los dientes sobre la compañera ocurrió porque “faltó diálogo”. ¿Alguien se imagina a los diputados mileistas rechazando el presupuesto de Javier por falta de diálogo? ¿O a los de Orrego?
Con las fichas sobre el paño, avanzan los trenes sobre el mismo riel en sentido contrario. Podrá haber algún maquinista que se espante, arreglos creativos de lo más surtidos. Hasta acá, pasaron cosas y podrán seguir pasando. ¿Qué cosas? El nivel de tensión que se maneja no parece encontrar obstáculos. Tanto por la naturaleza de dos (¿ex?) cónyuges batallando por un capital político, y las convenciones armamentísticas que estén dispuestos a respetar. Si lo están. Como por la cantidad de espectadores de afuera, interesados en que todo empeore. Lectura del Martín Fierro de escuela primaria.
A la vuelta está la inauguración del casillero sanjuanino en esta clase de disputas. Hay matrimonios que soportaron el trance de la sucesión recíproca, como Albardón. Nunca que estallaran, como sí reserva la historia política un capítulo de ruptura familiar a causa de pretensiones políticas entre hermanos: los Gioja.
Y alcanza contemplar hoy la relación entre José Luis y César: reconciliados y en armonía familiar. Para reflexionar, como se estampó un líder del futbol al que ahora muchos extrañan: todo pasa.