análisis

Cambiar o no cambiar, esa es la cuestión

Se habla todo el tiempo en campaña de lo nuevo y del cambio, pero a la hora de consumarlo empiezan los temores. El riesgo de avanzar retrocediendo. La gente reacciona con una libreta de almacenero. En San Juan y en el país. Por Sebastián Saharrea
sábado, 25 de julio de 2015 · 09:09

 
Iba a ocurrir, y ocurrió. La peleas por la palabra cambio, tan cotizada en tiempos de campaña, comenzó a mostrar filtraciones en la línea de flotación hasta convertirse en un cambio más tenue y controlado. Al extremo de preguntarse: cambiar, sí, ¿pero qué cosa y a riesgo de qué?
La parábola del macrismo de los últimos días sorprendió cuando el propio Mauricio tiró la bomba en plena celebración forzada del triunfo/derrota de la Capital Federal, pero ya la habían adelantado varios dirigentes del espacio, entre ellos la propia Gaby Michetti en la entrevista con este diario titulada: "La asignación es el piso y con Mauricio está garantizada”.
Habrá sido una apreciación extremadamente medida y cavilada por el grupo de discurso del principal espacio opositor dirigido por el inefable Durán Barba. En esa meditación, siempre la teoría de las dos columnas impone el desafío de imaginarse lo que se gana y lo que se pierde por seguir cada camino.
Si el PRO se hubiera mantenido en su discurso refundador de apenas un año atrás, que incluso llegó al extremo de sugerir una entente derogadora en el Congreso de todas las medidas centrales de los tiempos K, se hubiera mantenido coherente, sí, pero hubiera perdido rueda de la inquietud ciudadana de la hora que está dispuesta a sopesar cada cosa sujeta a la palabra cambio antes que comprar a libro cerrado por el solo mero de cambiar.
Cambiar –valga la palabra- de estrategia puede ahora mostrarlos incoherentes con ese pasado cercano, pero lo pondrá más a tiro con lo que espera la gente en el turno electoral: todo muy lindo con el cambio, pero siempre con el espejito retrovisor para no perder de vista los avances inocultables del ciclo.
Con qué se gana más y se pierde menos parece ser una cuestión saldada por la potencia de los hechos. No fue el volantazo de Mauricio una cuestión accidental sino todo lo contrario, un gesto especialmente calculado y medido para el momento considerado oportuno, finalmente el día del triunfo de Larreta por el canto de una uña. Y no fue una leve variante, detalles de interpretación finalmente de una misma partitura. No, fue un cambio rotundo que mereció incluso un largo "nooooooo” de un auditorio incrédulo ante las palabras del líder.
El manejo de Aerolíneas, la jubilación estatal versus la conducción privada, la asignación universal, apenas tres ejes sobre los que se borroneó ese frondoso pasado de apreciaciones terminantes sobre el fin de ciclo, para pasar a una actitud moderada –por ser generoso en el análisis- de continuidad sobre la conducción pública.
Otra cuenta esa que habrá estado en la columna del debe, para sumar en el haber el aroma a continuidad que atrona desde las mediciones. Porque hay que decirlo bien claro: no se trata el presente de un viraje en la perspectiva ideológica, un convencimiento de bondades antes despreciadas, nada de eso. Se trata de un intento por capitalizar un clima electoral nítidamente de frente contra la idea de cambio absoluto, a tono con cierto repaso ciudadano sobre el saldo de los últimos años y el temor por dejar en la cuneta asuntos que considera importantes.
Ya lo dijo la gente en la larga hilera de elecciones provinciales de este año. De 12 comicios que ya se produjeron en todo el país, los oficialismos –cualquiera sea el oficialismo local, peronista u opositor, qué más da- ganaron en 10: sólo perdieron en Tierra del Fuego y Mendoza, por motivos que los analistas profundos de cada distrito entenderán. El resto fue para los oficialismos, incluida la propia Capital Federal donde Larreta batió el parche del cambio pero habrá estado hablando de los términos nacionales, porque hasta donde pueden entenderse él es el jefe de gabinete del actual jefe de gobierno porteño.
El otro flanco abierto que deja el viraje es sobre la interpretación más auténtica de esa continuidad, aunque sea a medias. Lo dicho: al PRO le deja el terreno allanado hacia adelante sobre un mejor contacto con lo que la gente espera del futuro, aunque haya tenido que abandonar su línea discursiva histórica. Y el otro duelo en adelante será teñirlo de credibilidad, en especial cuando las filas parlamentarias del espacio rechazaron sistemáticamente durante su tratamiento la eliminación de la jubilación privada (con cuyos fondos se sostiene el programa de la AUH) o la expropiación de Aerolíneas. En cómo hacer para conectar ese pasado con la nueva línea de continuidad es donde deberá trabajar el equipo.
Al menos, una curiosa versión de continuidad, que para el caso es lo único que importa, en una asombrosa voltereta del destino: quién diría que hoy paga más en términos políticos ese continuismo que el cambio rotundo. Si lo sabrá Scioli, quien pagó caro el costo de entrelazar un discurso continuista cuando era un quemo, sólo por afianzar el juego de lealtades y espantar las desconfianzas internas, ahora pasa por ventanilla y lo refuerza cada vez que puede.
Porque Scioli también es contuinidad con una pizca de cambio, si es que se quiere ver de esa manera y no con los órdenes invertidos. ¿Por qué será que el kirchnerismo lo recela y le dedica una marca pegajosa, si es que no hay una percepción sobre lo que representa, continuidad con cambio, si es que no se lo quiere ver con el orden de los factores invertidos? Ocurre que a Scioli lo beneficia justamente lo que a Macri lo perjudica en esta línea continuista: el archivo, que resalta a fuego los pasajes refundadores de los amarillos a la vez que encuentra al bonaerense en la línea de fuego en cada anuncia de, por caso, Aerolíneas.
Hay un capítulo local también en esta novela de la continuidad o el cambio. Ya hace tiempo que dejó de ser una buena idea la de proponer en San Juan reformas de raíz, a la luz de la gestión de Gioja y el terminante apoyo mayoritario que sigue recogiendo. Lo que no quiere decir que no haya espacio para las correcciones, siempre que sea precisamente eso en medio de la misma hoja de ruta.
Por eso le va bien siempre bien a Roberto Basualdo, habiendo ya patentado su fórmula de "apoyar lo bueno y cambiar lo malo” y a pesar de que su jingle de campaña invita a "anímate a cambiar”. La novedad es que se suman nuevas voces continuistas inesperadas, como el reciente paso del Pro de garantizar la continuidad del plan de erradicación de villas, tal vez el principal emblema social de la gestión de Gioja.
Y llegarán otras seguramente, conocedoras del tablero: que Uñac lleva ventaja en materia de continuidad y que la única manera de descontarla en no renegar contra la realidad. Ahora que ya dejó de ser desesperante la necesidad de pasar con la "champion”, como se le dice en el campo a la topadora.

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