—El film, más allá de que no se centra en la dictadura,
arranca con un vuelo de la muerte. ¿Cómo fue filmar esa escena?
—Horrible. Porque vos podés recrear cosas, pero cuando el
trabajo por delante es recrear algo donde hubo una acumulación de dolor, de
injusticia, de horror tan espeluznante, hay un punto donde te toca. La
sensación es muy dolorosa, muy angustiante. No veía la hora de que terminara.
—Es una película que, sin estar a favor, muestra el punto de
vista de un victimario de la dictadura. ¿Cómo pensás que se va a recibir?
—Es probable que alguno se sienta incómodo. Eso espero.
—¿En qué sentido?
—Y… De acuerdo al grado de participación o convivencia…
Todos en el rodaje estuvimos muy atentos a no construir un héroe. Esa es la
clave de la película. Estamos acostumbrados a que, en el cine, si la vida de
alguien corre peligro, lo habilita a matar a cuarenta personas. Tuvimos el foco
puesto en que eso no sumara a la redención del personaje. No queríamos que
fuera un tipo justificable.
—Justo se estrena a cuarenta años de la dictadura y en un
momento donde el Gobierno sostiene que debería haber otro trato con los
condenados más viejos por crímenes durante la dictadura.
—Los pasillos y los laberintos de la película
afortunadamente acá no entran. Esta historia está basada en un momento triste,
horrible de la Argentina, pero la película muta, se convierte en otra cosa.
Kóblic es un fugitivo. Me impactó la construcción de la historia basada en un personaje
que no asume las consecuencias. Esa contradicción: alguien que está en un
cuerpo desquiciado y dice que no. Un personaje que no se puede redimir te da un
punto de partida inicial distinto.
—Con el nuevo panorama económico, ¿cómo ves al cine argentino?
—No tengo idea. Tenés dos miradas: la externa y la interna.
Externamente, el cine argentino está otra vez en un período donde afuera se lo
considera en un gran nivel. Todos los aspectos técnicos, desde el director
hasta lo que quieras. Acá estamos peleando como unos boludos con los que dicen
"cine argentino no veo” y van a ver cada porquería… Estoy orgulloso de que con
nuestras herramientas estemos logrando lo que logramos afuera. Es como si
estuviéramos embrujados. Algún día eso quizás desaparezca.
—Pero ¿qué pasa si la gente deja de ir al cine?
—No, yo tengo otros miedos. No había pensado en ese miedo.
Nosotros no vamos a dejar de hacer películas porque la gente no vaya al cine.
La piratería nos generó una crisis y aquí estamos.
—¿Qué otros miedos tenés?
—Son existenciales, vitales, nacionales. En la lista de los
miedos, que la gente no vaya al cine lo tengo en el puesto 139. Tengo miedo
como ciudadano: que las cosas siempre parezcan lo mismo. No terminamos de tocar
fondo, y cuando creemos que puede venir un cambio por un lado, está teñido de
irregularidades y de cosas que ya vimos, y todo se empieza a parecer. La
apuesta por el descrédito político es peligrosísima, porque de eso se van a
alimentar las aves que andan revoloteando esperando volver al lugar que creen
que les pertenece. Esos son mis temores.
—¿Estás desencantado con la política?
—Sí. Pero decirlo en forma abstracta es ridículo. Sí, estoy
desencantado con la política en general. No sólo la de acá. Acá, en España, en
Grecia, en Alemania, en Estados Unidos. Donde te ponés a escarbar, todos están
cortados con la misma tijera. ¿Y el interés por el bien común dónde quedó?
¿Dónde quedaron esos tipos que salían y querían todos los días hacer que la
vida de los demás fuera mejor? ¿Se convirtieron en una nueva casta, en una
nueva oligarquía? Intocables, por otra parte.
—En los Panamá Papers… aparecen todos, de Pedro Almodóvar a
otros nombres…
—Todo es una locura. Se dan casos distintos. Pero todo me da
vergüenza. Me da vergüenza que como padre te levantes y le digas a tu hijo que
tus cosas tienen que ser así y asá, y cuando tu hijo se pone a averiguar
descubre suciedad por todos lados. Da vergüenza.
—¿Dónde se puede cambiar entonces si hay tal agotamiento?
—Lo que los argentinos necesitamos como unidad es una
revolución cultural. Yo sé que la palabra "revolución” asusta, pero hay que
deshacer estructuras ya concebidas y mirar para adentro. Cuando revisás
adentro, encontrás que ya forma parte, se ha hecho carne de nuestra idiosincrasia,
que cuando vos coimeás a alguien y justificás porque la luz estaba en amarillo,
y le das 500 mangos y evitás la multa de 3 mil, y por otra parte el pobre
hombre está cobrando un sueldo de mierda… Cuando creés que todo eso es normal y
que tiene un justificativo, ahí hay que mirar para adentro y darnos cuenta de
que estamos hechos mierda.
—Una revolución cultural ciudadana.
—Exacto. Asumir. Yo te digo, son boludeces y sé que soy un
infeliz, pero no puedo creer que ponés un pie en la senda peatonal y los autos
no pisan el freno. Estamos al revés.
—¿Ves degradación o miopía?
—Miopía. Vos frenás en el paso de cebra para que cruce una
mujer con un carrito y te tocan bocina de atrás. No existe tocar la bocina. No
existe, no sirve. No tenemos educación vial, no tenemos educación, no
respetamos al otro. Hablo en primera persona porque me incluyo. Y yo freno.
—¿Sentís que la política no respeta más?
—La política perdió muchas cosas. Ojalá las recuperemos
algún día. No respeta a la gente, si cuando levantás una tapa y todo lo que
sale de adentro está podrido. Nos toman por boludos y se supone que somos malos
por descubrirlo.
—¿Que Macri vaya a un juez por las acusaciones de los Panamá
Papers te parece un paso adelante?
—Tendría que haber salido el primer día. No tiene que mandar
ningún secretario ni nada. El primer día tenía que salir y decir: "Señores,
esto es lo que yo pienso, ésta es la realidad”. El primer día. Es el principal
responsable, porque la educación tiene que venir de arriba hacia abajo y él es un
tipo que ha ido a buenos colegios, no es ningún tonto. Está bien, lo hizo. Lo
valoro. Vamos a ver qué es lo que ocurre. Pero la reacción tiene que ser
inmediata.
—¿A qué lugares te gustaría ir en el cine?
—El protagónico tiene que cargar con la historia. Estoy
empezando a sentir cierto placer, renovado, trabajando con personajes
secundarios. Es desgastante estar todo el tiempo en pantalla. Hace tres o
cuatro años hice una galería de cuatro o cinco abogados.
—Hablábamos de la ciudadanía, ¿creés que se buscó mucho que
uno sea un poco torpe en lugar de pensar?
—Seguro. La gente descarga la agresividad con el vecino, con
el tipo que se cruza circunstancialmente en la calle, porque la viene
acumulando de otro lado. ¿Dónde va eso? ¿Por qué esa descarga? Es un delirio.
—¿Cómo lo ves a tu hijo, el Chino?
—Está muy bien. Las elecciones que está haciendo son buenas.
Está haciendo su camino, de una manera prudente y educada. Ahí te das cuenta de
que se puede, de que es una cuestión de dar el ejemplo.
—¿Y la televisión?
—Me inventaron una serie por ahí, en Colombia. No sé de
dónde salió. Ahora estamos con una idea con Sebastián Borensztein.
—Netflix te pide a gritos.
—Sí, sí. Estamos ahí teniendo unas charlas. Vamos a ver.
Depende del espacio, del tiempo, de los libros.
—¿Qué historia te gustaría hacer?
—Hacer algo que sirva para los demás. Hace muchos años
hacíamos dos o tres ciclos, Nosotros y los miedos, Compromiso. Eran programas
de los que se hablaba toda la semana. Hablaban de nuestros miedos. Te sentías
pleno cuando la gente te decía que los ayudaba. Si me preguntás ahora, me
gustaría hacer algo sobre cómo sería un ciudadano correcto sin ser considerado
un pelotudo. Tenemos trastrocados algunos conceptos. El buen tipo es
considerado un pelotudo. Si nos dan a elegir entre un canchero y el buen tipo,
elegimos al canchero. Subimos a varios a la Presidencia por ese motivo.
Sabíamos que nos empomaban, pero decíamos: "qué bien la hace”. Para eso tiene
que haber un sacudón. Quizás más fuerte de lo que nos gustaría.