Dentro de la cabeza de Claudio Gil: confesiones del asesino serial más despiadado de San Juan
Mató tres veces: dos hombres acá y otro en La Rioja. No admite los crímenes en la provincia y se dice que es inocente. Su pasado en los medios de comunicación y su relación con la fe. Solo se pide perdón a sí mismo.
Claudio Gil es el asesino en serie más peligroso de la historia criminal de la provincia. Aunque se niegue a aceptarlo, permanecerá encerrado el resto de su vida por haber terminado con la vida de dos hombres homosexuales en San Juan. Antes, fue condenado en La Rioja por el mismo tipo de crimen. Lo que hace de Gil un preso singular es su forma de entender al mundo, manipula con su voz profunda de tonos graves y también con su discurso oriental. Coqueteó con la locución, el periodismo y el derecho. Lee todas las mañanas los diarios y opina con más data que muchos panelistas de la televisión. Tiene un mapa mediático en la cabeza y hasta identifica a los dueños de cada uno de ellos con una precisión quirúrgica. No se le escapa nada. El mano a mano con Tiempo de San Juan fue en uno de los espacios verdes del Servicio Penitenciario. El hombre que supo marcar su piel con una lágrima negra en la mejilla, dijo que decidió retirarla porque hoy el mundo le parece un lugar menos oscuro.
Gil fue uno de los primeros condenados por crímenes de odio. Su raid delictivo empezó con robo de autos. Fue capturado por su propia violencia y con 24 años, asesinó por primera vez en agosto de 1997, en La Rioja. Fue condenado por masacrar al comerciante Alberto Herrera, conocido por todos como “Cacho de la Esquina”. En el juicio se comprobó que ambos mantenían una relación amorosa y que por razones que nunca fueron dilucidadas, Gil lo golpeó brutalmente y terminó rematándolo de un cuchillazo en el corazón. Fue condenado a 12 años de prisión, pena que ya purgó.
Gil admite el crimen de “Cacho de la Esquina”, pero sigue diciendo que es inocente de los dos homicidios por los que fue condenado en San Juan. La Justicia comprobó que tanto al chef Carlos Echegaray como al jubilado Jorge Espínola los sedujo como taxi boy hasta que terminó asesinándolos a puñaladas y robándoles algunas pertenencias en el verano del 2014. Previamente, también fue condenado por golpear y quemar a su propia madre, quien terminó muriendo el día que se llevaron preso a Gil por los homicidios.
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Los guardias trajeron esposado a Claudio Gil. El mano a mano fue en los jardines del Servicio Penitenciario. Su altura impone. Es un hombre grandote, de aspecto bastante atlético por su pasado como deportista. Dijo que fue velocista y que también tuvo un paso fugaz por Sportivo Desamparados, club que queda bastante cerca de su casa, en el barrio Palermo. Recordó su infancia como muy linda y se definió como un niño contenido, aunque los registros indiquen que tuvo una madre muy buena pero un padre alcohólico y violento.
El preso tiene una explicación para todo. No duda en detallar cada cosa que dice, con su voz grave y de tonalidad profunda. Maneja un vocabulario rico y en el pasado, contó que coqueteó con el periodismo y la locución. Pasó por varias radios, entre ellas Nacional. Hasta hizo un curso con Marcelo Yacante. Lee los diarios todos los días. No se ve escribiendo para un periódico, pero no descartó ser parte de algún streaming si lo invitan y lo dejan en el Penal.
Hay algo de magnético en Claudio Gil. Y él lo sabe. Cuando habla, profundiza y argumenta todo lo que dice con los saberes acumulados sobre filosofía y otras ramas del conocimiento. La cadencia de su voz ayuda. También los años de biblioteca. Quizás por eso sea tan complejo determinar a ciencia cierta cuando miente y cuando dice la verdad. Menos mal que están los hechos para desmentir cualquier intento de tergiversar con el relato lo que pasó y lo que hizo.
Claudio aseguró que terminó la secundaria, pero los registros lo contradicen; también aseguró que pasó por la Facultad de Ciencias Sociales, pero los registros lo contradicen; aseguró que no odia a los homosexuales, pero la justicia y la realidad lo contradicen. Por la saña y porque todas sus víctimas fueron homosexuales, los peritos, psicólogos y psiquiatras que estudiaron su caso, coincidieron en que Claudio Gil los odia y lo definieron como un homosexual reprimido.
El día a día lo pasa disociado. Su cuerpo, en el Penal; su cabeza, afuera. “Físicamente este lugar sería secundario. Mi prioridad y mi mente están libres totalmente”, describió y definió su estadía en el Servicio Penitenciario como transitoria. Afuera tiene una persona que lo espera. No quiso revelar su nombre porque no quiere mancharla y porque según advirtió, esa compañera no tiene nada que ver con el mundo carcelario a pesar de que lo va a visitar seguido. Los guardias no le dieron crédito a su versión.
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No pareciera estar nervioso nunca. Es como esos animales expertos en caza que esperan el momento exacto para actuar. No hay movimientos involuntarios que reflejen ansiedad. Los que siguieron de cerca el caso de Gil, recordarán su paso por los pasillos de Tribunales y cómo atemorizó a un periodista gruñéndole en la cara. Según él, todo lo hace como respuesta al prejuicio que existe sobre él. “Un juicio es todo un show”, señaló.
Estudió derecho en el Penal pero nunca tuvo intenciones de ser abogado, solo quiso aprender a defenderse. Fue tan astuta su defensa, que puso en aprietos a un Tribunal cuando pidió unos minutos para que se hiciera presente el verdadero culpable de los crímenes que le endilgaban. Rápidos de reflejos, los magistrados se dieron cuenta que si permitían esta maniobra, el juicio se caía porque le daban el ok a la duda sobre su culpabilidad, destruyendo la propia investigación que ellos venían escuchando y avalando desde el inicio del debate.
Claudio Gil se define como una persona de fe. Tiene tatuada en la espalda a la Virgen del Rosario de San Nicolás. Contó que fue promesante, que ha viajado a Rosario para demostrar su devoción. Tiene otros tatuajes, entre ellos una lágrima en la mejilla, que convirtió en un círculo. La lágrima dejó de simbolizar, ahora dice que ve al mundo de una forma más positiva que en su temprana juventud, cuando perdió a un ser querido y tomó la decisión de representar la tristeza.
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No pide perdón a los demás. Solo a él mismo. A ese joven que se equivocó y que pagó con la cárcel sus malas decisiones. Ni a las familias de las víctimas, ni a la sociedad. En los informes psicológicos, lo describen como una persona incapaz de sentir empatía. Sobre eso conocen mucho en prisión. Es que también fue condenado por obligar a su compañero de celda a practicarle sexo oral y a quemarle la espalda con agua hirviendo.
“Poca gente conoce a Claudio Gil de verdad”, afirmó. Quiere que esta entrevista que concedió sea un vehículo para que la gente lo conozca realmente. “Yo me considero una persona que se equivocó, que hoy día modifiqué muchas cosas, que me encantaría encontrarme con mis hijos, con mi familia, con la persona que vino acá y creyó en mí y estuvo, una persona que quiero profundamente, porque ella es la que realmente conoció mi esencia, quién era”, detalló.
Claudio Gil ama estar vivo. Lo dijo en un tramo de esta entrevista. Todo indica que deberá continuar aferrándose a la vida dentro de las celdas del Penal de Chimbas. Claudio Gil, el hombre que no pide perdón.