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Nuevo escenario internacional

El acuerdo UE–Mercosur: los cuatro desafíos que la Argentina debe encarar para no perder el tren

Tras décadas de negociaciones, el histórico pacto con Europa abre oportunidades inéditas, pero también obliga al país a cambiar su cultura económica, ordenar la macro, mejorar su infraestructura y transformar a sus empresas para competir en serio.

Por Redacción Tiempo de San Juan

Después de más de un cuarto de siglo de idas y vueltas, la Unión Europea dio luz verde al acuerdo de libre comercio con el Mercosur y el mapa económico de la región empezó a reconfigurarse. Para la Argentina, el entendimiento representa mucho más que un gesto diplomático: implica la chance de integrarse a la mayor área de libre comercio del planeta, pero también el desafío de abandonar viejas inercias que la mantuvieron, durante años, relativamente aislada del mundo.

Así lo plantea el especialista en comercio internacional Marcelo Elizondo, quien advierte que el pacto entre ambos bloques no es un punto de llegada, sino el inicio de una etapa exigente. “Es un acuerdo entre dos mundos distintos: países desarrollados y economías emergentes, regiones altamente internacionalizadas frente a otras que históricamente se cerraron”, analiza.

El diagnóstico de partida no es alentador. El Mercosur, y en particular la Argentina y Brasil, muestran bajos niveles de integración comercial. El comercio exterior del bloque apenas supera el 30% de su PBI, muy lejos del promedio mundial y, más aún, del nivel europeo. Esa escasa apertura se explica, en parte, por altos aranceles y reglas que desalentaron durante años el vínculo con terceros países.

Hoy, Europa ya exporta al Mercosur más de 75.000 millones de dólares al año, mientras que Sudamérica le vende alrededor de 60.000 millones. Con el acuerdo en marcha, se estima que ese intercambio podría crecer hasta un 25%, impulsado por la reducción de barreras y un marco de reglas más previsibles. A eso se suma una expectativa clave: mayor llegada de inversiones europeas, en un contexto en el que la UE concentra una porción significativa de la inversión extranjera directa global.

Pero para aprovechar esa ventana, la Argentina deberá hacer su parte. Elizondo plantea que el país necesita avanzar en un esquema de “competitividad sistémica” apoyado en cuatro planos fundamentales.

El primero es cultural. Más allá de leyes o indicadores, el experto señala la necesidad de un cambio profundo en la forma de mirar al mundo: menos desconfianza hacia la competencia externa y más vocación de integración internacional.

El segundo plano es el macroeconómico. La estabilidad fiscal, monetaria y cambiaria aparece como condición indispensable, junto con la continuidad de reformas que apunten a simplificar normas laborales, impositivas y administrativas que hoy encarecen producir y exportar.

El tercer nivel es el mesoeconómico, donde entran en juego la infraestructura, la eficiencia del Estado, el acceso a servicios, insumos y recursos humanos mejor calificados. Sin caminos, puertos, energía y gestión pública ágil, competir con Europa será cuesta arriba.

Finalmente, el cuarto plano es el microeconómico, el de las empresas. Allí el desafío es directo: pensar estrategias de largo plazo, invertir en innovación y conocimiento, construir marcas y reputación, asociarse con actores externos y dejar de competir solo por precio para hacerlo por calidad, valor agregado y estándares.

El acuerdo, remarca Elizondo, tiene un peso histórico porque puede sacar a la Argentina de décadas de bajo dinamismo exportador. Hoy, menos de 500 empresas argentinas venden al mundo más de 10 millones de dólares al año y, desde principios de siglo, las exportaciones crecieron por debajo del promedio global. La falta de acuerdos comerciales fue parte del problema.

Mientras otros países de la región, como Chile, México o Colombia, tejieron redes con decenas de socios, la Argentina apenas suma una docena, lo que dejó a sus empresas en desventaja. En ese sentido, el tratado con la UE cambia la lógica: conecta al país con economías que compiten por calidad, tecnología y valor, y eleva la vara.

El acuerdo no soluciona los problemas internos por sí solo, advierte el especialista. Pero sí impone estándares más altos, aumenta la competencia, beneficia a los consumidores y puede mejorar la imagen del país ante el mundo. Si las reformas avanzan y el sector privado se adapta, el vínculo con Europa puede convertirse en un motor clave para inversiones y crecimiento.

En definitiva, el pacto UE–Mercosur no cierra una historia: la abre. Y para la Argentina, el desafío será estar a la altura.

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