Llega Boca a Curitiba, al caer la tarde. Las vallas del hotel Radisson de la capital del estado de Paraná son pocas, bajitas, casi puestas para cumplir, en este hotel de Boca que no parece de Boca, porque los hinchas que siempre van de procesión allá donde juegue el equipo, esta vez son pocos, apenas un puñado que sostienen la fe. Es que está bravo el panorama. El equipo de Gustavo Alfaro juega el partido más importante del ciclo. De hecho, el más trascendental desde aquél de Madrid. Y qué va, si casi que parece más difícil éste, más cuesta arriba. El clásico interminable de diciembre era un duelo de guapos, de rivales que se miraban con respeto, un encuentro entre pares en un callejón oscuro, por el que herir o ser herido era estar a la altura...
Esto es distinto. Boca viene de punto, no importan los millones ni la historia. De golpe quedó a mitad de camino (hoy juegan sólo cuatro titulares del último partido oficial contra Tigre), por errores propios y por el destino. No se terminó de reforzar (Salvio llegó recién, De Rossi está viajando), se le lesionó su mejor marcador central (Lisandro López), el otro está suspendido (Carlos Izquierdoz), la dupla que los reemplaza no se conoce (literalmente, nunca jugaron juntos y Goltz ni siquiera jugó un partido oficial con Alfaro); un pibe va de cuatro; Benedetto tensa la soga y se va, y encima una lesión le evita el ¿dilema? de si jugar o no jugar; Pavón casi que no está, y así llega Alfaro a tener que jugar una chance decisiva con un equipo que está lejos de sentirse a punto y confiado para lo que comienza hoy. La verdadera Copa Libertadores.
Los problemas no terminan ahí, más bien parece que sólo acaban de empezar. El rival perdió a un jugador clave como el lateral Renan Lodi, pero mantuvo la base que goleó 3-0 a Boca en el Arena de Baixada por la fase de grupos. Ahí tiene dos ventajas grandes el Paranaense: jugar en su estadio con césped sintético (un campo rápido, aliado de sus ataques por las bandas a pura velocidad para que Marco Ruben haga la diferencia) y no haber tenido cambios en el plantel ni un parate largo. De hecho, sólo dejó de competir 15 días por la Copa América y está muy por encima de un Boca que todavía no jugó ningún partido oficial desde la final perdida contra Tigre por la Copa Superliga (ver aparte).
Todo este escenario hace que Alfaro no tenga otra opción que plantear un partido para sobrevivir, para mantener abierta la serie. Apela a un esquema táctico que él conoce bien. Lechuga es un viejo sabio del fútbol de trincheras, un estilo que supo adoptar cuando dirigía desde la inferioridad presupuestaria y debió recurrir a su superioridad intelectual para reducir brechas. En la cadena alimentaria de la jungla Libertadores, esta noche Boca se sabe presa. Por eso, Alfaro pondrá el triple cinco, el esquema fetiche de Carlos Bianchi con el que se hizo leyenda. Gustavo Jorge necesita un mediocampo ancho y profundo. Para tapar las bandas y achicar los espacios hacia atrás, también para respadar a Goltz y Júnior Alonso y a Marcelo Weigandt que esta noche se prueba los largos.
Fuente: Olé